No bastaba con la amenaza de un nuevo orden mundial de presidentes matones sin ese mínimo de racionalidad que heredamos al finalizar aquella terrible Segunda Guerra Mundial. Además tienen que insistir en que, en breve, las inasequibles casas que nos venden no tendrán cocina. Si a los de nuestra tribu nos dibujan un mundo de viviendas sin fogón nos sacan del siglo.
La industria de los procesados y las grandes empresas de supermercados se frotan las manos y no por el frío. La venta de platos listos para comer es una de las estrategias más agresivas y exitosas que han encontrado. No es de extrañar que algún gurú valenciano de ese mundo aliente y aplauda el fin de las casas con cocina. Para qué malgastar tu preciado tiempo. Ya hago yo ese trabajo duro por ti, vienen a decir. No añaden que entonces estás en sus manos, que ellos decidirán qué comes, cómo y a qué precio. El día en el que los humanos perdamos la capacidad de cocinar nos quedaremos sin otra de las habilidades que no solo nos hicieron prosperar como especie, sino que nos garantizan mayor espacio de libertad.
Yo comparto buena parte de las ideas del pensador norteamericano Michael Pollan, quien entiende cocinar como una forma de resistencia. Al dejar de guisar delegamos algo tan importante como nuestra alimentación en una industria que solo aspira a aumentar sus beneficios y perdemos la opción real de controlar lo que metemos en nuestro cuerpo. Hay ingredientes ocultos para hacer que su comida sea adictiva y barata: grasa, azúcar y sal; eso sin entrar en otro tipo de sustancias de laboratorio que multiplica ese factor adictivo. Pollan desmitifica la idea de «comida barata» y también el engaño del tiempo. La comida preparada parece barata por cómo se porciona, pero no lo es. No tenemos referencias de raciones similares. El kilo de arroz cocinado con cosas que compramos en un supermercado es unas diez veces más caro que el grano crudo. Si tú cocinas decides dónde pones el valor: en verdura local, en arroz de calidad… Si compras platos elaborados pagas otras muchas cosas que no son los ingredientes.
La mayor perversión y refugio de los resistentes a cocinar es quizás la teoría del tiempo. Cocinar es una carga, estamos muy ocupados, nos dicen. Ese tiempo presuntamente ‘ganado’ es muy caro. Lo pagamos un poco con salud, un poco con pérdida de conocimientos básicos de supervivencia y con más dependencia de terceros. No tengo tiempo para cocinar, se lamentan algunos, pero sí para ver tres capítulos seguidos de una serie en vez de dos. Entre adultos la cosa es terrible, pero en las casas con niños aún se pone mucho peor. Dejar de cocinar nos infantiliza mientras que cocinar nos hace autónomos. Dejamos de ser sujetos pasivos que solo gastan para ser sujetos activos que creamos y ahí reside, según Pollan, la verdadera libertad ciudadana. Los millones de vídeos y recetas que tenemos al alcance de un click nos demuestran que cocinar no tiene por qué ser latoso. «No comas nada que tu bisabuela no reconocería como comida y come todo lo que quieras siempre y cuando lo hayas elaborado tú desde cero». El sabio americano lo pone fácil.
Motivos para vivir sin cocinar
Vivir sin cocina y, peor aún, sin cocinar es una decisión que puede tener detrás muy diferentes motivos. La reducción de superficie media de las casas y el aumento de las microviviendas es uno de ellos. También se puede decidir no cocinar porque no sabes o no quieres –peligroso cambio cultural–, porque físicamente no se puede, caso de personas de edad avanzada que no se valen por si mismas o, incluso, porque se abren paso los planteamientos alternativos de ‘coliving’, cocinas comunes, servicios compartidos, etc…, lo que con nombres rimbombantes se ajusta al modelo de las antiguas corralas españolas. Habitaciones para dormir en privado y resto de servicios colectivos, incluidos los baños, conocidos como SRO (Single Room Occupancy). Lo curioso es cómo lo que ahora algunas empresas venden como soluciones de modernidad es lo que nuestros abuelos creían que era símbolo de pobreza. De nuevo la sociedad tiende a polarizarse. En la hiperpoblada urbe, cocinas mínimas, inexistentes o compartidas y comida preparada, mientras la élite doméstica disfruta del lujo de una cocina grande, una alimentación sana y del hobby culinario, al menos como tiempo de ocio y de estatus.
Al revisar a fondo los argumentos de unos y otros veo que todavía no todo está perdido. Encuentro que frente a Juan Roig hay otros expertos, como el arquitecto Vicente Guallart, ex jefe de urbanismo de Barcelona, que defienden que si una ciudad quiere ser saludable, la alimentación no puede externalizarse totalmente. Guallart conecta cocina con la crianza, con los mayores, la familia y la vida compartida. Algo es algo. Se contraponen el discurso evolutivo-tecnológico del «todo vendrá preparado, no cocinaremos» con el de la salud y la sostenibilidad que reivindica volver a cocinar, comer local y reducir los ultraprocesados.
A ver qué se cuenta al respecto en este Madrid Fusión que arranca el lunes y que tratará a fondo este tema en su escenario Dreams. Ojalá no hayamos perdido la batalla contra los cárteles del glutamato.