Anne-Caroline Biancheri celebra treinta años uniendo el libro con el vino

Llegó a Argentina para fundar una editorial, compró un terreno de recreo y un amigo de la familia llamado Michel Rolland la convenció para hacer vino. Así nació Antucura

Mariana Gianella

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La película comienza con Anne-Caroline Biancheri, una joven francesa de 22 años, recién desembarcada en Buenos Aires en 1993, fundando una editorial con nombre de piedra preciosa, Caviar Bleu. Lo que aquella joven no sospechaba es que terminaría plantando viñedos a mil metros de altura en Mendoza, al pie de la Cordillera, ni que su bodega tendría, algún día, la biblioteca más grande que existe dentro de una bodega en Latinoamérica. Antucura cumple dos aniversarios consecutivos: tres décadas de aquella editorial que la trajo al país, y veinte años de su primera vendimia.

 

Nacida en Marsella, criada entre París y Abidjan, con un padre que tenía un viñedo en Borgoña como hobby, Anne-Caroline llegó a la Argentina no por el vino sino por una pasantía que debía cerrar sus estudios de marketing y gestión en la American University de París. Trabajó con el editor Carlos Manzi, descubrió el oficio editorial y, mientras tanto, algo de Mendoza se le fue quedando pegado a la piel. «Mendoza surgió cuando publiqué el primer libro sobre Santiago de Chile. El entonces secretario de Turismo de la provincia me pidió que hiciéramos el mismo libro para Mendoza», recordó. Ese encargo la instaló en la provincia cuyana, donde conoció al padre de sus hijos y donde, sin saberlo, estaba por torcerse su historia.

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Anne-Caroline, degustando uno de sus vinos.

Editó cerca de cincuenta libros en tres décadas: guías, coffee table books, historias de la vitivinicultura regional. Mendoza de pura cepa, en varias ediciones, se convirtió en una suerte de vidriera obligada de la provincia; Vinos de capa y espada recorrió los 450 años de una vitivinicultura argentina que, según ella, «uno no sabe, pero existe hace muchísimo tiempo». Editar en la Argentina, admite, fue «remar en dulce de leche». Aun así, todavía guarda pendiente un proyecto: un libro sobre los franceses que armaron bodega en la Argentina, «Me debo ese libro, es lo que yo llamo los vinos argentinos con acento francés”.

Un amigo llamado Michel Rolland

En 1998, con la ayuda de Michel Rolland, amigo de su padre (y que por entonces empezaba a mirar Mendoza con ojos de inversor) compró una finca en Vista Flores. No buscaba crear una bodega, sino un lugar para ir los fines de semana con sus hijos y tocar tierra como en su infancia. “Cuando llegué dije: es acá. La vista de la Cordillera me convenció apenas crucé el portón”. El resto fue Rolland insistiendo en que la uva que crecía en el terreno merecía convertirse en vino. «Me dijo: Caro, me parece una pena que con la calidad de uva que tenés, no hagas algo”. Entre 2000 y 2005 se plantaron 100 hectáreas con alta densidad, siguiendo las indicaciones de Rolland. «Me enseñó que para hacer grandes vinos hay que tener muy buena materia prima, porque por más que seas el mejor enólogo del mundo, si no la tenés no podés hacer milagros», recuerda.

 

El galpón de la finca, donde antes se guardaban los tractores, se convirtió en la primera bodega garaje. Durante ocho años, el equipo de Rolland se instalaba en Antucura (Piedra del sol en lengua mapudungún) los tres meses de vendimia para elaborar junto a ella. Anne-Caroline habla con gratitud de aquella amistad. Cuando Rolland murió en marzo de este año, la noticia la tomó por sorpresa: «Me dio mucha pena no haberlo podido ver, porque hacía tiempo que él viajaba menos. Me hubiera encantado tener un último encuentro antes de su partida. Antes de ser un gran enólogo, él era una gran persona: divertido, sencillo, sabía quién era, pero nunca se tomó en serio. A mí me ayudó muchísimo. Me enseñó todo lo que sé». Y cuando se le pregunta qué le hubiera dicho en ese encuentro que no llegó a suceder, dice emocionada: «Le diría: gracias».

Merlot y Cabernet traídas de Pomerol

Hay un dato que Anne-Caroline cuenta casi como una hazaña de guerra y que explica gran parte de la identidad actual de los vinos de Antucura: una porción de esas primeras hectáreas de merlot y cabernet sauvignon se importaron directamente desde Pomerol, en Burdeos. «Nunca más volvimos a traer material genético a la finca, esto fue una locura», ríe hoy, aunque en el momento no le resultó tan gracioso. “Las raíces llegaban atadas en bolsas de plástico semicongeladas, había que cruzar la cordillera por el Cristo Redentor, y en la aduana las hacían limpiar planta por planta. En un momento pensé que íbamos a tener que abandonar todo. Pero bueno, son cosas que hay que pasar», resume sobre un proceso que hoy recuerda con la distancia de quien sabe que valió la pena, ya que los vinos de Antucura llevan la firma inevitable de esas dos cepas.

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Anne-Caroline y sus colaboradores en la bodega.

Esas plantas, esos clones franceses que sobrevolaron el océano, se fueron adaptando al suelo aluvial cargado de piedras que alguna vez fue cauce de un río bajando de los Andes. Hoy siguen en la finca y son la base genética que le dio a Antucura su carácter distintivo desde el primer Gran Vin. «Hoy están en la finca esas plantas. Hermosas», dice, con una satisfacción que suena más a suspiro de alivio. Esa impronta bordelesa, sumada al paladar propio que ella describe como francés aunque viva hace más de treinta años en este lado del mundo, terminó de definir el estilo de la casa: blends de corte bordeaux con columna vertebral de cabernet sauvignon y merlot, a los que después se sumó el malbec como aporte netamente local, en una fórmula que se adelantó algunas décadas a la vanguardia que vemos hoy.

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Antucura.

Mientras el mercado celebraba, a principios de los 2000, los vinos de madera dominante y potencia extrema, Antucura eligió el camino contrario. «La elegancia para mi es un vino super armonioso, donde no hay nada que te haga disonancia en boca ni en la nariz. A mí me gusta eso porque mi paladar es así, el vino en Francia te educa el paladar muy pronto. En esa época, hacer un vino elegante no estaba tan de moda como ahora. Lo quiera o no, me crie así desde chica», explica, trazando una línea directa entre su propio gusto y el estilo que terminó definiendo a la bodega. Para poder moldear la actualidad de Antucura, Anne-Caroline encontró en el enólogo Mauricio Ortiz, con formación en Pomerol y 12 años al frente de las cavas, un socio en la misma búsqueda: «Mauricio trabajó mucho en Francia. Tiene, como yo, esta formación del paladar». Los primeros vinos, Gran Vin y Calvulcura (hoy Antucura Blend Selection, con su clásica cápsula del dragón),nacieron de esa premisa que el tiempo le dio la razón. «El consumo se está yendo hacia vinos más elegantes, porque el vino está ligado a la comida, y ya no comemos como antes. Comemos más sushi, salsas más sutiles, un paladar que se sofistica», analiza.

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Anne-Caroline y el enólogo Mauricio Ortiz.
La biblioteca, el alma de la casa

En 2005, sin lugar para recibir a las visitas que empezaban a llegar a la bodega, surgió la posada: ocho habitaciones, cada una distinta, pensada como una casa y no como un hotel. Ahí fue creciendo, libro a libro, la biblioteca que hoy reúne ocho mil volúmenes de todos los temas y en varios idiomas, a disposición de los huéspedes. Sin vigilancia ni fichas de préstamo. «Al principio pensé que iban a robar los libros. Pero la gente es muy respetuosa: los toma, los lee, y ellos mismos los reponen donde los sacaron». Esa biblioteca es el corazón simbólico del proyecto: «La gente me dice que este lugar tiene alma. Y yo creo que es la biblioteca la que hace ese efecto, porque en una época donde se lee cada vez menos, el libro sigue siendo cultura, es de dónde venimos, es nuestro conocimiento». Con el tiempo empezó a recibir donaciones de huéspedes que heredaron bibliotecas familiares en idiomas que ya no hablan: «Me dicen ‘era de mi abuelo, no lo entiendo, no tengo espacio’, y me las regalan para que yo las ponga acá», explica.

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El blend, donde el malbec pone acento argentino en el perfil afrancesado.

En los últimos años Anne-Caroline detectó que el enoturismo había desplazado a la venta de uva como negocio central en Mendoza. De ahí nació su proyecto más ambicioso: un desarrollo inmobiliario sobre las 126 hectáreas de Antucura, pensado como un club de vino y bienestar, donde el actual hotel pasará a ser casa club y que incluirá casas, un SPA, talleres de astrología y chamanismo, tienda de productos orgánicos, salas de degustación, un anfiteatro y, otra vez, una biblioteca en medio del viñedo. Solo se podrá circular en bicicleta o carrito de golf. «Quiero unir el buen vivir con el bien vivir», avanza. La diferencia entre esas dos cosas es sutil, pero implica agregarle al confort una conexión con algo no material.

 

Es ahí quizás donde tengan la unión más certera los vinos y los libros, en la capacidad de encontrar en la materia, en cada planta, en cada letra, un pedazo de lo inexplicable, de lo que solo se accede mediante la imaginación, mediante el tesoro de lo que no podemos ver, y aun así, vivir.

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