El final del verano

Dejo comanda

El verano siempre llega con promesas voluptuosas. En cuanto empiezan a alargarse las tardes, fantaseamos con la gente nueva que vamos a conocer, los paisajes que veremos por primera vez, los recuerdos a punto de estrenar. A diferencia de la vuelta al cole o de la cuesta de enero, que tienen algo de condena de Sísifo, parece que cada verano va a ser diferente al anterior. Una estación preñada de posibilidades.

 

La realidad es que el estío también acaba doblegado a unas rutinas. Distintas de las que nos acompañan durante el resto del año, pero rutinas al fin y al cabo. El ritual de bajar a primera hora a colocar la sombrilla en primera línea de playa, la pelea cotidiana con los niños para que coman algo más que macarrones y croquetas, la excursión vespertina a la heladería o la caminata después de cenar por el paseo marítimo. Hasta el que dedica estos meses a peregrinar de festival en festival, encadenando noches en vela, acaba sometido a ciertas servidumbres.

 

En el veraneo no hay lentejas de los lunes o táper de brócoli para llevar a la oficina, pero también comemos por costumbre. Se vuelve al mismo restaurante de todos los años, se pide la misma ración de rabas o de pescaíto frito en el chiringuito, se ocupa la misma mesa de la terraza. Pero en lugar de llamarlo monotonía, elevamos esos gestos repetitivos a pequeñas tradiciones.

 

Para cuando llega el final del verano, la promesa de vivir aventuras excitantes se ha convertido en un hastío levemente placentero. En las últimas tardes de agosto, uno se descubre suspirando por volver a esa otra rutina conocida, la de los lunes y los horarios, la de comer a las dos y cenar a las nueve, la del bar de abajo y los restaurantes de siempre.

 

Quizá el encanto de las vacaciones no sea tanto huir de la rutina como sustituirla por otra que al menos hemos elegido. Encaramos el final del verano haciendo cuentas, poniendo lavadoras, mirando de reojo el calendario. No todas las fantasías se han cumplido. Qué más da. Una tarde lluviosa de otoño también esconde sus placeres, con la ventaja de que no nos ha prometido nada.

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