El mar vale más vivo que muerto

Un Comino

La gran duda es si aún estamos a tiempo, como en esas películas en las que los buenos trabajan contrarreloj para poder salvar el mundo de su destrucción total, pero no hay duda de lo que debemos hacer. Las incógnitas están despejadas hace tiempo, aunque el militarismo rampante y el regreso a la luna nos estén distrayendo de lo importante. El futuro de nuestra especie y de miles de otras se está escribiendo en relación proporcional a cómo tratamos a los océanos, no a las posibilidades futuras de la tecnología. De poco nos servirá disponer en unas décadas de increíbles herramientas digitales si no tenemos dónde vivir ni qué comer.

Regreso del octavo Encuentro de los Mares en Tenerife, donde se reúnen cocineros, biólogos marinos y pescadores, con muchas preguntas, lo que siempre es bueno, y alguna certeza. El 70% de nuestro planeta –la parte azul– demanda nuestra actuación responsable con urgencia.

Lo terrible de nuestra especie es que pese a nuestra teórica y reconocida capacidad de razonar solo nos preocupan los desmanes cuando nos afectan personalmente, principalmente al bolsillo. Expertos de diferentes disciplinas andan dándole la vuelta al argumentario de lo sensato para ver si así, traducido todo al lenguaje del dinero, nos concienciamos y hacemos caso. Le han buscado un nombre pomposo y han tirado de metáfora: capital natural azul. El océano, la última frontera, es más valioso que todas las reservas económicas de los bancos del mundo, ese es nuestro capital azul, de todos, la única riqueza sin dueño del planeta. Lo es en términos de fuente de alimento, de regulación climática y de vida propia y ajena, de reserva de recursos conocidos y de tantos otros que aún no alcanzamos a valorar. Sin embargo, no somos conscientes de ello porque el capitalismo clásico solo valoraba  aquello que era escaso y finito y hasta hace bien poco creía que el mar era inagotable. Hoy sabemos que el valor real de los océanos es infinitamente superior al valor de lo que extraemos de ellos.

La economista Sandra Damijan, de la Universidad de Liubliana (Eslovenia), calcula que la economía oceánica supera los 2.2 billones de dólares y genera millones de puestos de trabajo, por decir otro dato de esos que importa a la gente, y ha demostrado que si la economía global se ha multiplicado desde 1995 por 1.9, la oceánica lo ha hecho por un 2.5%, una cantidad inmensa si lo traducimos a millones. Damijan confirma que los ecosistemas marinos y costeros no solo sostienen la producción de alimentos, sino que son pilares esenciales del desarrollo económico y de la sostenibilidad planetaria a largo plazo y explica cómo la naturaleza “genera valor económico para el sector de la pesca y de la restauración, del turismo y del comercio, pero también para las economías nacionales y globales”.  Los manglares sanos protegen a cientos de millones de personas de los efectos de las tormentas y el cambio climático. Un tiburón vivo genera muchos más ingresos en miles de dólares a través del turismo de buceo o avistamiento que uno muerto sobre la cubierta de un pesquero… y así podríamos seguir relatando hasta pasado mañana. Que a nadie le quede duda que el mar vale más vivo que muerto.

A partir de ahí nos llegan preguntas grandes: Si esto es así, ¿Quién debe custodiar los océanos? ¿Los estados, el mercado, las comunidades costeras? ¿Puede haber una economía marina post-extractiva que supere la actual, no solo menos dañina sino regenerativa? Debemos entenderlo pronto porque estamos industrializando el mar más rápido de lo razonable sin prever ni asumir las consecuencias de nuestros actos. La acuicultura crece de forma exponencial y descontrolada en muchas costas del mundo. En 2022 el consumo de pescado de granja superó al de la pesca. Esta actividad elevada a los máximos niveles de producción está provocando severos problemas en los ecosistemas marinos, destruyéndolos con acumulaciones ingentes de materias fecales que alteran hasta la calidad de agua, tal y como ha demostrado la fundación estadounidense Rauch con sus estudios en Poros, una pequeña isla situada frente a la costa del Peloponeso, en Grecia, donde las jaulas de engorde de lubinas y doradas no dejaron los empleos ni la riqueza prometida y sí, en cambio, fondos devastados.

Desde nuestro ámbito culinario tenemos muchas posibilidades de actuación. Así lo han atesorado grandes cocineros presentes en el Congreso de los Mares como Aitor Arregi, Benito Gómez, Josean Alija, el portugués Gil Fernandes, chef en Fortaleza do Gincho, en Cascais, o el italiano Jacopo Ticchi, de Da Lucio, en Rimini o el francés, tres estrellas Michelin, Alexandre Couillon, de La  Marine en la isla de L’Herbaudière. Todos ellos parecen comprometidos a  a promover el consumo de pescados alternativos a las especies más castigadas, sobre todo a cocinar los azules vegetarianos de rápido crecimiento y máximo nivel nutricional, como sardinas, caballas o anchoas, y abrir nuestra mente al consumo de especies diferentes y abundantes para evitar el desastre ecológico al que nos puede llevar una acuicultura basada en la producción de grandes carnívoros, como doradas, lubinas, salmones, o de superdrepredadores, como los atunes de granja, que demandan la pesca de miles de toneladas de otros pescados que en lugar de destinarse al consumo humano se dedican a su alimentación, lo cual no deja de ser una auténtica locura en términos ecológicos y ambientales.