Derecho a la idiotez

Pienso, luego cocino

Arthur Schopenhauer, en ‘El arte de tener siempre la razón’ dice que: «de cien hombres, apenas hallaremos uno solo que resulte digno de entablar una discusión. En lo que respecta a los otros, hay que dejar que digan lo que se les cruza por la cabeza, puesto que es un derecho del hombre ser idiota». Lo que no explica el autor es que el riesgo viene cuando la idiotez pasa del decir al actuar, y se convierte en decisiones que impactan al colectivo. Y es que el mundo de la difusión de las cocinas nacionales parece estar dominado por los 99 individuos del conteo, que a fuerza de gasto público o privado confirman el camino de la idiotez colectiva. El dinero privado no es materia de mi reflexión, porque cada quien aprovecha o desperdicia recursos como prefiera. Pero en lo gubernamental el problema es sociológico, porque los impuestos no debieran dirigirse a acciones falaces como la indiscriminada presencia en ferias internacionales como Fitur, de las que habría que recordar que más espectacular jamás será mejor.

 

Por otro lado, el otorgamiento a mansalva de certificaciones como los Pueblos Mágicos, que atrae a un turismo voraz que corrompe la estructura social y convierte a tranquilos poblados en mecas de la ebriedad, la mala comida y la folclorización es síntoma de la idiotez que promueve movimiento económico a costa de una prostitución social que genera más caos que beneficio. Como ejemplo, el pueblo serrano de Zacatlán, que en lugar de recuperar la diversidad de manzanas endémicas y la elaboración de sidra heredada hace más de cien años por migrantes asturianos, hoy es el paraíso de la mala cerveza y las montañas de basura. El expolio se repite cada fin de semana en detrimento del espacio público y la salud mental de los pobladores. Así en decenas de poblados más.

 

En definitiva, ser idiota es inofensivo, pero sistematizarlo como política pública es funesto. Su expresión radical la muestran los alcaldes de ciudades como Oaxaca o Mérida que han optado por gastar valiosos recursos en conseguir Récords Guinness. La tlayuda, la cochinita pibil, el taco, el tamal o cuanto plato de probada mexicanidad pretenda convertirse en el más grande del mundo es la explicitación de la idiotez a través de la espectacularización de una tradición como recurso turístico. Varias decenas de miles de euros invertidos para conseguir un irrelevante certificado otorgado por una asociación inglesa es síntoma de neocolonialismo, entreguismo y de amplia idiotez institucional. Lamentablemente, en México y en Latinoamérica se observa en esta práctica una forma para demostrar eficiencia en la promoción oficial de los valores gastronómicos nacionales. Vamos de mal a peor y de regreso.

 

La idiotez no es lo mismo que la estupidez, porque mientras que la primera puede comprenderse como el fracaso en la formación educativa, la segunda es una acción deliberada en pleno uso de conciencia y libertad. Más que idiota, lo aquí relatado parece estúpido, pero eso es algo que dejo a su intelectual criterio. Yo solo quiero dedicar mi vida a no convertirme en un idiota más como los tantos que abundan en la gastronomía y la política nacional. No quiero ser inteligente, solo no estropear el mundo con mi idiotez funcional.

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