Bodegas Buezo, donde las botellas hablan de la lentitud del tiempo

En la D. O. de Arlanza, donde apenas diecisiete bodegas sostienen el pulso de una tierra alta y silenciosa, Bodegas Buezo ha decidido hacer del tiempo no una circunstancia, sino una fe.

Manuel Villanueva

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Hay vinos que practican mejor que nadie esa doctrina galaica de la sabiduría de la espera.

 

Llegar a Mahamud (Burgos), a esta bodega, es tener la sensación de entrar en un lugar donde el reloj te acompaña al compás de las horas. Como si cada botella fuese una conversación detenida a medias, esperando ser retomada años después. “El tiempo no pasa: nos atraviesa”, escribió hace tiempo el periodista y escritor Pedro G. Cuartango, y en Buezo esa intuición adquiere cuerpo líquido.

El tiempo como argumento

En Arlanza, el frío afila, la altitud ordena y el viento pule. Los vinos crecen despacio, como quien aprende a escribir con buena letra. Buezo ha entendido que esa lentitud forma parte de un lenguaje. Y lo ha llevado hasta sus últimas consecuencias: aquí no hay prisa, no hay concesión al vino joven. Solo guarda. Solo paciencia. Solo ese diálogo íntimo entre la madera, el silencio y la botella.

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En ese gesto hay algo profundamente humano, casi literario. Recuerda a esos textos que no se publican en el momento de ser escritos, sino cuando el autor entiende que ya no le pertenecen del todo. “La paciencia es una forma de inteligencia del alma”, desliza el escritor burgalés Tomás Val, y ese pensamiento parece haberse quedado a vivir entre estas barricas. “Los grandes vinos no nacen hechos: se convierten en grandes con el tiempo”, dejó escrito el crítico Clive Coates.

El manifiesto invisible

En algún punto de la cata aparece, como una sombra luminosa, la figura de Ferrán Centelles. Su Manifiesto del Tiempo es otra manera de mirar. “En el vino, el tiempo no siempre resta: a veces suma”, dice. Y en Buezo esa frase deja de ser teoría para convertirse en palpable evidencia.

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Vista aérea del viñedo y la bodega.

Centelles habla de prestigio, de valor, de transformación aromática, de la importancia del corcho, de la ciencia que sostiene el milagro. Pero también —aunque no lo escriba— de algo más difícil de medir: la emoción de abrir una botella que ha esperado por ti. “Hay una forma de belleza que solo concede la espera”, podría añadirse con los versos de la poeta, Lucía Gómez Llanos, como si estuviera pensando en estos vinos que crecen hacia dentro.
Buezo comparte esa idea con una fidelidad casi obstinada. Sus vinos no buscan agradar en la inmediatez. Buscan permanecer.

Cuatro vinos, cuatro edades del tiempo

La cata avanza como una narración en cuatro capítulos. Cada vino es una propuesta, una voz, una forma distinta de entender el paso de los años.

Buezo 79 2017

Una puerta entreabierta. Aquí el tiempo empieza a insinuarse. Hay una tensión mineral que nos habla de la altitud, de ese viento que limpia las viñas. Fruta viva, aún con pulso, pero ya domada por una madera que acompaña este proceso de maduración. En boca se despliega con esa mezcla de juventud contenida y promesa. Como quien ha aprendido pronto a esperar. Un vino que respira finca, Valdeazadón en estado casi inmediato, pero ya con la sombra larga de lo que vendrá.

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Buezo 79.
Buezo 2009

Aquí el tiempo ya habla con claridad. La puerta de entrada a la madurez. Es el paisaje de la finca en una tarde nublada de primavera. Aquí la fruta se ha vuelto más grave, más oscura, y aparecen notas que no estaban: cuero fino, tabaco, un recuerdo mineral que parece venir de la raíz. Todo está en equilibrio, como si cada elemento hubiese encontrado su lugar tras años de conversación interna. Es un vino que muestra una clara voluntad de quedarse.

Dominio de Buezo 2009

La selección. La máxima expresión de la finca. Es el resultado de un panel de ocho sabios que cataron ochenta muestras hasta encontrar el alma. El gesto de elegir solo aquello que ha alcanzado la plenitud. Aquí la complejidad se vuelve arquitectura. Las capas se suceden: especias, bosque húmedo, una elegancia casi austera. Hay una armonía entre la madera y el tiempo que resulta conmovedora. Hay profundidad, pero también precisión. Nada sobra. Todo parece inevitable. Es el vino que mejor explica la idea de que el tiempo puede añadir al vino un aspecto de revelación.

 

Buezo 1928 2009

Un homenaje que es también una memoria. Ese número no es casual, remite a un año de nacimiento convertido en símbolo de raíz y continuidad.

 

Este es un vino que ha permanecido a la escucha. Hay en él algo antiguo, no en el sentido de lo viejo, sino de lo perdurable. La fruta está ya transformada en un lenguaje distinto: balsámicos, recuerdos de cacao, una textura que roza lo sedoso. Un final eterno que nos reconcilia con la idea de que la perfección necesita tiempo.

 

Es el vino que cierra la cata como se cierran los libros que importan: con una resonancia que permanece.

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Buezo 2928.
Lo que queda

En tiempos donde todo sucede demasiado rápido, Buezo propone una resistencia tranquila. No hay épica en su discurso, ni falta que le hace. Su gesto es más simple y más radical: dejar que el vino sea tiempo.

 

Es por eso, que al salir, uno no siente que haya terminado una cata, sino que ha participado en algo más parecido a una conversación larga, de esas que no quieren concluir. “Recordar es otra forma de permanecer”, otra vez Pedro G. Cuartango, y entonces es fácil entender que estos vinos no aspiran a ser bebidos, sino a ser recordados.

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Abel Buezo.

En algunos lugares como éste, todo nace y regresa; desde la memoria de Bernardo (el padre) hasta quien mantiene el legado, su hijo Abel (en el pueblo le llaman cariñosamente Bernardino) con la paciencia de lo verdadero, en el silencio fértil del viñedo, donde el mundo se llama Pago de Valdeazadón.

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