Acaban de servir el café, los platos de postre aún descansan sobre el mantel y uno de los comensales se sirve el último culín de vino. Alguien se levanta discretamente y hace una seña al camarero mientras se palpa el bolsillo del pantalón. Otro lo ve por el rabillo del ojo y espeta: «¡¿A dónde crees que vas?!». «Al baño», trata de escurrir el bulto. Un tercero salta de la mesa, blandiendo la billetera.
Estalla entonces una trifulca en la que rápidamente el camarero es tomado como rehén. El primero en levantarse, ordena: «¡Cóbrame a mí!» El otro, insiste: «¡No, a mí!». Al tercero, habitual de la casa, le basta una mirada fulminante para hacer valer sus derechos: no piensa tolerar que ninguno de los otros dos se le adelante.El camarero, cuya preocupación hasta hace un minuto era levantar los postres de la mesa 5 y ofrecer café a la 2, se ve de pronto convertido en juez de un proceso sumarísimo por una reyerta entre amigos. Tiene que actuar rápido y con decisión. Cada uno tiene argumentos a favor y en contra. ¿Quién reservó la mesa? ¿Hay alguna celebración de por medio? ¿Quién pagó la última vez que vinieron juntos? ¿Quién ha pedido el vino más caro?
También cuentan los antecedentes: el cliente que siempre deja una buena propina, el que lleva veinte años viniendo, el que acaba de aparecer por primera vez. Hay indicios, atenuantes, agravantes y hasta testigos, aunque dudo que ninguno esté dispuesto a declarar.
Un veredicto errático amenaza con agriar el buen sabor de boca de la comida. Si el litigio se eterniza, el daño puede ser irreparable: el camarero se arriesga a perder la confianza de un cliente histórico. Al final, tras una deliberación que por fuerza ha de ser breve, dicta sentencia a favor de este último, que recibe la factura con una sonrisa de satisfacción. Los otros dos conceden a regañadientes; al fin y al cabo, están en sus dominios.
La escena no es sino un recuerdo lejano. La evoca este verano el mismo camarero, ya encanecido, mientras pasea el datáfono con resignación alrededor de una mesa de ocho.