Mi sueldo por una tortilla

Dejo comanda

El sueldo que mucha gente gana en un mes —con suerte—, convertido en tortilla de patata. Casi se me atraganta el café. La noticia aparecía en una publicación especializada: un conocido influencer presentaba orgulloso “la tortilla más cara del mundo”, un artefacto de 2.000 euros elaborado a partir de ingredientes de lujo. Hay una parte de la gastronomía contemporánea que solo es capaz de expresarse en superlativos.

 

Quizá más de uno estaría dispuesto a pagar esa cifra por volver a probar la tortilla que preparaba su añorada abuela los sábados por la noche, o la de aquel bar que cerró hace décadas pero sigue apareciéndose en sueños. Ahí sí habría algo emocional, incluso irracional, en el gesto. Pero aquí no había memoria, ni afecto, solo ostentación.

 

La receta era una exhibición impúdica de opulencia: patata Bonnotte a 500 euros el kilo, huevos de gallina Marans, trufa blanca, cebolla al Pedro Ximénez y, naturalmente, caviar Beluga, porque aderezar los platos con sal hoy día es cosa de pobres. La revista remataba la pieza con una pregunta dirigida al lector: “¿La probarías, aunque fuera a plazos?”. Lo planteaban como una broma simpática, pero acababa siendo una caricatura de nuestro tiempo.

 

Corrí a los comentarios esperando encontrar un brote de indignación, un mínimo atisbo de vergüenza. Pero no. La mayoría mendigaba al ‘streamer’ de turno —un millonario adelgazado a golpe de Ozempic— que les guardara un pedazo.

 

Gran parte del valor simbólico de la tortilla reside precisamente en lo contrario de todo esto. Es un plato humilde, transversal, doméstico. La comida de los bares de barrio, de las excursiones, de las cenas improvisadas y de las neveras raquíticas. Convertirla en objeto de lujo no engrandece el plato, lo vacía de sentido.

 

La alta cocina lleva años jugando a ennoblecer lo popular. A veces el resultado es brillante. Otras, parece incapaz de distinguir entre creatividad y derroche. Hay una diferencia entre reinterpretar un plato humilde y convertirlo en un alarde obsceno de riqueza. Más en un país donde a mucha gente empieza a no llegarle el sueldo para el pinchito de tortilla a media mañana.

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