Llegaron en marzo de 1994, con una bebé de seis meses y una idea bastante menos clara de lo que han ido construyendo. El lugar, a una hora de Santiago de Chile, cerca de Isla de Maipo entre dos grandes ríos, no era más que un campo con la promesa de que algún día un tren los conectaría con la capital. “Esto era pelado, pelado, pelado”, recuerda Andrés Costa de aquellos años en que aquí no había viña, ni bodega, ni siquiera el sueño de hacer vino. Solo una oportunidad de comprar un terreno barato y una familia buscando dónde construir un hogar.
Andrés tampoco sabía hacer vinos. Fue marino e ingeniero electrónico. Terminó entrando al mundillo por una puerta inesperada: aceptando el reto de fabricar los primeros tanques de acero inoxidable para viñas chilenas, cuando la industria local recién empezaba a modernizarse y dejar atrás los grandes fudres de raulí, la madera local. Era la década de 1980 y, de la mano de misiones de innovación financiadas por el Estado, viajó a algunas de las zonas productoras más prestigiosas del mundo. Así vio proyectos pequeños en Europa y empezó a preguntarse por qué en Chile todo tenía que ser grande.

“Cuando yo partí con la construcción de cubas de acero, todos mis compradores necesitaban estanques para 60, 80, cien hectáreas de viñedos”, cuenta. “Y yo en estos viajes a Italia, España, entendí que había gente que tenía media hectárea, como la que nosotros tenemos hoy día. En Chile todos me decían que es imposible tener un viñedo chico”.
Esta última frase de Andrés ubica su historia en aquellos tiempos, cuando el mercado chileno estaba dominado por grandes marcas que pensaban en exportar volumen: bueno, bonito y barato. La idea de hacer vino en el patio de una casa, sin ser enólogo, sin querer crecer y sin pensar primero en exportar, sonaba a excentricidad, no a negocio. Andrés lo recuerda con honestidad: “Yo siempre creí que, efectivamente, se podía hacer algo. Ahora: no partí plantando viñedos como negocio. Partí por pasión”.
Primero plantaron para ocupar un terreno vecino vacío. Su viñedo más antiguo data del año 2000. Luego vendrían otras dos plantaciones, en 2009 y 2010, y más tarde un pequeño viñedo junto a la casa. Entre todos hay cabernet sauvignon, malbec, syrah y cabernet franc. Todo en pie franco, sobre suelos de antiguo lecho de río, con piedra redonda. Desde el inicio, todos se trabajaron con agricultura orgánica, aunque ya no los certifican. Angélica lo explica desde una razón poderosa: “Era el patio de los niños”. Allí no podía entrar cualquier cosa. “No podíamos hacer nada que no fuera orgánico, nada”.

La casa y la viña fueron creciendo juntas. Cuatro hijos, vecinos, familiares, amigos, perros, vendimias de fin de semana, cosechas a mano, noches desgranando racimos y mucho aprendizaje a fuerza de error. El primer intento terminó en vinagre. Andrés se ríe al contarlo: había preguntado cómo hacer vino y mezcló levaduras y sulfuroso sin entender cuál iba primero ni por qué. No pasó nada. O pasó todo lo que no debía pasar. De ese fracaso vino la ayuda de amigos enólogos y la convicción de no crecer, observar mucho y tocar lo justo.
Aunque tienen varias variedades y podrían haber hecho varios vinos, decidieron lo contrario. “Dijimos: no, vamos a hacer un vino. Queremos hacer una mezcla”.
Esa mezcla, sin embargo, tampoco se define como suele hacerse, en una mesa llena de botellas con diferentes variedades o sectores. Se cosechan solo los granos impecables y se dejan fuera uvas deshidratadas o con problemas. Luego, con varios vinos terminados en diferentes recipientes, “nosotros no preparamos la mezcla”, dice Andrés. Puede haber más cabernet sauvignon, más malbec, más syrah o más cabernet franc según la temporada. No hay fórmula fija. No hay intención de igualar añadas. “Aquí esto es lo que hay, y solo hay que cuidarlo bien”.
La bodega mantiene esa misma lógica de escala. Tanques pequeños, barricas de acero inoxidable diseñadas por ellos mismos, selección manual de granos, fermentación con levaduras nativas, sin corrección de acidez, sin filtración y una maceración prefermentativa en frío que puede durar un mes. La explicación técnica de Andrés es siempre la idea del tiempo. “Nuestro vino es de guarda, y a mí me interesa que después de 10 años o 15, lo primero que sientas tú, es fruta; y eso se logra macerando sin alcohol y a baja temperatura”.

Como era de pensar, Rukumilla no sale joven al mercado. Puede pasar cuatro o cinco años en barrica y luego otros cinco o seis en botella. Su cosecha 2026, por ejemplo, estará en barrica cuatro años más y saldrá recién en 2036. No hay ansiedad. “No estamos apurados”, repite Andrés. “Con menos tiempo el vino está simplemente joven”.
Angélica aporta una clave importante para entender esa paciencia. Al principio, cuenta, no todos los vinos se guardaban diez años. Los fueron probando y sintieron que aún estaban apretados. “Guardémoslo un año más, vamos probando”, recuerda. “Y ahí nos fuimos dando cuenta que en tres meses cambiaba, era otro vino”. En su mirada, hay otra variable: “El vino, al no estar corregido, no está frenado. Entonces, puede seguir evolucionando”.
Durante la visita abrimos tres añadas de Rukumilla: 2016, 2012 y 2005. Más que comparar vinos, la cata permitió entender el sentido del proyecto. No hay aquí una mezcla pensada para repetir un perfil, sino un vino que cambia con el año, con la guarda y la botella. Y lo más importante: con diez, o incluso veintiún años, sigue vivo, sigue dando placer, con su particular color rojo brillante, fruta, capas aromáticas y una boca vibrante.
El 2016 apareció como el más suave y pulido, probablemente marcado por una añada más lluviosa. El 2012 mostró una nariz más evolucionada, notas de champiñón, color profundo y una estructura con más garra. El 2005 explicó con maestría la ambición de guarda: fruta roja deshidrata, fuerza, profundidad y una sorprendente vitalidad para un vino de veinte años. “Yo me quedo con el 2005, pero por lejos”, dice Angélica. Yo, con 2016 y 2005: ambos con fruta neta, jugosa, elegantes, tensos en su final. Aun así, lo interesante no fue encontrar una añada “mejor”, sino confirmar que el tiempo es parte del estilo. La experiencia de la guarda pueden vivirla quienes los visitan en casa, con su bodega y viñedos; también en las ferias donde participan como parte de MaipOrigen, agrupación que reúne a pequeños viñateros como ellos del valle; también como parte de MOVI, el movimiento de viñateros independientes.

Esta decisión del tiempo, en Chile, sigue siendo muy rara. Implica inmovilizar vino durante una década y obliga a pensar la venta de otra manera. Rukumilla produce entre 900 y 1.600 botellas al año. Si bien en algún momento exportaron a Bélgica, Finlandia, Inglaterra y Brasil, hoy prefieren concentrarse en el mercado local. “Vendemos solo en tiendas, hoteles y restaurantes donde alguien pueda contar su historia; explicar la guarda, abrir la botella con tiempo, cambiar la sintonía”, dice Andrés.
Rukumilla se llama así por una figura femenina mapuche y también por un homenaje íntimo: a Angélica, a las mujeres, a esa época en que comenzaron a hacer vino y todo el vecindario estaba criando niños. El nombre, dice Andrés, significa “pechos de oro”, y se refiere a la mujer que amamanta.
Para ambos, aunque el tren recién ahora promete llegar cerca, la viña se convirtió hace tiempo en el arraigo de toda su familia. Sus hijos crecieron allí, ayudaron en vendimias, llevaron amigos, vieron construir la bodega. No necesariamente tomarán el relevo y no parece ser una exigencia. Lo importante, para ellos, ya ocurrió: Rukumilla es su hogar.
