Iglesias, plazas, museos, una playa larga, un café con vistas. Ir encadenando monumentos y enclaves pintorescos, para después volver a casa con un montón de fotos y la sensación de haber tachado un destino del mapa. Hasta hace no mucho, eso era hacer turismo.
Después llegó la fiebre de los talleres y las visitas guiadas. Ya no bastaba con mirar piedras y hacerles fotos. Había que aprender cómo se hace el vino, el queso o el aceite que llega a la mesa. Un paseíllo explicativo por los diferentes espacios de una bodega o una quesería, rematado por una cata servía para llenar dignamente una tarde de vacaciones. Al llegar a casa, ya no solo enseñábamos fotos: podíamos soltar tecnicismos al mover la copa o darnos importancia al catar un queso.
Ahora lo que se busca son lo que los expertos en la materia llaman ‘experiencias inmersivas’. Ya no se trata de observar, ni siquiera de comprender desde fuera, sino de ponerse el delantal, remangarse y cocinar, salir al campo a recolectar o amasar en un obrador, simulando que uno es parte del engranaje del lugar.
La segunda edición de DiscoverEAT ha reunido esta semana en Sigüenza distintas miradas sobre el turismo gastronómico no urbano. Un sector que tendemos a abordar desde dos extremos igual de simplistas: o es la panacea del desarrollo o es una amenaza que desdibuja destinos y expulsa a quienes los habitan.
Es curioso cómo a todos nos gusta viajar pero nadie quiere ser turista, ese personaje que ocupa espacios preparados de antemano, perfectamente señalizados, donde todo está pensado para él y donde, paradójicamente, casi no hay nadie más.
Para romper esa sensación de artificio, hay ciudades, como Copenhage, que han apostado por una idea tan sencilla como diseñar la oferta para el habitante, no para el visitante. Ha funcionado: ciudadanos y viajeros comparten espacios con naturalidad, sin la fricción que se vive en destinos como Venecia, Barcelona, San Sebastián o Lisboa.
Al final, cuando viajamos no queremos ser ‘el otro’, mirando desde fuera una vida que no es la nuestra. Queremos, aunque sea por un instante, sentir que formamos parte.