Casi todo en la escena resulta desalentador. Una planta que agoniza en la mesa de la entrada, muebles de contrachapado barato en colores irreconciliables, sillas de terraza desconchadas, cuadros polvorientos. La radio escupe un chunda chunda extemporáneo que, al mezclarse con el guirigay de la clientela, arroja una cacofonía ensordecedora.
La carta tampoco ayuda. Está laminada en plástico grasiento e impresa en una estridente mezcla de tipografías. Es larga –quizá demasiado– e incluye tres o cuatro elaboraciones distintas de cada producto, a la antigua usanza: merluza frita, en salsa verde o rellena de txangurro; bacalao al pilpil, vizcaína o Club Ranero; solomillo con patatas y pimientos, al roquefort o envuelto en hojaldre.
El camarero, un grandullón imberbe que se mueve por el comedor a zancadas, se limita a anotar en la libreta lo que dicta una parroquia que se intuye frecuente. Es inútil tratar de entablar conversación, no tiene tiempo para discursos. Cuando le pido recomendación, se encoje de hombros y balbucea el plato que más sale, o el que a él le gusta zamparse cuando sobra una ración.
Reviso incrédulo las buenas reseñas que recibe el restaurante en las redes sociales. Llego a sospechar que sean fruto de alguna estratagema comercial. Entonces empiezan a llegar los platos. Una verdurita tersa, emplatada con el buen gusto que falta en la sala. Unos lomos de pescado perfectamente limpios, marcados en la plancha el tiempo exacto. Un postre casero que se sale de lo previsible.
Al terminar de comer pregunto por el cocinero y se asoma al comedor un hombre de unos cincuenta y tantos: pelo escaso, barriga incipiente y ni rastro de tatuajes en los brazos. Me cuenta que lleva media vida en los fogones y que, con los ahorros de trabajar para otros, montó esta pequeña casa de comidas donde trabaja junto a su familia. No parece interesado en construir un relato, él solo quiere hacerte la merluza como a ti te gusta.
Le estrecho la mano y salgo de allí avergonzado de mis propios prejuicios. Al cruzar la puerta, lanzo una última mirada al local. Sigue siendo igual de feo, pero ya estoy pensando en volver.