Hace unos años esto se habría solventado con una batería de anuncios en revistas de estilo, una cata y quizá una fiesta de relumbrón. Probablemente en París, Nueva York, Londres o Milán, difícilmente en Bilbao. Que Dom Pérignon haya elegido el museo Guggenheim para celebrar Révélations —su gran encuentro internacional para prensa especializada—, con una performance de la actriz Tilda Swinton y el historiador de la moda Olivier Saillard como plato principal, dice mucho de cómo han cambiado las estrategias de comunicación en el sector del lujo. Y también de cómo ha cambiado Bilbao.
La pregunta es inevitable. ¿Qué hace una actriz de culto actuando en el atrio del Guggenheim para una marca de Champagne? La respuesta tiene que ver con el lenguaje que adoptan hoy las grandes firmas de lujo. Dom Pérignon ya no solo vende vino, también es un poderoso mecenas que construye a su alrededor todo un universo cultural.
Swinton ofrecerá el viernes y el sábado dos pases de una performance creada especialmente para la ocasión cuyas entradas se agotaron en cuestión de minutos. EL CORREO ha podido asistir al ensayo general y —sin entrar en los detalles de la acción— baste decir que utiliza el cuerpo de la actriz para reflexionar sobre la idea de lugar a través de las prendas que va vistiendo sucesivamente.
La actriz escocesa lleva años habitando un territorio singular entre cine, arte contemporáneo, moda y performance. Ha trabajado con artistas como Derek Jarman, Pedro Almodóvar o Luca Guadagnino, pero también ha desarrollado proyectos performativos en museos. Quizá el más conocido sea The Maybe (1995), donde permanecía durante horas durmiendo dentro de una vitrina. Aquello planteaba preguntas sobre la presencia física, la contemplación y el tiempo, asuntos que siguen apareciendo en House of Gestures, su pieza para Dom Pérignon.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el vino? Quizá más de lo que parece. Igual que un viñedo se expresa de forma distinta cada año, el cuerpo de Swinton cambia con cada prenda, revelando matices distintos sin perder su presencia reconocible.
La actriz acapara la atención, pero en esta historia hay otra figura clave: Olivier Saillard, uno de los grandes historiadores y comisarios de moda franceses, que dirigió el Palais Galliera parisino antes de que tomara las riendas Miren Arzalluz, primera directora no francesa de la institución. La coincidencia ayuda a entender por qué Bilbao aparece hoy en el radar de iniciativas culturales de este calibre. Ahora es Arzalluz quien recibe a Saillard para mostrar una pieza concebida específicamente para el Guggenheim Bilbao.

“Una cosecha excepcional”
Pero la performance es sólo una parte, quizá la más llamativa, de Révélations, el encuentro que Dom Pérignon organiza periódicamente para mostrar a un reducido grupo de periodistas y prescriptores el trabajo que se desarrolla detrás de sus futuras añadas. Esta sexta edición ha reunido en Bilbao a profesionales procedentes de los mercados más importantes para la maison: Japón, Corea, Francia, Italia, Estados Unidos y también algunos, muy pocos, de España.
El programa incluye una cena de gala en el atrio del Guggenheim, cocinada a cuatro manos por los chefs vizcaínos Eneko Atxa —también colaborador de la marca francesa— y Josean Alija, además de una insólita cata de pré-assemblages, vinos en fases muy tempranas de desarrollo que acabarán formando parte del coupage de Dom Pérignon.
“La última cosecha ha sido excepcional, con un buen equilibrio entre sol, lluvia y maduración, tan importante como 2003”. Si aquel año, cuando los productores de Champagne se dieron de bruces con los efectos del cambio climático, obligó a replantear muchas certezas, este 2025 representa “una vuelta a la singularidad de Champagne, que es el arte del ensamblaje”.
En la copa, dos vinos de perfiles muy distintos: uno destinado a aportar frescura y ligereza, procedente de una viña sacudida por el viento; el otro, llamado a construir la estructura de una añada que no saldrá al mercado, probablemente, hasta la década de los 30. La cata tuvo lugar en la galería Carreras Mugica, donde la experiencia se completó con una instalación, ideada por la poetisa Claudine Drai, Jacques Giraco, director ejecutivo de Dom Pérignon y el propio Chaperon, en torno a esa idea de lugar que atraviesa toda la jornada.
Ya en el Guggenheim, en una pequeña sala con proyecciones de la abadía de Hautvillers, se ofreció una copa de la añada 2018. La última en salir al mercado y la primera creada íntegramente por Chaperon, que aunque lleva dos décadas ligado a la firma, trabajó hasta 2019 a la sombra del histórico Richard Geoffroy. “Fue un momento muy importante para mí; por primera vez tomaba todas las decisiones y tuve mucha suerte porque fue un año de abundancia, que ha alumbrado un vino tierno y armónico”.
Desde entonces esa etiqueta que ahora ve la luz ocupa «un lugar en el alma», decía. Dom Pérignon se ha empeñado en hablar de lugares. Lugares que cambian su forma de expresarse sin dejar de ser ellos mismos. Como un viñedo. Como el cuerpo de Tilda Swinton. O como Bilbao.
