El término experiencia es cansino. Si todo por servir se acaba, este término expiró hace tiempo a golpe de ominosa manipulación. Implosionó porque, si bien fue sinónimo de sublimación alimentaria, a golpe de cinismo se convirtió en el refugio de los mediocres, los incrédulos y los soberbios. Un espacio lingüístico que, de tanto abuso, se volvió quimera.
Todo parece ser experiencia pero es imposible definirla con certeza. Todo es en sí y para sí mismo lo mejor, lo único, sin dejar espacio para la duda razonable, la crítica mordaz o la perfección como búsqueda humanizante. Cuando cada bocado promete ser la última frontera sensorial, el único destino es la invalidez sensitiva. El corpus extirpado de anima. Es ver de frente a dios sin perder la vista: nada de lo después observado tendrá sentido. Preferible haber quedado ciego.
El abuso del término experiencia está zombificando a la gastronomía. La está matando por dentro. Condena a todos a habitar un cuerpo incapaz de revelar nuevamente lo extraordinario. Bultos destinados a no absorber el mundo hasta que los autopercibidos dueños del negocio digan quién es el nuevo restaurante imperdible, el más hot de los hotspots, quién tiene la más renovada de las mejores experiencias, y quien es el más número uno de todos los números unos posibles.
El problema tiene tres aristas: el creador, la obra y quien la consume. Hoy los tres factores perdieron límites hasta convertirse en engendros metamórficos. Una masa confusa que se autorregula a conveniencia. Son las necesidades económicas y los compromisos ególatras una bellísima prisión de autoengaño. El creador se convierte en obra y el comensal es quien crea. Permutaciones esenciales que hacen añorar la simplicidad de las anacrónicas dicotomías. El mundo no era mejor con definiciones monolíticas, pero la vorágine del siglo XXI hace querer asomarse al pasado.
La gastronomía actual está perdida en su propia arquitectura post vanguardista. El mismo palacio elitista y clasista, pero con maneras más amables para entrar y recorrerlo. El trono sigue siendo de quien invierte más, y la corte está dispuesta a adular a quien sea necesario para sobrevivir. A pesar de las reformas, la vida palaciega sigue oliendo a viejo: alianzas, traiciones, intereses, acuerdos en lo obscuro. La pérdida del espíritu por un trozo de poder. El sacrificio de los principios por pertenecer. Todos halagando como instrumento de movilidad social, todos engañando para sentirse aceptados. La modernidad del oficio es Viktor Frankestein devorado por su creación tras obrar como el dígito divino.
¿Se necesitan más pinzas, más caviar, más provocaciones intelectualoides? La inmediata respuesta es negativa. Sin embargo, el cáncer de la fascinación gastronómica ya inoculó a los más avezados. Todos requieren dosis controladas de experiencias. Todos necesitan sentir que sienten. Lo de hoy es Ícaro, aún con alas, cayendo a un eterno precipicio: sin haber llegado al sol, sin poder recuperar el vuelo y sin jamás ver el piso donde morirá. Es morir sin estar muerto. Es experimentar sin sentir. Es vivir sin estar vivo.