Olga Barbosa lleva casi dos décadas intentando demostrar que proteger la naturaleza y ser productivo en un territorio es posible desde uno de los sectores más representativos del Chile actual. Bióloga y doctora en Ecología por la Pontificia Universidad Católica de Chile, dirige el recién creado Centro de Investigación para la Sustentabilidad de la Universidad Andrés Bello (CIS-UNAB). Además, es directora alterna del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), centro de investigación financiado por el Estado y que reúne a investigadores de distintas instituciones. Aquí, fue donde creó ya en 2008 el Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad.
Su trabajo ha permitido incorporar prácticas de conservación al Código de Sustentabilidad de la industria vitivinícola de Chile y demostrar que la biodiversidad puede ser herramienta de adaptación y argumento de diferenciación.

En su historia también hay una conexión íntima con el vino. Es nieta de Ruy Barbosa Popolizio (1919-2014), figura fundacional de la enología chilena. Si bien evitó usar el vínculo como carta de presentación, fue desde la ecología donde se preguntó cómo producir sin separar la vid y el vino chileno de los ecosistemas que los rodean. Conversamos con ella por Zoom el mismo día que recibía invitación en nombre del Institute of Masters of Wine, a ser ponente en el Simposio Adelaida 2027. Olga, con su característica melena corta se conectaba desde Valdivia, donde reside hace 16 años.
—A menudo se presenta la conservación como antítesis del desarrollo. ¿Por qué, cómo, consideras que sí pueden convivir?
—Es una simplificación presentar desarrollo y conservación como una balanza con solo dos lados. Si fueran dos problemas, sería fácil resolverlos; confluyen variables ecológicas, productivas y sociales… No soy inocente; entiendo que no son ONG de conservación, y está bien que no lo sean… Te pongo un ejemplo, una empresa necesitó ampliar su superficie y nos preguntó qué parte del campo era ‘menos mala’ para intervenir. Eso es lo que espero: que juntos identifiquemos el menor impacto posible. No se trata de detener el desarrollo, sino de hacerlo más inteligente y consciente del contexto. En el fondo, ningún ecologista vive de la nada, ni todas las empresas agrícolas buscan únicamente el beneficio.
—Acabas de asumir la dirección del CIS-UNAB. ¿Qué quieres construir desde allí?
—Me interesa avanzar hacia la transdisciplina y abordar lo que se conoce como wicked problems (problemas embrujados) porque no tienen una solución única. No basta con sentar a una bióloga y a un ingeniero en la misma mesa; tienen que fundirse esos conocimientos y también participar personas de fuera de la academia. Son problemas en los que existen perspectivas contrapuestas y justamente por eso pueden generar respuestas realmente innovadoras. Nuestro enfoque es socioecológico y tecnológico. Si queremos que la agricultura use soluciones basadas en la naturaleza, no podemos olvidar la infraestructura… Un humedal puede ayudar a mitigar las inundaciones, pero debe articularse con un sistema de drenaje. La combinación permite desarrollar respuestas complementarias y más eficientes.

—¿Cómo te recibió la industria cuando comenzaste a trabajar con las viñas en 2008 como parte del Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad?
—Llegué a tocar puertas en Colchagua con una carpeta bajo el brazo. Nunca fui diciendo que era la nieta de Ruy Barbosa; me daba pudor y, además, yo venía a plantear algo que parecía lo contrario precisamente a la modernización de la industria del vino, algo en lo que él trabajó. Me decían: “¿Pero por qué vienes tú, profesora de biología?”. Y yo, imagínate, iba a decirles «tenemos un presupuesto de 80 millones de pesos anuales para hacer experimentos con ustedes». Hoy, si una científica llega con la misma propuesta, al menos le dirán: “Qué interesante, veamos cómo hacerlo”. Ese cambio cultural es súper importante.
—¿Qué resultados concretos podemos ver hoy casi 20 años después?
—Considero un gran logro que en 2018 Vinos de Chile, la mayor asociación de viñas del país, adoptara nuestro programa de conservación y que hoy forme parte de su Código de Sustentabilidad. Allí aparecen ahora prácticas a seguir como identificar áreas de alto valor ecológico, conservar vegetación e instalar islas de plantas nativas dentro de los viñedos… No todas las viñas pueden hacer un área de conservación, cierto, pero sí pueden poner pequeños núcleos dispersos que generan hábitat para insectos y aves, ayudan a afirmar el suelo, disminuyen erosión y mejoran purificación del agua. También hicimos experimentos con cajas nido y vimos que llegan aves, las habitan y comienzan a alimentarse en el mismo viñedo. Probamos coberturas de suelo nativas y vimos que consumían menos agua que las habituales. Son resultados científicos y al mismo tiempo responden a una necesidad productiva.
—Uno de los hallazgos más relevantes ha sido el llamado terroir microbiológico. ¿Qué demostraron?
—Desde 2018, cuando publicamos el primer paper, pudimos demostrar que el 80% de los hongos y bacterias que están en el viñedo, sobre las hojas y la vid, se comparten con el bosque alrededor. Esos datos son de nueve viñas a lo largo del valle de Colchagua. A medida que aumenta la distancia geográfica entre ellas, también aumenta la diferenciación de esas comunidades. ¡Eso es terroir!. Ahora trabajamos en una metodología que permita saber qué microorganismos entran a la bodega… No se trata de hacer todo el vino natural, ni de asumir riesgos a ciegas, sino de disminuir la incertidumbre y aprovechar una señal propia del lugar.
—Tu apuesta en el próximo seminario “Más allá del Terroir” el próximo 8 de septiembre, es que esa biodiversidad ¿podría convertirse en un valor comercial?
—Totalmente. Nunca hemos logrado llegar a la estrategia comercial, que sea the message de la gente que vende… El seminario busca que Chile deje de ser solo el bueno, bonito o barato… Estamos compitiendo con demasiados. El vino es la cara de Chile: puede poner en valor no solo la botella, sino el paisaje, su patrimonio y la biodiversidad del país. También, cada vez más importante, debemos evitar que la biodiversidad signifique un animal dibujado en una etiqueta. Ojalá la imagen de una viña coincida con su manejo, con especies que realmente existen en su campo y con un conocimiento de lo que se está protegiendo.
—Conservar podría parecer un lujo solo de viñas grandes, de grandes presupuestos…
—Hacer conservación es mucho más barato de lo que se piensa y el beneficio es muy alto. Una isla de vegetación nativa requiere poca agua; muchas viñas ya tienen sus viveros y producen sus propias plantas. Una percha para aves rapaces puede ser apenas un poste bien instalado. Lo costoso puede ser un inventario completo o la investigación genómica. Las viñas pequeñas, además, si trabajan contigo es porque realmente quieren hacerlo, no porque busquen la certificación. Y pueden experimentar a una escala que para una gran compañía resulta mucho más difícil.
—Frente al cambio climático, bajo tu mirada: ¿Chile debe expandirse hacia el sur, donde hay más agua, o adaptar sus viñedos?
—Hay que hacer las dos cosas: adaptación y expansión, pero de una manera diferente. Hemos trabajado en Chile con viñedos del sur, entre La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos y allí las levaduras, la vegetación y la historia de los suelos son distintas. Muchos terrenos fueron ganaderos y pueden tener otra riqueza. Es una oportunidad para hacerlo bien desde el comienzo. Al mismo tiempo, hacia el centro, hay que revalorizar conocimientos que ya existen. La adaptación debe hacerse sin repetir un modelo de expansión intensivo… Creo que ese pequeño agricultor que no riega va a ser el que va a estar mejor, porque esas plantas han estado constantemente adaptándose y, además, saben cómo no desesperar y saben leerlo. Ese conocimiento también es patrimonio.

—Tu abuelo fue el primer chileno que viajó a Europa a estudiar enología y tiene el registro número 1 entre los enólogos – agrónomos de Chile. ¿Qué parte de su legado reconoces hoy en ti?
—De niña, para mí era simplemente mi abuelo. Nos llevaba por su campo en Melipilla, me enseñó a mover animales, a abrir y cerrar cercos sin bajarme del caballo. Cuando me gradué de Biología me regaló el microscopio de Carlos Porter, uno de los primeros naturalistas de Chile. Ahí sentí por primera vez lo importante que era mi trabajo para él. Mucho después, durante una reunión de la Cofradía del Mérito Vitivinícola, en su casa, me presentó diciendo: ‘Ella es mi nieta, es una muy buena científica y está trabajando para preservar la biodiversidad en nuestros viñedos’. Para mí esas palabras ante sus pares fueron muy emocionantes.
—¿Qué te hubiera gustado preguntarle?
—Me habría gustado saber qué vio cuando decidió impulsar la preparación científica de los enólogos chilenos. Al leer sus memorias, y que ahora vamos a publicar, descubrí que era mucho más rebelde de lo que yo pensaba. Y que enfrentó peleas muy parecidas a las que tenemos hoy dentro de la academia. También heredé el goce de lo sencillo y de lo bien hecho, no de lo caro: en un vino, en un campo, en un libro o en una tesis… y que eso sea suficiente.
