Las cepas centenarias de País que respiran el mar de Chile

En las laderas costeras de Navidad perduran viñedos centenarios que antaño daban chicha y destilados. Tres proyectos vitivinícolas los transforman respetando la huella de la cultura campesina que los mantuvo vivos

Mariana Martínez

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Sebastián Labbé conoció a María Huerta cuando la acercó a su destino por un camino de Matanzas, en la costa central de Chile. Durante el trayecto, ella le contó que su familia tenía un viñedo de cepa país. Labbé, enólogo de una viña tradicional del Maipo y residente en la zona desde pandemia, llevaba tiempo buscando el contacto con esas parras antiguas que veía entre las localidades cercanas de Navidad y Pupuya. Así llegó a la Loma de la Palmilla, una parcela de unas 0,62 hectáreas que María conserva junto a sus hermanos Rosa y Fidel. Según la memoria familiar, el viñedo ya existía en tiempos de su bisabuelo y tendría más de 150 años.

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Paisaje de mar y tierra en la costa de Matanzas.

El encuentro resume la historia de los primeros vinos de país, o listán prieto, que nacen alrededor del balneario de Matanzas. Sin estudios de suelos y clima ni planes de negocios, surgieron sin que sus creadores supieran unos de otros. Como nuevos habitantes atraídos por los deportes de olas y viento, descubrieron que, entre lomajes, quebradas y farellones, las familias locales seguían cuidando pequeños viñedos de secano al margen de la modernización del vino chileno.

 

La fruta de estos viñedos centenarios aún se destina sobre todo a chicha, una bebida dulce, perecible y de venta informal, o a destilados para consumo familiar. Hoy, País de Mar, Missile y REM intentan darle otro destino, con mayor valor cualitativo y comercial. Estas son sus historias.

 

País de Mar

 

País de Mar nació en 2017 de la mano de los Recolectores del Secano Costero. Sebastián Labbé lo creó junto a sus amigos y vecinos José Francisco Sánchez y Andrés Tovar. El acuerdo con la familia Huerta fue comprar solo parte de la cosecha, habitualmente unos 1.500 kilos, y acompañarlos para que también pudiera transformar el resto en vino. País de Mar paga alrededor de 800 pesos por kilo. Para el enólogo, ese precio es parte del rescate: si la uva no genera ingresos, el viñedo queda expuesto al abandono o al arranque.

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Sebastián Labbe en la bodega Recolectores del Secano junto a sus socios y a sus hijos.

El proyecto tampoco quiso corregir el paisaje para que pareciera una viña moderna. «No tenía ningún sentido empezar a cambiar la manera en que trabajaba antiguamente la gente. Si vamos a hacer un rescate, no vamos a llegar a imponer otro sistema de conducción», dice. Las plantas siguen en secano, con su densidad y forma campesina. La familia participa en la poda y la cosecha.

 

El vino se elabora en una bodega propia en Chorrillo, a unos 800 metros del océano, con cubas de acero y tinajas españolas. Son cerca de mil botellas por vendimia. Fermenta con levaduras nativas, sin clarificación ni filtrado, recibe poco sulfuroso. La experiencia de varios años ha servido para aprender a manejar riesgos microbiológicos y conseguir mayor consistencia entre botellas. «Lo importante era que naciera de acá: elaborado acá, embotellado acá y vendido desde aquí», resume Labbé. El pack (muy elegante) de tres botellas cuesta 45.000 pesos y se vende en el hotel Surazo, donde Tovar es socio y chef, también por venta directa. Desde el año pasado sumaron una pequeña versión de un Rosado de Mar. «Mi idea con los viejos que he conocido es decirles: ‘¿Por qué hacen chicha? Hagan vino, que es un producto más estable, tiene más historia y lo pueden tomar el año entero’».

 

Missile

 

José María Gabilondo también llegó a las parras centenarias por una señal en el camino. Estudió enología en Italia y trabajó en el rubro hasta que levantó una pizzería en Santiago. Llegó a Matanzas por su mujer, se instaló y volvió al pan. Un día de abril decidió salirse de la ruta cotidiana de su casa al mar y encontró una loma cargada de uvas. «Hay algunos de los viñedos más lindos que he visto en mi vida: unas lomas, unas casas, unos bosques y estas parras gordas, antiguas», recuerda.

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Cepa centenaria de uva País en Matanzas.

Tras una cadena de conversaciones llegó al propietario, compró la uva y elaboró Missile con antiguos compañeros de universidad como interlocutores a distancia. La primera cosecha fue 2020; hizo una base para espumante en 2021 y volvió a embotellar en 2024. Missile 2020, cosechado hacia el 20 de abril, conserva una acidez capaz de integrar sus 13,5 grados de alcohol. Tras seis años en botella, es un país pulido, fresco y elegante. Se vende exclusivamente en la Pulpería Santa Elvira, en Santiago. «Ha sido el sueño del pibe: hacer algo que me gusta, tener reconocimiento de mis pares, trabajar con algo patrimonial y que se venda en uno de mis restaurantes preferidos del mundo», dice. Y lo resume así: «Este vino super ligero, super delicado, tiene la profundidad de unas parras de cien y tantos años».

 

Gabilondo también mira lo que se va perdiendo. «Acá los viejos fermentan en cuero de vaca. He tomado vinos sacándole el tapón del poto a la vaca. Todos tienen su alambique de cobre», cuenta. Pero cada vez quedan menos personas que sepan podar, cuidar o fermentar. Las parras pueden sobrevivir al secano; no necesariamente a la falta de relevo.

 

REM

 

Ricardo Parot llegó a Matanzas hace más de veinte años y vive allí desde hace ocho. Cuando comenzó a desarrollar la Reserva El Maitén, en 2018, pensó en un parque abierto para toda la familia, al que se accede por el pago de una entrada, con senderos de trekking, circuitos de mountain bike, conservación del gran bosque nativo y protección del acuífero que allí nace. El proyecto suma 270 hectáreas y 80% permanece bajo conservación.

 

En ese levantamiento aparecieron los restos de una antigua bodega y parras que los vecinos atribuyen a más de cien años. Estaban en una zona de media ladera, en parte protegidas antiguamente de las fiscalizaciones a la producción de chicha. El rescate junto al agrónomo Abel Valdés comenzó en 2019: despejar, levantar, identificar y multiplicar. La primera cosecha llegó en 2023. La producción pasó de 500 a 2.000 kilos, cifra que Parot decidió no superar para mantener el proyecto manejable. «Cero productos químicos; usamos palos de acacia. Hacemos todo lo más natural posible». El objetivo es conservar «la esencia de un vino de campo, de un vino natural».

 

Los estilos han sido móviles. Hay un rosado cien por ciento país; Reserva Especial y Gozadora trabajan mezclas con vinos de colaboradores; Bosque Sendero busca una expresión ligada al parque, y la vendimia tardía de 2026 abrió un ensayo de vino fortificado. Las botellas se venden principalmente en la misma reserva y en restaurantes vinculados al proyecto, entre 8.000 y 12.000 pesos chilenos.

 

REM busca conservar una viña como parte de una experiencia turística con contenido. El vino lleva al visitante desde la playa hacia el bosque, pasando por el precioso Museo de Campo construido a su lado. Allí está su mayor valor, dice Parot: «hacer visible que Matanzas no comenzó con el turismo».

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Viñedo de uva país protegido con un vallado y un cartel que pide a los caminantes que no cojan uvas.

La enóloga Ana Salomó conoció a Parot como asesora senior de negocios, rol desde el cual busca emprendimientos con impacto local. Desde el año pasado es su asesora también para sus vinos. Salomó propone leer las viejas parras del sector como parte de una ruta desde Peralillo y La Estrella, en el interior de Colchagua, hasta la costa de Navidad. En La Estrella, a 45 kilómetros de Navidad, la presencia agustina, cuenta, está documentada desde el siglo XVII. Salomó conecta ese legado con los viñedos antiguos entre quebradas, bosques y laderas.

 

El interés enológico, explica, está en la condición costera. La maduración es lenta, la presión sanitaria baja y la acidez se sostiene incluso en vendimias tardías. «Es un paraíso en la viticultura, porque no se tiene que hacer nada; ni siquiera aplicar azufre». El país de Matanzas, dice, abre otra lectura: atlántica en su carácter, aunque nacida frente al Pacífico; más filosa, fragante y liviana.

 

Su innovación para REM con la cosecha 2026 fue un vino fortificado. «Pensamos cada año en diferentes estilos, porque los vinos se venden en los restaurantes de Parot (La Lobera y el hotel Mar Blanco), y en un fortificado, porque para hacerlo se necesita un destilado de vino, y lo teníamos; es parte, junto con la chicha, de la cultura local».

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Racimo de uva país silvestre, recolectada tardíamente para elaborar vino fortificado.

Salomó busca reunir vino, senderos, arte, gastronomía y memoria campesina en una ruta turística internacional basada en patrimonio y actividades inmersivas. Antes, eso sí, sabe que hace falta identificar propietarios, georreferenciar las plantas, declarar cosechas y formalizar productores. “Nadie sabe con certeza la superficie existente: no son paños regulares, sino parras en copa, hileras sueltas y pequeños claros mezclados con otros cultivos, incluso vides salvajes subiendo a los árboles.

 

País de Mar, Missile y REM no forman una asociación, al menos todavía. Los une una escala pequeña y la voluntad de pagar un precio más que justo por una fruta de escaso valor comercial. También el territorio, aunque no tienen D.O. propia y la ley vigente no permite nombrar su valle, Colchagua, junto a la cepa país en la etiqueta.
Sebastián Labbé llama a la país «la guerrera» y recuerda que fue la primera vid para el vino de misa traída desde España a América. Su desafío en Matanzas consiste en traducir la resistencia de sus parras en valor para sus propietarios, los mismos que conservan una vista única al campo-mar.

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