Epicentros

Dejo comanda

Para los geólogos es el punto de la superficie terrestre donde se proyecta el origen de un terremoto. La Real Academia admite un uso más laxo, casi coloquial, como el núcleo de máxima concentración de algo, y propone como ejemplo —¡ay!— el “epicentro de la vanguardia”. La elección no puede ser casual, visto el uso exhaustivo que se hace de la palabrita en todos los campos del periodismo, pero sobre todo en el gastronómico.

 

Basta un breve paseo por la prensa especializada para comprobarlo: ferias capaces de romper la escala Richter de la industria alimentaria, centros formativos donde se abren las placas tectónicas de la innovación —otro de los mantras–, barrios enteros sacudidos por el dinamismo de su sector hostelero o pueblos apacibles que se preparan para un seísmo culinario de fin de semana. La escritura gastronómica, siempre proclive a la hipérbole y al superlativo, ha adoptado el lenguaje de la épica y se acerca peligrosamente a la crónica de catástrofes.

 

No se trata solo de una muletilla demasiado trillada, revela la necesidad de convertir cualquier cosa en un acontecimiento. Cada apertura, cada evento, cada nueva carta pretende presentarse como una sacudida decisiva. No basta con que algo resulte agradable o esté bien hecho, parece imperioso que consiga alterar el orden existente y desatar un cataclismo, obligándonos a mirar.

 

El fenómeno tiene mucho que ver con la retórica revolucionaria en la que la gastronomía lleva instalada desde hace unas tres décadas. Aquella avanzadilla de cocineros que transformó el oficio en el cambio de siglo sí justificaba un lenguaje de ruptura. Había un antes y un después, una sensación real de cambio. Hoy lo que se intuye tras esos titulares de impacto son réplicas débiles, alimentadas de forma artificial con palabras grandilocuentes.

 

Lo del epicentro funciona casi como un desfibrilador del discurso, aplicado una y otra vez sobre una escena que no es que esté parada, es que discurre por otros derroteros. Tal vez lo gastronómico no necesite seguir contándose como una epopeya para resultar interesante. Bastante convulso es ya el mundo como para que también el comer tenga que presentarse siempre como un terremoto.