Me seduce el amigo y periodista carioca Bruno Agostini para conocer la histórica y afamada Churrascaria Palace, junto al Hotel Copacabana Palace, que, siendo Patrimonio Cultural Carioca (y hace poco también Patrimonio Inmaterial del estado de Rio de Janeiro), es un referente en las carnes y el rodizio chic desde los años cincuenta del siglo XX, siempre con la misma familia. Art decó, servicio de nivel y buen producto están detrás de una trayectoria ejemplar.

Lo del patrimonio cultural de Churrascaria Palace va más allá de lo puramente gastronómico. Aquí, me cuenta Bruno, comenzó la bossa nova, dada la proximidad (detrás mismo del establecimiento) de los bares del Beco das Garrafas, donde se reunían los músicos, que a la vez eran clientes de la casa. “El gran cuadro de la entrada del restaurante es una santa cena con Vinicius de Moraes como Cristo alrededor de sus discípulos (Tom Jobim, João Gilberto, Nara Leão, Toquinho, Baden Powell…)… y del whisky White Horse, favorito del poeta y cantante, del que decía que era ‘un perro embotellado, el mejor amigo del hombre’”.

Sí, la bossa nova y las carnes (más de 40 variedades) son el alma del restaurante. Las carnes se sirven en formato rodizio, pero con un sistema no intrusivo, suave, elegante. Se escoge de una lista lo que se desea, y, aparte, los camareros van pasando (sin importunar) con otras piezas por si acaso. Todo fluye en un ambiente calmo y, atención, con cortes de la máxima calidad. En nuestro caso, y servicios por Silva, chef-camarero de carnes, pudimos gozar con una diversificada selección de productos, incluyendo el grandioso pururucú (pescado gigante del Amazonas), las mollejas, el cerdo ibérico, la picanha de pato, la costilla (con seis texturas y seis sabores diferentes), el apreciadísimo corte ‘tuti’ (filete de costilla, parte superior del matambre de sugestiva delicadeza, jugosidad y terneza, servido en gueridón), la entraña y la linguiça artesanal Cochon Rouge, un producto artesanal premium elaborado con copa, pimentón, nuez moscada, pimientas y hierbas. Hay mucho más en la propuesta, como la picanha borboleta, que exhibe toda la grasa de esta pieza tan apreciada en Brasil, el obsceno cupim (joroba de la res), avestruz, codorniz, búfalo…

Con una carta de vinos ad hoc, no sólo son las carnes lo que distingue al lugar. Porque, además de las precisas guarniciones (patata, polenta, aipim y banana fritos, arroz, farofa, etc.) conviene citar los aperitivos, cuidadosamente elaborados (pan de queso, pastel de queso o fino bolinho de bacalao).

Y luego está el buffet. No, nada de horteradas. Viene con el precio de la experiencia y propone entrantes muy mimados. Sardinas a la portuguesa, una morcilla elaborada por una familia española, palmitos a la brasa, quesos artesanos (algunos de los mejores de Brasil), casquinha de siri (cangrejo), ostras, mejillones a la vinagreta, camarones… Un lienzo multicolor y pulcro para darse unos caprichos antes de las carnes.

En la hora de los postres, sorbetes de frutas amazónicas (açaí, maracuyá y taperabá), coco quemado, vainilla o queso azul. Y, por supuesto, una orgullosa selección de cachaças, de la que elegimos la Serra das Almas, envejecida cuatro años en madera de garapeira.
Un rodizio que está a otro nivel.
