Mientras en nuestro mundo de comodidad y abundancia nos excusamos por la falta de tiempo para cocinar, en Gaza, donde las distracciones brillan por su ausencia, proliferan los influencers culinarios que lanzan sus recetas a las redes sociales. Son, en su mayoría, hombres jóvenes (también hay niños y niñas), y a menudo no excesivamente duchos. Sus platos no tienen los colores brillantes y frescos de la comida que predomina en otras cuentas de Instagram. Por más que la cocina de Oriente Medio figure entre las más atractivas cromáticamente, aquí juegan en contra innumerables factores, desde la propia calidad de la cámara, a la técnica o el hecho de tener que prescindir de muchos ingredientes.
Por lo general, la sesión de cocinado se desarrolla al aire libre, con el fondo de escombros y caos de la ciudad destruida hasta los cimientos. Por lo general, los cocineros se sitúan detrás de un tablón rescatado de alguna ruina que hace las veces de encimera. El fuego proviene de un camping gas sobre el que se habilita un cilindro de chapa que permite concentrar el calor y sujetar el cazo o la sartén que se coloca encima.
Las recetas suelen tener como ingrediente principal la precariedad. La carne, cuando la hay, es indefectiblemente pollo, y los hidratos están representados por el arroz o el pan. Rara vez se ve un huevo, y nunca más de uno. Las verduras frescas (tomates, berenjenas, cebollas, pepinos, perejil, hierbabuena, limón) se porcionan hasta el punto de que el corte recuerda la multiplicación bíblica de los panes y los peces. El aceite de oliva, todo un símbolo cultural y emocional en Oriente Medio, se invoca más que se utiliza, y las cantidades más generosas son las de las especias.
El agua nunca sale del grifo, sino de botellas de plástico reutilizadas mil veces que alguien habrá tenido que ir a llenar posiblemente muy lejos, y la leche nunca es líquida ni fresca: solo existe en polvo.
Como el ingenio humano es capaz de hacer más milagros que la IA, siempre que se muestra la elaboración de un postre lácteo, los cocinillas añaden cantidades generosas de almidón, que ayuda a homogeneizar y espesar. Pero nada se administra con tanta alegría como el azúcar, que recobra su antigua cualidad de suplemento energético necesario en condiciones de privación: hasta hace poco más de setenta años, la gran preocupación del ser humano no era limitar la ingesta de calorías, sino llegar a las necesarias para subsistir.
Para personas que han pasado tanta hambre y que siguen condenadas a la miseria —una de las múltiples formas de violencia ejercidas sobre la población gazatí es el corte sistemático de suministro de agua, alimentos y otros recursos esenciales—, cocinar es, de alguna manera, un acto de resistencia. Lanzar a las redes un vídeo de cómo hacer un pudding, un arroz con pollo o un platito de baba ganoush no es solo una manera de recordar al mundo que siguen vivos, sino de resistir desde la reivindicación de su cultura. Porque el último de los expolios es el de la identidad.