Limpiar espinas

Dejo comanda

Qué fotogénicos son los mercados. Cómo nos gusta vagabundear entre los puestos, maravillados. Hacemos fotos a los amenazantes cabrachos, a verdeles refulgentes o a unos salmonetes coloraditos que parecen saludarnos en formación. Sonreímos al pescadero, que nos devuelve un gesto de resignación, y seguimos vagando sin comprar nada.

 

Las plazas de abastos han pasado de ser parte de nuestra rutina cotidiana a convertirse en escenarios turísticos. Una especie de centro de interpretación de lo que un día fue nuestra vida diaria. Lugares donde se entra casi más a mirar que a comprar, como quien recorre un decorado. Los mercados se fotografían, se comentan, se cuelgan en redes sociales. Pero cargar con bolsas por la calle ya no encaja en el plan.

 

La compra se hace conduciendo hasta un centro comercial para deambular un rato por los pasillos de un hipermercado bajo una luz cetrina. Allí la fruta sabe menos pero aguanta más y el pescado –si es que cae en el carro– no tiene escamas ni espinas, sino que llega convenientemente fileteado, envuelto en plástico y limpio de cualquier complicación.

 

¿Quién tiene tiempo de limpiar espinas? Es más cómodo, nos convencemos, pasar un lomo por la plancha. Vuelta y vuelta. Parece que siempre hay otra cosa —¿más importante?— reclamando nuestra atención. Nos decimos a nosotros mismos que todo esto nos hace la vida más fácil. Pero también cambia la relación con lo que comemos y con quienes viven de ello. Por prisa o por desidia, empobrecemos nuestra dieta, pagamos más —hagan la cuenta— y repartimos peor el dinero.

 

La pesca, especialmente para los vascos, no es solo un sector económico. Es parte de una forma muy particular de entender el mundo y de sentarse a la mesa. Durante siglos ha moldeado el calendario, el lenguaje y, por supuesto, la cocina. Renunciar a un chicharro pescado por nuestros paisanos para comerse un salmón de piscifactoría chilena es —permítanme la hipérbole— una pequeña traición a la patria.

 

Sé que es un asunto espinoso. Pero no debería darnos tanta pereza limpiar espinas.

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