Tras la excepcional cata magistral ofrecida ayer por Josep Roca, sumiller de El Celler de Can Roca*** (Girona), como acto inaugural de la primera edición de Island Wines Summit, el congreso internacional del vino de islas afrontaba hoy su primera jornada completa en Tenerife. El congreso, organizado por Vocento Gastronomía, con el Cabildo de Tenerife y Turismo de Tenerife como promotores institucionales y la colaboración de Vinos de Tenerife, se ha inaugurado con la intervención del director de Vocento Gastronomía Benjamín Lana, quien en su discurso defendía que “la naturaleza no es un simple decorado, sino una maestra que obliga a aprender a mirar, escuchar y colaborar”, algo que conocen bien quienes trabajan en viñedos y bodegas. Para concluir reivindicando la singularidad, resumida en un rotundo “nuestras identidades, importan”.
Island Wines Summit 2026 ha abierto la reflexión sobre los vinos insulares con una digresión sobre la mineralidad, un término relativamente nuevo en el léxico vinícola, cada vez más presente en catas y descripciones pero difícil de acotar. Jamie Goode, periodista vinícola con base académica en biología vegetal y fundador de wineanorak.com, ha sido el encargado de intentar extraer la verdad de la evidencia científica de la mineralidad. Una tarea extremadamente complicada porque, como explicaba Goode, “entre los mismos profesionales del vino hay percepciones diferentes del término: para algunos es una sensación palatal, otros la vinculan al olfato, y para muchos es una combinación de ambas”.

Incluso, parafraseando a la científica especializada en percepción sensorial y enóloga Wendy Parr, el periodista ha planteado de dónde proviene la mineralidad: “¿está en la copa o en la experiencia sensorial del catador?”. La respuesta, como apuntaba el británico, no es única porque “la cata no es una ciencia exacta” y “la mineralidad es multifactorial, son muchos los factores que influyen en ella”. Como objeto sensorial, la mineralidad se puede observar en varios elementos: los compuestos volátiles del azufre, por ejemplo, tienen una gran capacidad aromática; la salinidad potencia la mineralidad; y la deficiencia de nutrientes del suelo también afecta a las levaduras y el resultado final del vino. Añadía también Jamie Goode, la importancia de ser consciente de que “la mineralidad puede desvanecerse debido a las decisiones de la viticultura. A baja intervención, más carácter mineral, y al contrario. Por ejemplo, si usas mucho roble se ensombrece la mineralidad”. Una discusión aún abierta ya que, como recordaba Goode, “hace 25 años nadie hablaba de mineralidad y ahora este término está por todas partes; y aunque el vínculo entre suelo y vino no es directo, porque la piedra no se disuelve, sí que sabemos que afecta al resultados del vino, la tierra afecta a la composición de la uva y a través de la fermentación al vino”.
Partiendo de su teoría sobre las armonías moleculares, y reforzando esa idea de que la mineralidad es compleja, François Chartier también ha abordado el tema de la mineralidad. Para el canadiense afincado en Barcelona no es una transposición real del suelo al vino sino “una percepción neurosensorial que evoca a través de varios estímulos una imagen mental de un lugar”. Con ello, Chartier afirmaba: “no quiero destruir el concepto de mineralidad. Estoy de acuerdo en que existe pero lo hace como percepción, interpretación. La mineralización puede medirse, la mineralidad se percibe. Con la mineralidad la ciencia y la emoción convergen”.

Y si, tal como ha demostrado Jamie Goode, encapsular el concepto de mineralidad resulta difícil tampoco es fácil hacerlo con la definición de vinos insulares. Lo afirmaba Pascaline Lepeltier, Master Sommelier y directora de bebidas en Chambers (Nueva York, EEUU), con quienes los congresistas han tenido la oportunidad de ver cómo se ha ido construyendo en los últimos 50 años el concepto vino de isla. Lepeltier reconocía el vino insular como “un concepto vinícola propio, una realidad geohistórica en la que se funde la idea de terruño, de influencia marítima y de una viticultura heróica”. Pero, al mismo tiempo, también reivindicaba “más singularidad a la hora de describirse porque resulta muy difícil englobarlos todos bajo una misma etiqueta”. La sumiller francesa afincada en Nueva York recordaba cómo la idea de vinos de islas empezó a formarse durante los años 80 del siglo pasado, pasando a conceptualizarse hacia los años 2.000 hasta ser en la actualidad “una categoría avalada e indiscutible”.
Lepeltier rememoraba el papel que las islas griegas tuvieron en la década de 1980 como pioneras en la recuperación de su tradición vinícola y la exportación de unos vinos ligados a una sensualidad y una manera de entender la vida muy propia. Un camino que siguió también Córcega con “la recuperación de viñedos y variedades propias”. Sicilia y las Islas Canarias fueron los siguientes territorios en expandir sus vinos insulares. El Etna se convierte en catalizador: “es el momento en el que empezamos a hablar de terruño, de vinos calcáreos, de vinos volcánicos…”. Enólogos y bodegueros entienden el valor de lo propio pero también son conocedores de los grandes vinos del mundo y “su apuesta es la de crear esos grandes vinos en sus islas”.
Actualmente, Portugal y Japón representan una nueva etapa de los vinos de islas y su exportación, vinos con un cuidado storytelling. “Actualmente, no hay problema en vender determinados vinos, a pesar de su precio, porque tienen detrás una historia”, asegura Pascaline, gran conocedora del mercado neoyorquino, “que es siempre un avance de lo que va a pasar mañana, con muchos expertos en vino dispuestos a seguirte si les ofreces algo diferente y que valga la pena”.
De isla en isla, del Mediterráneo al Atlántico
Partiendo de la base que el Mediterráneo “es el espacio de mayor condensación cultural del planeta en el que a pasear de la diversidad existe un nexo común, el gesto humano”, el sumiller y fundador de Ithaca Wines Bernat Voraviu ha ofrecido un recorrido por los vinos de las islas mediterráneas demostrando que “aunque hablan distintas lenguas, comparten una presencia identitaria común”. El gesto humano, su interpretación. Es por ello que el sumiller catalán para hablar de vinos mediterráneos no solo ha traído los ejemplares, sino también a las personas que los elaboran ya que “el terroir no es nada más que la interpretación humana del territorio”.

Le han acompañado sobre el escenario de Island Wines Summit Simone Sedilesu (fundador y enólogo en Cantina Vikevike, Barbagia, Cerdeña), Yiannis Kyriakidis (enólogo en Vouni Panayia Winery, Chipre), Aimilios Andrei (cofundador de Aôri Winery, Creta, Grecia) y Andrea Foti (enólogo y productor en I Vigneri,Etna, Sicilia).
Todos ellos exponentes de la nueva generación del vino de islas mediterráneas que han demostrado que el futuro del sector es brillante y comprometido con la producción de “vinos con menos densidad y en búsqueda de la finura que, a pesar de todas las diferencias, comparten los nuevos vinos mediterráneos”. Vinos con poca intervención; con inversión no tanto en maquinaria “sino en el conocimiento de las personas”, como destacaba Foti; o con producciones 100% orgánicas, como la de Kyriakidis; los vinos mediterráneos siguen dejando huella.
El tour por el Atlántico ha sido conducido por Paz Levinson, sumiller ejecutiva de Groupe Pic (París, Francia), con la ayuda de productores canarios y también del enólogo portugués Antônio Maçanita (Bodega Antônio Maçanita, Azores, Portugal). Como sumiller en un país con gran tradición vinícola que se está abriendo a vinos de otros territorios, Levinson ha querido destacar “la importancia del restaurante como una ventana abierta a nuevas propuestas. El restaurante puede ser escuela, puede ser inspirador y abrir mercado para esos vinos que se trabajan bien y cuentan cosas”. Algo que afirma se está realizando en Tenerife con productores como Jonatan García Lima (Suertes del Marqués) y Roberto Santana (Bodega Envínate), quienes cuidan la tradición usando el cordón trenzado, “un sistema (de conducción de la vid singular) muy nuestro” y también el viñedo y lo que aporta, “sus suelos volcánicos, la microbiota de su entorno”.

El encuentro también ha querido ofrecer una mirada más cercana a un tipo de vino de islas en particular, los vinos dulces. Para hacerlo se ha contado con la presencia del Master Sommelier y actual director de vinos del grupo Estelle (Londres), Matteo Montone. El sumiller italiano ha destacado durante su intervención que los vinos dulces insulares son tan especiales porque “combinan historia, singularidad geográfica y una enorme capacidad de envejecimiento”. Apoyaba su intervención Montone con una selección de vinos dulces de Tenerife, Cerdeña, Sicilia, Cefalonia y Santorini.
Una idea recurrente a lo largo de toda la jornada ha sido la singularidad de los viñedos insulares y cómo estos son trabajados, esa ‘viticultura heroica’ de las islas. Sobre ella ha versado la última mesa redonda del día en la que el Master of Wine Fernando Mora proponía “el reto de reconocer su valor”. A Mora, que está al frente también de Bodegas Frontonio (Aragón), le han acompañado los enólogos Antônio Maçanita (Bodega Antônio Maçanita, Azores, Portugal), Borja Pérez (La Guancha, Tenerife) y el sumiller Rodrigo González, del restaurante tinerfeño, Kensei.
Además de reconocer la agricultura insular, todos los ponentes coincidían también en destacar “la capacidad de envejecimiento de los vinos de islas, dando lugar a grandes vinos que pueden trascender en el tiempo”.
