Ivanova Decán Gambús, caraqueña, es un referente en la gestión cultural y artística en Venezuela. Entre las instituciones que ha dirigido se encuentra el Museo de Arte Contemporáneo Francisco Narváez, a cuyo consejo superior sigue perteneciendo. Gestora cultural, conferencista, comunicadora, consultora en proyectos de arte y gastronomía, tiene varios trabajos publicados sobre cultura gastronómica. Durante varios años, fue colaboradora de la revista venezolana Cocina y Vino, y mantuvo la columna de opinión ‘Papilas’ en el suplemento Comer y Beber del diario El Nacional. Escribe regularmente en publicaciones de gastronomía y es la presidenta de la Academia Venezolana de Gastronomía.
A través de la periodista chilena Pamela Villagra, miembro nuestro ‘equipo Latam’, hemos pedido a Ivanova que aporte sus pensamientos y reflexiones a este relato coral, Voces por Venezuela, con el que 7 Caníbales quiere acercar el sentir de las y los profesionales de la gastronomía del país tras el doble terremoto.
Estas son sus palabras:
«La tragedia que hoy golpea con fuerza a Venezuela nos revela, en su crudeza, lo que verdaderamente somos como país y como sociedad. En medio de la angustia y el dolor colectivo, surge la necesidad imperiosa de la pausa, esa reflexión honda e indispensable para comprender la herida y seguir adelante. Es allí, en la oscuridad del desastre, donde se enciende una luz: la cocina avivando la llama de la solidaridad.
Cocinar —esa expresión cultural que nos hace humanos, esa tarea cotidiana que solemos dar por sentada— se convierte de pronto en motor principal de ayuda y consuelo. Al fin y al cabo, la cocina siempre ha sido eso: espacio sagrado de encuentro, momento de alivio, abrazo tibio que nutre por igual cuerpo y espíritu, especialmente cuando la desventura nos sobrepasa.
Ante la emergencia, los cocineros venezolanos han liderado de manera espontánea una de las mayores cruzadas de fraternidad en nuestra historia. Cuando la catástrofe, el desamparo y el dolor dejaron a miles de compatriotas en la más absoluta de las intemperies, se encendieron los fogones. La alta cocina, despojada de egos, le cedió el paso a la cocina solidaria. Se conformaron brigadas civiles dirigidas por chefs cuyo único mandamiento ha sido hacer lo que mejor saben hacer: dar de comer al prójimo. Es conmovedor que, en cuestión de horas, la idea del restaurante como negocio haya encontrado espacios para convivir con la generosidad pura. Todo ha fluido de forma orgánica, articulando esfuerzos, buscando donaciones y sumando manos para que un plato de comida caliente llegue a quienes han estado en el umbral de la muerte.
La desgracia es un espejo incómodo que nos muestra lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Ante la adversidad, nuestros oficiantes del sabor han levantado una catedral de bondad y entrega que nadie imaginó. «La verdadera reconstrucción de la ciudad no empieza con las grúas, sino con el vecino que estira la mano para levantar al que cayó a su lado», advierte Juan Villoro. Los venezolanos somos testigos y protagonistas de esa máxima. Los terremotos destruyeron las rutinas, pero recuperar el rito cotidiano de alimentarse con un bocado digno es una forma de resistencia para quien lo recibe y para quien lo da. La comida es la primera vía para encontrar orden en medio del caos; el paso inicial para habitar la calma. La cocina es el último refugio cuando todas las paredes han caído.»
