Angelica Salvador: cocinar entre dos orillas

Llegó de Brasil a Portugal con 21 años sin experiencia profesional en cocina. Hoy dirige In Diferente, en Oporto, donde en 2026 se ha convertido en en la primera chef brasileña emigrada en conseguir una estrella Michelin

Lakshmi Aguirre

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In Diferente
Dirección:R. Dr. Sousa Rosa 23, 4150-719 Porto, Portugal
Cerrado:Domingo y lunes
Reservas: +351 911 033 315
Tipo de cocina:Cocina de mercado y de autor
Destacamos:El exquisito tratamiento del producto, su identidad
Precio medio:100 euros, menús degustación 100 y 130€

10 de marzo de 2026, Savoy Palace de Funchal, Madeira. Se celebra la Gala Michelin Portugal. Cuando anuncian los restaurantes que reciben su primera estrella, la chef Angelica Salvador escucha a través de los altavoces el nombre del suyo: In Diferente. En ese momento no es aún muy consciente de ello, pero acaba de hacer historia: es la primera inmigrante brasileña distinguida con una. En esa misma edición ocurre, además, una coincidencia muy poco frecuente. Su marido, Tiago Bonito, consigue otra para Eón, el restaurante que él dirige también en Oporto. “Fue una celebración al cuadrado”, rememora ahora.

 

Empieza a asimilarla algunos meses después. “Tras conseguir la estrella Michelin mucha gente volvió únicamente para felicitarnos. Nos decían que siempre habían confiado en nosotros. Eso emociona muchísimo porque entiendes que el reconocimiento no empieza con la estrella: empieza mucho antes», explica ahora. Y Angélica lo sabe bien.

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Beignet, reinterpretación de un bolinho.

La suya ha sido una voluntad sostenida. Empezó fregando platos, el primer trabajo que pudo encontrar cuando una amiga le animó a dejar el videoclub en el que trabajaba en Paraná, Brasil, para cruzar el Atlantico y probar suerte en la otra orilla. Tenía 21 años y poco que perder. No había pisado una cocina que no fuera la de su casa. En 2005 se plantó en una que, además, formaba parte de la enrevesada estructura de un hotel.

 

Uno de los cocineros del equipo se fijó pronto en la desorientación de aquella chica recién llegada, pero también en su curiosidad. Comenzó a guiarle, a explicarle, a enseñarle a moverse en aquel espacio profesional que compartían en un Algarve abrumador en verano. Su nombre: Tiago Bonito.

Quién hace el territorio

La presencia de Angelica es rotunda. Camina como si cada paso importara. Mueve el aire de Oporto al andar, el de las calles de Matosinhos, ciudad vecina que cuenta con uno de los principales puertos pesqueros de Portugal y donde se abastece de la materia prima para su restaurante. “Hay personas que el cliente nunca ve, pero que son fundamentales. Nuestros proveedores son una parte esencial del proyecto”, explica. Mueve también el aire alrededor de los puestos del mercado donde Tó cuenta con piezas de pescado que se rifa la mejor hostelería de la zona. “Dicen por aquí que, si no lo tiene Tó, no lo tiene nadie”, asegura Angelica, mientras él sonríe orgulloso y agarra una langosta que se agita entre sus manos gigantescas.

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Lula (chipirón).

En la planta de arriba, Olga y su marido han dispuesto una mesita con mantel frente a su bancada llena de frutas y verduras. Sobre ella, una botella de vino y dos chatos, un buen trozo de pan. Interrumpen su almuerzo cuando sienten a Angelica. Olga lleva toda la vida en este mercado, el mismo donde ya trabajaban su madre y su abuela criando gallinas allí mismo y sacrificándolas para que los clientes se las llevaran lo más frescas posible. Ese puesto sigue existiendo junto al suyo, frondoso, con piezas de Portugal, de España, de Latinoamérica, todas con su origen especificado en varias pizarras. Ya no se escucha el cacareo de las aves. En febrero de este mismo año, lamentan, prohibieron su presencia y ahora solo venden sus huevos. Hay docenas y docenas de ellos. Olga y su marido se resignan al cambio de los tiempos. Angélica también: las matriarcas, ahora, no saben qué hacer con sus manos.

 

Los productos de ese mercado, en cambio, encuentran las de la chef.

 

In Diferente no está en Matosinhos, sino en Foz do Douro, en la parte occidental de Oporto, justo donde el río Duero se abre al océano. Su ubicación da la espalda a las rutas turísticas y esa es, precisamente, una razón para acercarse a la sala clara y elegante de este restaurante. La otra —y más importante— es la identidad poderosa de la cocina de Angélica Salvador, una que se construye en Portugal sin dejar de ser brasileña; una que se cimienta en su emigración temprana.

 

Y en ese tránsito aparece una de las preguntas centrales de In Diferente: cómo integrarse en el destino sin borrar un origen —salida y meta no existirían la una sin la otra, incluso siendo difusas—, cómo convertir el viaje en una herramienta de lectura del territorio.

 

Cocinar entre dos orillas

 

Esa condición fronteriza empieza a aparecer desde los aperitivos. Un ligero beignet de bacalao juega con un formato que inevitablemente remite al bolinho de bacalhau, presente tanto en el imaginario portugués como en el brasileño. Es más aéreo, delicado y frágil que el buñuelo habitual. Algo parecido ocurre con el foie gras, trabajado desde un vocabulario reconociblemente francés pero acompañado de anguila ahumada, manzana verde y moscatel del Duero. El ahumado y la salinidad de la anguila contienen la grasa del hígado; el vino devuelve el plato a Portugal.

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Pintada.

La codorniz muestra quizá con mayor claridad la formación técnica que Salvador ha ido adquiriendo durante dos décadas de oficio. La pechuga aparece rodeada por una farsa de cerdo, pintada y champiñones, acompañada de finas láminas de calabacín, puré de guisantes y un jugo de pollo y pintada que devuelve frescura y profundidad al conjunto. Es uno de los pases más clásicos del menú y, al mismo tiempo, uno de los que mejor revelan cuánto camino separa aquella primera pila de platos del Algarve de la cocina que dirige hoy.

 

Pero es con los pescados y mariscos cuando el mapa personal de Salvador se hace más visible.

 

Un róbalo de anzuelo portugués acompañado de tucupí, una salsa amazónica elaborada a partir de mandioca fermentada o el chipirón de las Azores que llega con en forma de tagliatelle sobre caldo ahumado, alubias blancas y yema curada, un plato de mar y cuchara, sobrio y elegante. Y de las Azores también, las golosas mantequillas con las que dan la bienvenida, acompañadas de un buen pan.

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Pan con mantequilla de las Azores.

El viaje se hace más explícito en los postres. Primero mira hacia América con maracuyá, coco, jengibre y notas ácidas que limpian el recorrido. Después aterriza en territorio luso con uno de sus símbolos más reconocibles: el pastel de nata. Salvador lo desmonta y lo presenta invertido, casi como un flan, con un crujiente que recuerda a la masa original, crema de limón, canela y vino de Oporto.

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La Sala de In Diferente.

Portugal también se bebe. El jovencísimo Bernardo Tavares se ocupa de una carta que alterna nombres consolidados con pequeños proyectos portugueses y construye los maridajes intentando seguir ese mismo desplazamiento entre producto, memoria y territorio. Niepoort, Filipa Pato, Luís Seabra, Susana Esteban o António Maçanita son algunos de los nombres que conviven en una nutrida carta de vinos que Tavares sabe encajar a la perfección con la cocina de In Diferente.

Aprender a quedarse

La relación entre Angélica y Tiago fue culinaria antes que sentimental. Salvador no intenta minimizar la influencia de su marido en su formación. Al contrario. Más de dos décadas después sigue buscando su criterio cuando desarrolla los platos de In Diferente. «La base creativa suele surgir entre los dos. Cuando tengo una idea, como introducir una moqueca brasileña en el menú, le pregunto cómo puedo hacerlo», explica. Tiago le ayuda a veces a traducir esa emoción al lenguaje de la alta cocina. Sin embargo, ahí sigue su mirada arraigada y eminentemente contemporánea, femenina también en la manera en que interpreta el lugar que ocupa. Salvador lee su estrella como una conquista que excede su propia biografía: «Las puertas se están abriendo para nosotras».

 

Durante sus primeros años de aprendizaje, Tiago Bonito continuó avanzando en la alta cocina portuguesa. Cuando empezó a trabajar en Largo do Paço (una estrella Michelin), en Amarante, Angélica conducía casi a diario cerca de cincuenta minutos para acercarse al mercado de Matosinhos y ayudarle a encontrar los productos que necesitaba. En una de esas veces, el cielo se cerró de golpe y descargó sobre ella todo el peso de la lluvia. Al verla, una vecina del barrio le prestó su paraguas. “No me conocía de nada. Simplemente me dijo que ya se lo devolvería. Venía de vivir en Lisboa y en el Algarve y aquello me impresionó profundamente. Ese pequeño gesto resume muy bien el carácter de esta ciudad. Supe que quería vivir aquí”, relata.

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Pastel de Nata.

La anécdota podría parecer menor frente a su trayectoria, pero de alguna manera explica otra parte esencial de In Diferente. Salvador aprendió a leer Oporto no solo a través de sus pescados, sus vinos o sus mercados, sino de una determinada manera de hospitalidad: “No puede convertirse en un guion aprendido. No puede ser una serie de frases repetidas mecánicamente. Tiene que ser auténtica. No hablo con un personaje. Hablo con la persona que tengo delante y cada persona necesita algo diferente”. Para ella, es el cliente quien cuenta la historia: “Son nuestros mensajeros. Ellos son quienes explican quiénes somos realmente.”

 

Su escuela ha sido el trabajo: “Una formación mucho más dura, pero también muy enriquecedora. Todo depende de las ganas que tenga cada persona de aprender”. Quizá por eso Salvador insiste en que la estrella no empezó aquella noche de marzo durante la gala de Madeira. Empezó mucho antes: fregando platos en un hotel del Algarve, aprendiendo junto a Tiago, abriéndose paso en una ciudad en la que no tenían familia, ni padrinos —“siempre digo que In Diferente ha sido una sucesión constante de desafíos”—, buscando pescado en Matosinhos, hablando con Olga y con Tó, intentando introducir el sabor de un bolo de coco o de una feijoada, en un menú portugués.

 

O, tal vez, empezó también aquella tarde de lluvia en Oporto en la que una desconocida puso un paraguas en las manos de una inmigrante brasileña de treinta y pocos años y supo, solo por cómo movía el aire, en que algún día volvería para devolverlo.

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