Luis Vinyes, chef de La Venta e hijo del propietario (formado en Asia, Europa y, sobre todo, en el Mirazur de Mauro Colagreco), ha contemporizado lo justo y necesario para transformar la cocina que hizo triunfar al restaurante en los setenta, los ochenta y los noventa (nouvelle cuisine a la catalana), cuando en la propiedad pintaban personajes como Paco Bosch y Fernando Amat y las risas reflejaban a una gauche divine ya muy puesta mezclada con los coloridos hervores de las nuevas generaciones creativas de la ciudad, en una apuesta firme y catalanamente canónica (aunque con visión culinaria actual), cuidando sólo de mantener ese je ne sais quoi intemporal que convierte el establecimiento en una verdadera singularidad.

Debo aclarar que yo mismo frecuenté con pasión las dos terrazas panorámicas, la cubierta y la ‘al fresco’, en aquellos años en los que ‘fuimos los mejores’, y que ya hacía mucho tiempo que no me subía al local. Mucho. Pero no ha cambiado esa sensación cuasi mágica que retorna el establecimiento gracias acaso a su policromada arquitectura modernista y a ser punto de partida del funicular que lleva al parque del Tibidabo y su nostálgica promesa de maravillas.
Sí ha cambiado la cocina. Vinyes, dejando atrás veleidades, se ha fortificado en la cocina catalana tradicional, sin traiciones, buscando, esto sí, su elaboración adecuada a los tiempos con mucha limpieza y cocciones ajustadas. Excepto los afrancesados erizos gratinados —“es el plato más antiguo del restaurante”, me dice—, que retrotraen a los ochenta (y que, además, adolecen de falta de yemas y de sabor), todo lo demás pertenece al universo coquinario más tradicional y hasta popular de Catalunya, aunque con un tratamiento exquisito.
No está de más pedirse, para ubicarse en la terraza, una ración de pan con tomate, que elaboran al momento con ‘cristal’. Una muletilla que se debe acompañar, a modo de aperitivo, con las alcachofas fritas, finas, perfectas, y los calamares a la romana.
Una buena entrada será la de los caracoles a la gormanda, que elaboran con mano diestra, carnes firmes pero melosas, sabores estereofónicos de las hierbas…
Seguramente, uno de los must innegociables de la carta es la merluza de palangre rebozada con mahonesa. La supuesta simplicidad del plato le confiere todavía más valor a esta pieza de pescado de afinada cocción, con el preciso frito sobre la jugosidad, y, por cierto, la enorme mahonesa. No es fácil encontrar esta receta con tamaño nivel.

Otro de los grandes éxitos, y todo un símbolo de sabor catalán, es la butifarra con ‘seques’ (judías), y volvemos a lo simple propulsado a lo extraordinario. Una butifarra comme il faut, mimada en su tratamiento, y unas judías de alta cremosidad aliadas en un plato identitario.

El fricandó, otro clásico popular, puede ser la última partida antes de abordar los postres, que no son triviales: el soufflé (en realidad, esponja helada) de naranja para refrescar y la fantástica (y levísima) torrija, hecha con pan de verdad, no con el ya cansino brioche.

Salgo afuera; la tarde comienza a caer y, «atrapado por las luces de ciudad» que comienzan a brillar en el horizonte, paso junto al anexo Merbeyé y bajo de regreso a casa con la inquietante sensación de que, allí atrás, bajo las palmeras, sigue brillando un Cadillac solitario…
