Ríos de tinta se han escrito estos días en torno al llamado ‘caso Noma’. No hace falta seguir lo que se cuece en las alturas gastronómicas para saber de qué va el asunto: un chef famoso que maltrataba a sus empleados, imponiendo un clima de terror. ¿A qué viene tanto revuelo?, pensará más de uno. Resulta un poco hipócrita rasgarse las vestiduras cuando hemos llegado a hacer de esa tensión un espectáculo televisivo.
Cualquiera que haya trabajado en un restaurante ha vivido momentos que preferiría olvidar. Un grito, un empujón, un plato roto, un servicio que descarrila, alguien que termina la jornada llorando. La cocina no siempre destila esa armonía idealizada que se proyecta en congresos, revistas y documentales.
Tampoco es la primera vez que un chef cae en desgracia ante acusaciones de sus empleados. ¿Por qué este caso, y no otros, ha levantado tanta polvareda? Noma no es un restaurante cualquiera. Durante la última década y media ha sido el modelo a seguir, el arquetipo de un momento muy concreto de la gastronomía, con discípulos por todo el mundo.
La caída de René Redzepi es histórica. Pero no tanto porque vaya a desatar una cascada de denuncias hacia otros chefs iracundos o a desterrar para siempre la tensión de los fogones. El caso Noma es más bien síntoma de que algo ya llevaba tiempo transformándose. El horizonte de la cocina ya no es el mismo: la era de los titanes toca a su fin.
Las grandes estrellas peinan canas y los cachorros de la profesión ya no sueñan tanto con una fama que puede volverse en su contra. Saben —porque lo han vivido en sus carnes— que un restaurante de talla mundial se sostiene a menudo por brigadas que agachan la cabeza. Desconfían de un sistema de premios caprichoso e interesado. Prefieren ganarse la vida con dignidad y alegría en tabernas de pueblo, casas de comidas o bares de barrio. Eso no significa renunciar a la excelencia, ojo, aunque sí a cierta espectacularidad.
Quizá sea la tendencia natural de cada generación a rebelarse contra la anterior, o la determinación de una juventud más sensible, que aspira a dictar sus propias reglas. Quiero creer que el oficio de dar de comer camina hacia una época distinta, una con menos ídolos y más humanos.