Lo han conseguido. Hace unos días The New York Times advertía a sus lectores que nuestra arraigada costumbre de cenar a las tantas está tocando a su fin. Primero fue la pandemia con sus toques de queda, la influencia del turismo, los hábitos de vida saludables o, quién sabe, una confabulación judeomasónica. El caso es que el irredento españolito ha claudicado y cena hoy bastante antes que sus padres.
El diario neoyorquino recaba el testimonio de un cliente autóctono que atiende por el simpático nombre de Mr. Terrazas –tiene bemoles–: cuenta que al principio se le hacía raro sentarse a la mesa a las nueve, pero que ya se va acostumbrando. También recoge datos de las plataformas de reservas, que aseguran que las citas a las ocho se han triplicado desde 2019, mientras caen con fuerza las de las diez. Algunos lo verán como una derrota, una concesión infamante, un paso más en la abolición definitiva de aquella vieja máxima del «Spain is different».
Tengo amigos que todavía se indignan cuando, al otro lado del teléfono, la camarera les contesta que no, que de ninguna de las maneras puede reservarles una mesa para las once de la noche. ¡Adónde vamos a llegar! Sus inamovibles costumbres sociales incluyen una larga ronda por los bares de la plaza «para hacer hambre» –en la que caen tres o cuatro vinos con sus correspondientes pintxos– antes de plantearse siquiera tomar asiento.
A menos cuarto, y a pesar de las protestas de una facción cada vez más nutrida, el líder de la resistencia se empeña en tomar la última. Para disgusto del restaurante, que hace tiempo que ha despachado a la primera tanda de clientes y tiene a camareros y cocineros mano sobre mano, esperando a que se digne a aparecer por la puerta la alegre comitiva.
Últimamente están en minoría, en eso tiene razón The New York Times, y he de confesar que cada día estoy más tentado de pasarme al otro bando. Normalmente protestaría encarecidamente contra cualquier signo de homogeneización cultural importado de los yanquis. Será que me hago mayor. Me niego a pasar la noche toreando en sueños al morlaco cuyo rabo me sirvieron para cenar pasada la medianoche.