La palabra suena grandiosa. Un designio divino. Algo hacia lo que nos dirigimos casi irremediablemente. La meta, el punto de llegada. Para el que viaja, un lugar al que encaminarse con la esperanza de ser feliz por unos días. Para quien le recibe, el orgullo de haber sido elegido entre un sinfín de posibilidades.
Muchas ciudades anhelan convertirse en destino, pero basta con pasear la mirada por sus escaparates para comprobar que conseguirlo también tiene peajes. Donde antes había una ferretería ahora se venden imanes para la nevera y banderitas de poliéster; en aquella antigua mercería hoy declaran su amor por la ciudad camisetas de algodón barato; y resulta más difícil comprar un periódico que una tacita decorada con un mensaje edificante.
El camarero del bar de la plaza ya no necesita recordar que al cartero le gusta el cortado con la leche fría o que la peluquera suele tomar un solo bien cargado y sin azúcar. Una nueva clientela fugaz, vestida en pantalón corto y chancletas, hace cola cada mañana para pedir un matcha latte y una tostada con semillas de chía.
En un destino, aunque presuma de gastronómico, escasean las carnicerías, charcuterías y pescaderías, pero abundan las tiendas abiertas veinticuatro horas donde comprar un refresco y una bolsa de fritos. Cuesta encontrar un buen guiso de casquería y se echa de menos aquel bar célebre por sus mejillones empanados. Pero a la vuelta de cada esquina nos asaltan porciones de pizza, focaccias, bandejas de sushi o croissants rellenos.
Como en un parque temático, las tiendas y los bares ya no necesitan que nadie viva allí para hacer negocio, por eso se dedican a despachar bocados mediocres o baratijas de dudosa utilidad. La identidad del lugar queda reducida a sus iconos más reconocibles: un monumento, una baldosa, una tapa. El turista quiere llevarse un recuerdo de la ciudad que ha visitado, pero a fuerza de vender recuerdos, la ciudad va deshaciéndose de aquello que merecía ser recordado.
Y nada de esto sucede por designio divino.