Gamboa, donde Buenos Aires cumple el sueño de tener vinos propios

Un campo quebrado a orillas del Paraná y once años de espera para la primera vinificación. Así nació Gamboa, uno de los proyectos que llevan el mapa del vino argentino lejos de la montaña

Mariana Gianella

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Durante años costó que cualquiera se tome en serio los vinos de Buenos Aires. Y no por prejuicio propio, sino por la costumbre de todos de buscar al vino mirando al oeste, a la montaña, a Cuyo. Pero hay una provincia entera que estuvo un siglo escondida bajo la alfombra, literalmente prohibida de plantar vides hasta fines de la década de 1990, y que ahora empieza a asomar la cabeza con una convicción en una mano y un poco de osadía en la otra.

 

Gamboa es uno de esos proyectos. Queda en Campana, a unos 60 kilómetros de la Capital, sobre un campo quebrado que baja diez metros entre su punto más alto y el más bajo, pegado a una reserva natural y al Río Paraná. Ahí Eduardo Tuite, empresario ligado al turismo de la zona, plantó las primeras vides en 2010 y recién en 2021 llegó la primera vinificación.

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Eduardo Tuite, empresario y enólogo artífice de Bodega Gamboa.

“La vitivinicultura estuvo prohibida en la provincia de Buenos Aires hasta fines de los años 90″, cuenta Tuite. Esa historia pesó en la percepción: durante mucho tiempo se asumió que un vino de la provincia iba a ser de calidad baja, casi por definición. Eso fue cambiando de a poco, con distintos proyectos que se fueron desarrollando: Costa y Pampa, Puerta del Abra en Balcarce, y otros, entre ellos Gamboa. Hoy los vinos de la provincia de Buenos Aires tienen entre 93 y 96 puntos de Tim Atkin, y sumado a otros reconocimientos y premios que fueron llegando con los años, se va instalando la idea de que el vino de Buenos Aires no es una curiosidad, sino un vino de muy buena calidad y con mucho potencial todavía por desarrollar”, explica.

 

Once años de espera para una copa dice algo de la escala de tiempo con la que se piensa este proyecto, que no es la escala de un negocio rápido sino la de un terruño que se está inventando en tiempo real. «No elegimos Campana por tradición vitivinícola; la elegimos porque encajaba con esa idea de origen desde el arranque: un terruño propio, cerca de la ciudad, todavía sin escribir«. Esa frase es central para entender este proyecto, la ausencia de tradición no fue un obstáculo, fue el punto de partida. No había un molde que replicar, había que construirlo de cero, incluso la mano de obra, porque no existía en la zona gente formada en vitivinicultura.

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Gamboa se escribió de cero como zona vinícola, buscando una identidad propia.

“Buscamos que cada lugar esté conectado con la naturaleza, que el entorno no sea un fondo de paisaje sino parte de la identidad del vino. Esa lectura del terreno no fue solo intuitiva, hicimos análisis de suelo con agrónomos para confirmar que efectivamente se podía plantar ahí. Con esa base fue que confiamos en que se podía elaborar algo con carácter propio. Los desafíos más importantes fueron, por un lado, encontrar recursos humanos con experiencia en vitivinicultura en la zona. No había una tradición local de la que tirar; hubo que formar ese conocimiento desde cero. Por otro lado, el manejo de las plagas particulares de la región, distintas a las que enfrenta un viñedo en una zona vitivinícola tradicional. A esto se suma la compactación del suelo, que obliga a trabajarlo de forma muy consistente y seguida para mantenerlo en condiciones”, explica.

 

El suelo de Campana es franco arcilloso, de origen aluvial, con un clima húmedo y templado que nada tiene que ver con la sequedad de altura de Mendoza o con la geografía de la Quebrada. Eso da vinos de menor graduación alcohólica, con más acidez y un perfil aromático que se corre hacia lo herbal y lo floral, lejos de la potencia y la concentración que uno asocia al vino nacido de la alta insolación cuyana.

 

«No competimos en el terreno de la potencia, competimos en el terreno de la identidad», dice Tuite, y con eso resume la intención. Trabajan con barricas de tercer uso justamente para que la madera no tape la fruta. Es una decisión de estilo que nace del suelo y se termina de definir en bodega, no se busca imitar a nadie, se busca entender qué significa Buenos Aires para el vino.

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Vista de la viña, con las instalaciones de la bodega en primer plano.

Hoy Gamboa tiene diez hectáreas plantadas en Campana con malbec, cabernet franc, pinot noir, marselan, riesling, tannat, sauvignon blanc y chardonnay, más siete hectáreas en Madariaga, también en Buenos Aires pero mucho más cerca del mar. El malbec es uno de sus emblemas, con hierbas aromáticas y fruta roja madura sin caer en lo sobremaduro. Pero la sorpresa fue el pinot noir, variedad que en general castiga al que se anima, y que encontró en el ciclo corto de Campana un perfil propio, con notas de leña y ahumado que no son tan habituales. Ya sumó algún reconocimiento internacional, aunque más que el puntaje deberíamos ver lo que está diciendo la zona: el río y la humedad pueden sacarle a una variedad difícil algo que en otros lados no aparece.

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Uvas capaces de expresar el terroir y perfiles propios de vinificación han centrado la búsqueda de Tuite en Gamboa.

Una cosa muy interesante de Gamboa es que el proyecto no se cierra sobre sí mismo. Compran marselan de viñedos en Entre Ríos mientras sus propias plantas de esa cepa, en Campana y en Madariaga, todavía no dan fruta. Tienen un programa de viñedos para socios, Mi Finca Gamboa, una línea de espumantes que está desarrollando la enóloga Lorena Mulet, y quince etiquetas que van desde vinos de guarda hasta el Clarete y el Vino de la Casa, de consumo cotidiano. Una bodega que no parece tenerle miedo a hacer vino simple y vino ambicioso a la vez. El futuro para Tuite es seguir sumando terruños, no multiplicando el mismo modelo sino con la lógica de ir descubriendo lugares con identidad propia en lugar de escalar una fórmula. Así es como llegaron a un viñedo en Madariaga, otro en desarrollo en Patagonia, y Fincas Residenciales en Campana, y un proyecto para vivir frente a la propia viña.

 

«La provincia de Buenos Aires tiene el tamaño de un país europeo, como Italia. Por eso mismo no puede haber una sola identidad: hay muchas identidades conviviendo y todavía descubriéndose». Está el vino oceánico de la Costa Atlántica, está lo que se gesta cerca del río en Campana, y probablemente haya más por descubrir. Es un territorio en plena exploración, no se trata de que Buenos Aires le dispute a Cuyo el trono del malbec de guarda, ese vino que nace en la montaña es perfecto por ser de ahí. Quizás sea el tiempo de empezar a existir con la propia voz, y la oportunidad más grande que tuvo Buenos Aires de cara al vino de proyectar un camino que se emprende literalmente desde el barro.

Apuesta por el enoturismo

Marcelo Chocarro, director de relaciones institucionales y comercial de la bodega, pone el acento en otra pata del proyecto, el enoturismo. «El gran crecimiento de la vitivinicultura bonaerense está íntimamente ligado al desarrollo del enoturismo. Hoy el consumidor no busca únicamente una botella; quiere conocer el lugar donde nació ese vino, caminar el viñedo, sentarse a comer frente a las vides». Y agrega algo clave para la visión comercial de la región “Buenos Aires ofrece un escenario inesperado. El visitante llega pensando que va a conocer una bodega y se encuentra viñedos entre bosques, humedales, sierras o junto al océano, a un rato de auto de la ciudad. Ese factor sorpresa genera una conexión con el lugar que después potencia también al vino”.

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El enoturismo es una de las apuestas de Gamboa. En la imagen, quiosco de cata a la orilla de la viña.

En Gamboa eso se vive en Casa Gamboa, el restaurante, con el Menú Terruño, el Picnic entre viñedos, la visita guiada con degustación dinámica, un bosque nativo y la visita a la bodega; todo a una hora y cuarto del Obelisco. «El vino se cuenta desde el lugar donde se elabora, no desde una vitrina», dijeron.

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Gamboa ofrece diversas actividades, incluyendo vendimia nocturna, y se completa con una oferta gastronómica muy cuidada.

Los vinos de Gamboa como el cabernet franc, el pinot y el malbec tienen algo en común, la acidez empuja y no deja que se quede quieto en la boca. El cabernet franc es ahumado en nariz, con notas terrosas que comparte con otros vinos de la provincia como Puerta del Abra en Balcarce. Tiene buenos taninos, y un cuerpo que sorprende viniendo de un clima tan enigmático para el vino. El malbec, entra por lo frutal, con una acidez fresca que hace que uno quiera un poco más casi sin pensarlo. Ninguno de los vinos busca imponerse, por ahora; ellos buscan que los vuelvan a probar. Quizás sea la mejor invitación que pueden hacerles, no la de convencerlos de nada, sino la de generarles la suficiente curiosidad para ir en búsqueda de más respuestas en la copa.

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