Interrogándose sobre el mecanismo que propicia las relaciones de confianza y el comportamiento ético en los negocios, el economista estadounidense Paul J. Zak se topó con la oxitocina. No es casual que esta hormona se inyecte a las parturientas cuando el alumbramiento se alarga demasiado. Induce las contracciones y la subida de la leche, pero sobre todo, predispone a la madre para cuidar y amar incondicionalmente al hijo provocándole felicidad al alimentarlo, consolarlo, acariciarlo y protegerlo. Según descubrieron Zak y otros investigadores, la oxitocina es, además, contagiosa. El que recibe, experimenta igualmente placer y ganas de ser generoso. La oxitocina hace que el sexo sea mejor con amor, que el abrazo amigo nos procure consuelo y que la sonrisa de la persona desconocida a la que ayudamos a levantarse tras un resbalón en la calle nos compense el esfuerzo de socorrerla.
Según explica Carolyn Steele en su libro ‘Sitopía: cómo los alimentos pueden cambiar el mundo’, la oxitocina es también la responsable de que las croquetas de mamá sean las mejores del mundo, incluso cuando no lo sean. Lo que las hace las mejores en nuestra memoria, es el amor con el que nos las da.
La oxitocina permite incluso que mamá sea capaz de renunciar al alimento, a sus sueños o a la vida misma si es necesario para que sus hijos tengan una ración extra de lo que les gusta, la posibilidad de sobrevivir a una catástrofe o la oportunidad de disfrutar de una vida plena. Las madres de los grandes cocineros celebran los éxitos de sus hijos con tanta o más felicidad que los propios, y a menudo, aunque ellas también hayan tenido carreras profesionales altamente meritorias en la cocina, aceptan gustosas ser conocidas como «la madre del chef» y entrar en el estereotipo que eso comporta. Por más que hayan levantado o sostenido un negocio de restauración durante cuarenta o cincuenta años; que hayan ganado premios o que hayan sido respetadas y reconocidas en su comunidad profesional, las madres estarán dispuestas a someterse al condescendiente etiquetado que arrastra la cocina materna. La madre, según este injusto estereotipo, cocina por instinto, por amor, por necesidad y por costumbre antes que con conocimiento, pasión y ambición, sea en el ámbito privado o en el público.
En una entrevista hace algunos años, la combativa guisandera Viri del Llar pedía a los chefs que, cuando hablen de lo que les ha inspirado o enseñado su madre, su tía o su abuela, digan nombres y apellidos. «Que consten en alguna parte, lo mismo que constará el nombre del gran chef que les iluminó el camino durante unas prácticas», decía.
Yendo más lejos, aunque en la cocina el estereotipo dominante para las mujeres siga siendo el de madre, custodia o transmisora, lo cierto es que cada vez hay más cocineras que son madres y que aspiran a poder compaginar esta condición con el disfrute de sus objetivos profesionales. Algunas de estas madres se llaman Carme Ruscalleda, Begoña Rodrigo, Lucía Freitas, Susi Díaz, Fina Puigdevall, Elena Arzak, Pía León, Leo Espinosa… Otras todavía no tienen nombres tan importantes, pero tienen hijos y aspiraciones.
Como la oxitocina no es exclusiva de las mujeres, no es del todo descartable que futuras generaciones de chefs se inspiren y se emocionen por igual recordando los platos caseros de sus mamás y de sus papás, o que articulemos políticas que permitan conciliar la vida laboral y familiar. Es una de las deudas que tiene la sociedad para con las mujeres. Que una madre sea feliz viendo el éxito de sus hijos es señal de que la oxitocina hace su trabajo para preservar la especie. Que, además, reclame su mitad del cielo, es un síntoma de evolución cultural.