Guías Caníbales: Kioscos almerienses, sabores vivos de otro tiempo

Para conocer esta expresión singular gastronómica de Almería no necesitamos un ranking. Tan solo seguir las huellas del pasado escritas sobre un mantel de papel sobre un terrón de azúcar o una caligrafía de pizarra

Inés Butrón

|

La historia de una ciudad se puede escribir desde perspectivas muy distintas, pero todas acaban por converger en un mismo punto: son el relato de una comunidad por encima de las individualidades, por importantes que estas sean. Por esta razón, las creaciones de un grupo humano en torno a su comida nos emocionan e interpelan en la medida en que todos tenemos las mismas necesidades fundamentales. Viajar es aprehender lo que otro come, pero también dónde, cómo, cuándo y, sobre todo, el por qué de todas estas elecciones.

 

Bajo una marquesina de estilo racionalista, un luminoso letrero rosa con nombre de mujer o el gentío de una plaza en plena apoteosis de tapeo dominical se puede leer la historia de Almería desde finales del XIX hasta la actualidad. No necesitamos una ruta preestablecida, una puntuación, tan solo seguir las huellas del pasado escritas sobre un mantel de papel, un terrón de azúcar o una caligrafía de pizarra con acento local.

Guías Caníbales: Kioscos almerienses, sabores vivos de otro tiempo 0
Terrones de azúcar del Kiosco Amalia.
Kiosco Amalia: De los turrones del XIX al descubrimiento de la nuez de cola

(Pza. Manuel García, 10)

 

En Almería, el verano urbano se saborea en pequeños escenarios comunes a donde acuden los vecinos de siempre y, a veces, cuando la suerte nos acompaña, también los visitantes ocasionales, que nos dejamos seducir por coquetos toldos rayados que anuncian refrescos veraniegos y el encanto de un terroncillo de azúcar que pertenece a otra época. El detalle se torna descubrimiento, indicio de las varias capas históricas que se superponen en este rincón de la ciudad mientras desayunamos. A mediados del XIX, el azúcar era un bien preciado, escaso y caro en forma de cono duro que había que pellizcar para obtener un pedacito. Uno de los logros de la industrialización fue refinarlo, crear una prensa y un molde para obtener estos cubitos de azúcar prensado que en la mañana observamos como se funden, lentos, despertando al café. Me guardo el recuerdo como un pequeño mensaje azucarado de este kiosco situado en una de las más bonitas plazas de la ciudad andaluza, la de Manuel Pérez García, junto a la Puerta de Purchena.

 

Amalia fue su primera propietaria. Su descendencia lo regenta desde 1889, aunque esta no fue su primera ubicación, porque esta mujer, Amalia Fenoy Plaza, era una de tantas vendedoras ambulantes de refrescos caseros, frutos secos y turrones por Navidad. Actividad de poca monta que, sin embargo, levantaron a muchas familias con el trabajo que realizaban tantas mujeres de la época. Con el tiempo consiguió un puesto fijo en la ubicación actual sin saber que allí se asentaría otra parte de la historia almeriense para dar nombre a una de sus especialidades.

Guías Caníbales: Kioscos almerienses, sabores vivos de otro tiempo 1
El americano del Kiosco Amalia. Foto de Antonio Ron.

Rosa, dulzona, atrevida y traicionera, esta bebida llamada “americano” está hecha a base de licor de nuez de cola, leche, canela y piel de limón, un combinado que recuerda que la Almería anterior a la década de 1970 no debía su fama a los invernaderos de hortalizas y los destinos turísticos del Cabo de Gata, sino al desierto de tabernas y los spaghetti western.

 

La versión popular de esta historia cuenta que fue un actor americano quien dio la receta de tal bebida icónica a los dueños del kiosco, un sabor que, aunque conocido en España desde 1880 (la nuez de cola formaba parte del famoso jarabe producido en Ayelo de Malferit, Valencia) no era habitual entre los refrescos, sino como reconstituyente medicinal. La fiebre de la cola americana gasificada y en botellín no tendría lugar en España hasta 1953 de la mano de la Sexta Flota desembarcada en el Puerto de Barcelona.

 

Esta bebida no es, sin embargo, la única huella del cine en la gastronomía de la provincia. Si pide un pide un sheriff gun nadie le entenderá. Mejor hágalo con la voz almeriense “cherigan”, montadito originariamente de aguja o atún con mahonesa, dos de los pescados clave en la economía almeriense durante los siglos XIX y XX, en plena ascensión demográfica de la provincia y, por ende, de la minería y la almadraba de Monteleva, en las Salinas de El Cabo de Gata.

Guías Caníbales: Kioscos almerienses, sabores vivos de otro tiempo 2
‘Quemaíllo’.

Otra de sus bebidas más conocidas, el “quemaíllo”, nos susurra mientras arde el fuego fatuo de un chorro de coñac flambeado sobre café, sus granos, el azúcar y el limón que casi todas las gastronomías entran en contacto tarde o temprano. Quemaidas gallegas y cremats de ron de Calafell, en el Empordà, podrían dialogar perfectamente con el quemaíllo sobre este asunto. Pero, si no le convence esta bebida caliente, aún hay otra más colorista, si cabe: la “jabea” o granizado de limón con menta, mucho más refrescante e inofensiva.

El kiosco sobre la memoria

En la misma plaza que despierta cada mañana con la fragancia del café tostado, una parte de la historia de estos ciudadanos, las más deshonrosa, sigue durmiendo. Los antiguos refugios de la Guerra Civil tienen allí una boca de entrada que pasa desapercibida entre el barullo mañanero y las tardes amables en verde y rosa.

 

Almería tuvo una red de refugios antiaéreos cuyas bocas fueron tapadas por el Ayuntamiento de 1939. Sobre ellos se construyeron quiosquillos de dulces y bebidas, frutos secos, prensa y todas aquellas cosas que los paseantes que intentaban olvidar el dolor de la contienda necesitaban para su deambular pacífico por los paseos, las plazas Urrutia o la del Marqués de Heredia. Apenas unos metros bajo la tierra nos separan del miedo y el frío, al mismo tiempo que reconocemos en aquellas estructuras grises y severas la voluntad de levantar la cabeza en medio de una dura posguerra.

Guías Caníbales: Kioscos almerienses, sabores vivos de otro tiempo 3
Fuente del Parque Nicolás Salmerón, en el centro de Almería.

Algunas serán recuperadas por iniciativa del consistorio como parte del patrimonio. O al menos, es la pretensión del Ayuntamiento que reconoce así también un nombre, la del arquitecto Guillermo Langle. En algunos de ellos, como el Kiosco Marimorena, en Plaza de la Virgen del Mar, los almerienses disfrutan de su tapeo único, del pescado que llega por doquier y de ese ambiente populachero que da alegría a las calles. Después de todo, también eso es un triunfo.

El ‘baby boom’ de los kioscos

En Almería hay un kiosco que se llama 18 de Julio, nombre tan vacío ya de contenido que en el 2025 consiguió un Solete Repsol. Lo suyo son los pinchos morunos desde 1961, fecha en la que se inauguró el hospital del mismo nombre. Una ubicación perfecta, pues, en esos años el kiosco empezó a llenarse de parturientas apresuradas y padres novatos que necesitaban los coñacs de media mañana para levantar la flojera. Así entró el baby boom en la historia de la gastronomía almeriense.

Guías Caníbales: Kioscos almerienses, sabores vivos de otro tiempo 4
Las frituras de pescado son una de las especialidades que no suelen faltar en los Kioscos y en el tapeo almeriense.

Desde entonces no ha parado de servir pulpo frito (una especialidad muy almeriense que conecta la ciudad con Adra, el puerto a donde llega, y posteriormente, se seca, este cefalópodo), jibias acaracoladas o en tiras rizadas, según se mire, mucho pescadito, hueva de merluza y toneladas de pinchos.

 

Al Lengüetas, en la Plaza de España de Ciudad Jardín, le pilló la inauguración por los mismos años del baby boom, en 1965, década dorada de las criaturas que se organizaban de forma natural por grupos de primos correteando por los bares de pueblo y las terrazas como esta sin que nadie se alterara lo más mínimo.
Las normas de la casa dicen que no se sirve en las mesas, lo que aligera el servicio y le obliga a uno a relacionarse con todo quisqui en una cola caóticamente ordenada mientras aprende algo sobre los usos y costumbres locales. Obviamente, la tapa está incluida, desde el cherigan, la aguja o la gambita de cristal frita, si queda.

 

Allí se sientan las familias como pueden y cuando pueden, más o menos felices de salir al fresquito que empezará a soplar para ellos solos en las noches andaluzas a finales de septiembre, cuando la calma se asiente de nuevo.

NOTICIAS RELACIONADAS