Bar Gloria

Dejo comanda

El bar Gloria es uno de tantos bares obreros que han ido bajando la persiana en los últimos años. Los levantó una generación de aguerridos hosteleros, que salieron adelante a fuerza de meter horas, aguantar borrachos hasta las tantas y quemarse los brazos cocinando menús baratos. Con un poco de suerte, hasta consiguieron ahuyentar a sus hijos lejos de aquellas barras sufridas que hoy tendemos a romantizar.

 

Unos sacos de patatas y unas sartas de chorizo, alcohol de garrafa, vino peleón y un par de botes de encurtidos bastaban para alimentar a barrios enteros. La misma economía de medios muestra Nerea Ibarzabal en ‘Bar Gloria’, la novela publicada por Consonni hace ya un par de años, donde una familia de baserritarras exiliados del campo se hace cargo de la taberna de un pueblo industrial.

 

Cayó en mis manos en la pasada Feria del Libro de Bilbao y la devoré como un bocadillo de bonito con divisa. Ibarzabal es bertsolari y eso se percibe en la música de un texto que oscila entre el retrato descarnado y la poesía en prosa. La traducción del euskera al castellano de Arrate Hidalgo conserva esa manera tan vasca de decir mucho con pocas palabras.

 

Bar Gloria no es un artefacto nostálgico ni un relato costumbrista. El primer capítulo termina con una escena de violencia de una crudeza desgarradora. En sus páginas hay algo de neorrealismo, retratos psicológicos punzantes y una austeridad narrativa que emociona, a veces de manera inhóspita.

 

Tampoco es un libro gastronómico, pero demuestra hasta qué punto un bar puede convertirse en el centro de una comunidad. Sus posibilidades dramáticas son casi inagotables: un espacio cerrado, un puñado de personajes fijos y una corte de clientes capaces de representar casi cualquier rasgo del alma humana.

 

Quizá por eso cada vez más escritores lo eligen como protagonista. ‘Bar Urgell’, de Pablo Gallego, o ‘Matar un bar’, de Carles Armengol, son ejemplos brillantes publicados recientemente. Puede que ese sea el síntoma definitivo de su extinción: mientras desaparece de nuestras calles, el bar de abajo encuentra refugio en la literatura.

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