Habíamos llegado a la carne a duras penas, tras varios pases de pescado y marisco, una revisión del cocido local, menestra con jamón y pollo y un larguísimo capítulo de aperitivos inspirados en clásicos del picoteo: gilda, ensaladilla, tortilla, bollo preñado y hasta un ‘lobster roll’. Los ‘amuse-bouche’ tampoco habían resultado tan ligeros como prometían. Incluso el servicio de pan parecía empeñado en ponernos a prueba: dos hogazas, tostas de cuatro sabores, aceite de oliva y una flor de mantequilla.
La secuencia carnívora consistía en una reinterpretación del solomillo Wellington –esta vez con el hojaldre envolviendo una pieza de cabrito–, seguida de una royal de cerdo autóctono con patatas en distintas texturas. A partir de ahí, tres postres, no precisamente livianos. Primero un babá al ron, después un milhojas relleno de mantequilla aireada y, por último, un suflé.
Una modorra incontenible invadía la mesa, nublando el hilo de la conversación. Entonces apareció el flamante carro de petit fours: hasta una docena de bombones, gominolas o financiers, a cual más sugerente. Parecía imposible continuar. Y sin embargo, ya en la terraza, con el café, el chef desenvolvió una servilleta mostrando un cuenco de galletitas de mantequilla y tuve que obligarme a soltar la tercera.
Es curioso cómo la gula es capaz de despertar un instinto casi autodestructivo, que te empuja a seguir comiendo incluso cuando la sensación de hambre es ya un recuerdo lejano que crees que no volverás a experimentar jamás. Salí de allí arrepentido y me puse a contar calorías, calculando contrariado lo que iba a costar quemar semejante ágape. Pero el enfado fue diluyéndose durante un largo paseo por la playa.
En esta era de Ozempic, dietas restrictivas y ayunos intermitentes, con los chefs devanándose los sesos para entretener a comensales que se sientan a la mesa sin hambre, hay algo anacrónico en un menú de cuatro horas que intenta llevar al comensal hasta su límite físico. De alguna manera, aquel ejercicio de pantagruelismo delirante acabó pareciéndome enternecedor. Me recordó que, a veces, sentarse a la mesa también significa rendirse al exceso.