Leo con cierta envidia la recuperación de la histórica casa madrileña Los Gabrieles. Lo cuenta en un diario de la villa y corte el cronista oficial de sus tabernas, Abraham Rivera. El local, por el que pasaron Lorca, Valle-Inclán, Machado o Hemingway, se había ido llenando a lo largo del siglo XX de aquellos anuncios pintados en baldosas, algunos de ellos firmados por reputados muralistas, hasta convertirse en algo así como la ‘capilla sixtina’ del azulejo. Cerró en 2004 y ahora vuelve a abrir con una puesta al día culinaria que incluye también obras de artistas de hoy.
En los últimos años, en Madrid ha reabierto —o ha esquivado el cierre— una larga lista de establecimientos icónicos: el Café Comercial, el Gijón, La Capa o Casa do Compañeiro son solo algunos de ellos. No todos tan espectaculares como Los Gabrieles, pero sí lo suficientemente singulares como para formar parte del acervo popular. Lugares que, de otro modo, habrían sido sustituidos —como en tantas otras ciudades— por franquicias impersonales o negocios sin tronío.
Cierto es que muchos han vuelto a la vida en versiones algo domesticadas. Mantienen la estética y el tono, pero tienen otro aire. Las gildas son más caras, el bocadillo de calamares se convierte en un capricho gurmé y el parroquiano de siempre ahora mira la barra de reojo. Últimamente son objeto de deseo de inversores con olfato y vehículo de lucimiento para jóvenes chefs, pues atraen a un público que ha cambiado lo tecnoemocional por lo castizo.
Pero, con todo, los locales siguen ahí, ocupando su lugar en el paisaje hostelero de la ciudad. Permiten, al menos, la ilusión de apoyarse en la misma barra que nuestros padres y abuelos, con toda la carga emocional que eso conlleva. Admirando las fotos del rehabilitado Los Gabrieles, no puedo evitar pensar en los que aquí en Bilbao —siempre tarde para las tendencias— no llegaron a tiempo. El Café La Granja, el Toledo, el Guria o La Casa Vasca y tantos otros que fenecieron en pro de una mal entendida modernidad.
Basta con pasear junto a sus persianas bajadas —o lamentarse ante los escaparates de sus anodinos sucesores— para entender que no siempre hay una segunda oportunidad.