Bares contra el silencio

El hueso de limón

Al antropólogo francés Marc Augé le hubiera encantado aquel «bares, qué lugares…» que cantaba Gabinete Caligari. La canción se estrenó en 1986, y solo unos años más tarde, él, reflexionando sobre los espacios de uso colectivo en las ciudades y modernas, lanzó el concepto de ‘no-lugar’, refiriéndose a aquellos sitios donde nos convertimos en transeúntes anónimos sin entidad ni recuerdo, incluso aunque alguien tome nota de nuestro carné o pasaporte. El aeropuerto, el metro, el hipermercado. Su opuesto, el lugar, es el espacio colectivo que incorpora las identidades y las vivencias de la comunidad. A veces es la plaza o la alameda donde hay jóvenes y viejos sentados en los bancos, algún quiosco o vendedores ambulantes, niñas y niños que corren. A veces es la frutería de la esquina, el casino, el club social, el centro cultural. E, indudablemente, los bares.

 

En las sociedades antiguas, las calles, las plazas, los puertos o los mercados al aire libre eran los escenarios preferentes de la socialización. Hace tiempo que los bares heredaron ese rol, sobre todo a partir de que las mujeres empezaron a acceder en igualdad de condiciones. En 2024, el congreso San Sebastián Gastronomika estrenó su Foro de Tabernas para hablar del presente y futuro de los bares. Bastó crear un ambiente informal y acogedor para que se convirtiera en el punto de encuentro extraoficial del congreso. Marc Augé dedicó un libro al bistró, equivalente francés del bar. En este ensayo concluye que la esencia del bistró es, precisamente, el componente humano: «A menudo, el bistró responde a una necesidad cada vez más urgente e inmediata de conexión». Insiste particularmente en la importancia de estos espacios para personas mayores o que viven solas: «El envejecimiento conlleva el riesgo de una vida cada vez más solitaria, y basta con frecuentar una brasserie parisina por la mañana para darse cuenta de que muchos acuden, sobre todo, en busca de un poco de compañía.»

 

Por el Foro de Tabernas pasó en 2025 Javier Rueda, joven y brillante profesor de la Universidad Complutense de Madrid pionero en España en el estudio de los bares como espacios sociales en el ámbito rural, tras publicar Utopías de barra de bar, un libro donde analiza los bares como espacios clave para la vida comunitaria y la lucha contra la despoblación. «El bar te brinda una sensación de protección y de pertenencia. para mucha gente sola, es el último lugar donde encuentran un gesto de humanidad y donde se lleva un mínimo control sobre si esa persona está bien o mal», explicaba Rueda en una entrevista en 7Caníbales.

 

En Utopías de barra de bar, explica la importancia de los bares como espacios de socialización en la España rural vaciada, no porque sean los lugares ideales, sino porque son abordables en entornos donde la falta de población dificulta acometer y mantener otros proyectos. Cita algunos ejemplos de pueblos que han logrado mantener vivo al menos un bar con diversas acciones; desde incentivos municipales como poner el alquiler gratuito y asumir gastos de luz y agua, a iniciativas vecinales para gestionar el bar entre todos.

 

El agravamiento de la soledad y la desarticulación social en los pueblos sin bar no es exclusivo de España. Este verano ha sido noticia la iniciativa de los vecinos del pueblo italiano Pietramontecorvino, en la provincia de Foggia (Apulia) de hacerse cargo de forma mancomunada de la gestión del Bar Caffè Bassile, abierto desde 1892 y cuyo último propietario se ha jubilado después de atender tras la barra durante medio siglo. La iniciativa, en la que ha terminado involucrándose el ayuntamiento, se ha bautizado ‘Nos vemos en el café’. Algo que pone de manifiesto la utilidad de estos espacios más allá del servicio de bebida y comida.

 

En Francia, la recuperación de los bares se está acometiendo como un objetivo social, planificado y adaptado a cada lugar, gracias a la acción de la asociación nacional 1.000 Cafés. Esta organización fue una de las iniciativas nacidas de las protestas de Chalecos Amarillos, que paralizaron el país en 2018 para protestar contra el olvido y el abandono de la Francia periférica. Desde 2019, 1.000 Cafés ha venido trabajando de manera participativa con el objetivo no solo de mantener los bares en pueblos de menos de 3.500 habitantes, sino de ampliar sus funcionalidades y servicios según las necesidades de cada población.

 

Así, la organización ayuda financieramente a reflotar, abrir o mantener los bares de los pueblos, pero antes, pregunta a los vecinos y vecinas cuáles son las necesidades añadidas que estos locales pueden cubrir: ¿Servicio de paquetería? ¿Imprenta? ¿Centro cultural? ¿Venta de comestibles? Los técnicos de la asociación se reúnen con los residentes, estudian conjuntamente las necesidades e investigan formas sostenibles de gestión. Para cuando el bar se abre, la comunidad ya ha empezado a unirse y fortalecerse. La iniciativa 1.000 cafés es en realidad un proyecto de innovación social, que convierte los bares en centros comunitarios y en viveros de iniciativas colectivas.

 

En España carecemos de la cultura de participación y organización que tiene Francia, un país donde las huelgas y protestas colectivas siguen siendo la peor pesadilla de los gobernantes. Pero, como decía Javier Rueda en la entrevista, en algún momento tiene que darse que la sociedad despierte; no solo la escasa, cansada y desanimada población resistente en pequeños núcleos rurales alejados de los centros de toma de decisiones, sino quienes aman la naturaleza, la cultura y la gastronomía, quienes gustan de consumir productos artesanos, quienes eligen el turismo rural o de aventura para sus vacaciones, quienes no se pierden las fiestas del pueblo de sus padres y siguen abriendo la casa familiar cada verano, quienes asisten con tristeza e impotencia a la quema anual de miles de hectáreas de campos y bosques, quienes fabrican y venden cerveza, vino y destilados a los bares, porque todos ellos son además productos que empiezan con un cultivo. Rehabilitar bares para convertirlos en sustitutos de lo que necesita una población para subsistir es un comienzo; una acción barata, accesible y potencialmente mucho más poderosa de lo que parece, pero los pueblos requieren mucho más para mantenerse, ¿Dónde están las inversiones, dónde las instituciones, dónde quienes debemos exigir y establecer las prioridades?