Un vaso se desliza por la bandeja y a punto está de estamparse contra el suelo. Con un hábil giro de muñeca, el camarero lo frena justo a tiempo. Suspira aliviado. Tiene la camisa empapada de sudor y el delantal lleno de lamparones. Lleva días sin encontrar tiempo para poner una lavadora; el turno partido apenas le deja fuerzas para desplomarse en el sofá antes de que vuelva a sonar la alarma.
Camino a tomar la última comanda, esquiva un enjambre de chiquillos que corretea entre las mesas y pisa un huesecillo de aceituna que queda prendido en la suela del zapato, dios sabe hasta cuándo. Se despeja el flequillo con un soplido, levanta la mirada y sonríe. «¿Qué va a ser?»
«Dos ensaladas mixtas, pero una sin cebolla. Una de croquetas, una de calamares y otra de boquerones fritos, que no estén muy hechos. Un filete para la niña, que es celíaca. Las patatas las hacéis en una freidora aparte, ¿verdad? Para el niño unos nuggets… ¿no tenéis? Bueno, pues una pechuga empanada. Dos tintos de verano, uno con gaseosa y otro con limón. ¿Tenéis Aquarius de naranja? Bueno, da igual. Ah, perdona… ¿y nos puedes traer también otro platito para compartir?»
Una gota de sudor resbala por la sien mientras anota cada detalle. Desde la mesa de al lado reclaman su atención: «¡Jefe, otra vuelta, que estamos secos!». «Un momento, por favor». No consigue evitar que la frase se le escape con un tono cortante. El cliente arquea una sonrisa de suficiencia. «Uy, cómo se pone… ¡pero si estáis haciendo el agosto!»
Hacer el agosto. En el imaginario popular, la expresión describe un negocio redondo, una forma de llenarse los bolsillos casi sin esfuerzo. Suele pronunciarse con un punto de reproche. Basta con ver una terraza llena para dar por hecho que el hostelero se está forrando. Rara vez se nos ocurre pensar en todo lo que hay que hacer antes de cobrar la cuenta.
Pero no hay tiempo para divagar. Se han sentado tres mesas más, los del fondo piden pan y un niño estalla en llanto al romper un vaso. Mientras arrastra la escoba, una mosca se pasea por sus cejas. Daría todo el oro del mundo porque fuera primero de septiembre.