Hay textos que pasan semanas esperando a que los escribas. Los vas corrigiendo mentalmente mientras paseas, conduces o te duchas, hasta que un día aparece la primera frase. Otros los escupe un ordenador en un instante. Este podría parecer de los segundos, pero les aseguro que es de los primeros.
Si reconocen este tipo de oración construida alrededor de una inflexión perfectamente medida, les sonará también este tipo de bar: rótulo de tipografía redondeada en colores cálidos, pizarra de sugerencias —siempre las mismas— imitando la tiza, madera envejecida, bombillas de filamento, vajilla de cerámica rústica. La carta promete «producto de proximidad», «verduras de temporada» y «cocina honesta», pero curiosamente esa filosofía acaba traduciéndose en los mismos platos desde Bilbao hasta Málaga.
La inteligencia artificial no alumbra ideas brillantes, pero es sumamente eficaz reproduciendo lugares comunes. Esa prosa anestesiada que invade las redes sociales; esas imágenes perfectamente iluminadas, pero inertes, con las que muchos se publicitan; esa música amable que flota en el comedor seleccionada cuidadosamente por un algoritmo.
No es que la IA esté imponiendo un modelo uniforme de gastronomía, está multiplicando el que cree que nos gusta. Lo triste es que una actividad tan profundamente humana —cocinar, servir, cuidar, restaurar— dependa cada vez más de una herramienta que sustituye la intuición personal por una respuesta calculada e insípida.
Uno podría pensar que lo de recurrir a la IA es un atajo para bares de extrarradio o chiringuitos horteras, que la alta cocina está a salvo de esa contaminación entre lo artificial y lo humano. Pero no. Hace unos días, en uno de los restaurantes más influyentes del país, visitaba la casa un joven sumiller de carrera prometedora y quisieron tener un detalle.
Al sentarse a la mesa, le esperaba una carta personalizada, con una ilustración suya en acuarela —generada por inteligencia artificial— y un mensaje que decía: «Hay personas que llenan una copa, y hay personas que llenan un momento».
¿Les suena?