Viña López Pangue: el Maipo que mira hacia Casablanca

A 700 metros de altitud y cerca del océano, López Pangue construye su identidad de vino chileno: uvas propias, vinos elaborados en el lugar y una experiencia en la frontera de dos valles

Mariana Martínez

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En el Valle El Pangue, comuna de Curacaví, el mismo día en que las catastróficas lluvias de julio comenzaron a atravesar la zona centro-norte de Chile, subimos hasta el mirador más alto de López Pangue. El camino avanza entre cerros, bosque nativo y pendientes, hasta llegar a una cumbre situada a cerca de mil metros sobre el nivel del mar. Allí, un imponente cartel marca un límite que ayuda a entender que López Pangue, aunque vinculada al Maipo, está mucho más cerca de Casablanca. Una posición poco habitual, que explica el carácter de sus vinos.

El viñedo está alrededor de 650 metros de altitud y a 40 kilómetros del océano. Combina condiciones continentales y en menor medida costeras, distintas exposiciones y un clima suficientemente frío como para que, aproximadamente cada seis años, la propiedad pueda cubrirse de nieve.

 

“Creemos que es de verdad un microclima”, afirma Félix López, fundador del proyecto. “La cercanía al mar y la altura no se dan en toda la zona vinífera de Chile”.

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Félix López, el fundador de Viña López Pangue.

En López Pangue, los excepcionales 315 milímetros de lluvia que cayeron durante los días siguientes a mi visita, determinarán directamente el agua disponible durante la temporada. El campo cuenta con diez pozos subterráneos, de caudales pequeños y variables, y un tranque acumulador que permite resistir entre dos y tres meses, especialmente hacia febrero, marzo y abril, cuando los pozos disminuyen su rendimiento y todavía queda fruta en las plantas.

 

Antón López, hijo de Félix y hoy a cargo del día a día del proyecto, recuerda temporadas recientes con 690 y 480 milímetros de precipitaciones anuales. El extremo opuesto fue 2019, cuando apenas cayeron 67. “Los pozos de los vecinos en Casablanca dependen de las napas subterráneas”, explica. “Acá, esto es una taza de piedra: lo que hay es lo que llovió, y si no llovió, no hay agua”. Por eso, en sus 28 hectáreas plantadas sobre laderas de las más diversas exposiciones, el desafío es conservar el agua y administrar hasta que el último grano entre a la bodega. Desarrollar viñedos sin nada de riego, en secano, ya es parte del manejo.

El viñedo pelado en invierno contrasta con los naranjos de hoja perenne.
El viñedo pelado en invierno contrasta con los naranjos de hoja perenne.

Durante cerca de diez años, la familia López vendió sus uvas y reservó pequeñas cantidades para realizar pruebas en bodegas de amigos en Casablanca. “Juntábamos unas 500 botellitas cada año”, recuerda Félix. Yo también los recuerdo: eran vinos potentes, de uvas extremadamente maduras, como era la moda entonces.
El vino, eso sí, estaba presente mucho antes en la historia familiar. El abuelo de Félix nació en Soria y su madre procedía de La Rioja. La familia tuvo en Valparaíso, donde ambos habían llegado de niños, una vinícola dedicada a los vinos populares que llegaban desde Cauquenes e Itata. Félix recuerda que allí se comercializaban en chuicos y garrafas; de chico visitaba el lugar durante el verano.

 

El paso definitivo se produjo cuando su hijo Antón terminó sus estudios de Economía y aceptó incorporarse al proyecto. Había desarrollado una tesis sobre pequeñas viñas. Félix le había planteado que, si estaba dispuesto a trabajar con él, construirían la bodega; de lo contrario, el proyecto seguiría limitado a vender uvas.

 

La bodega comenzó a operar hace poco más de tres años. La enología que está a cargo es Paula Cárdenas y Pedro Izquierdo asesora el trabajo vitícola. Acero inoxidable, barricas francesas, cemento y greda se utilizan para trabajar pequeñas partidas, procurando no ocultar la expresión de la fruta.

 

Antón López
Antón López, actual responsable de la bodega e hijo de Félix.

El lema de López Pangue, desde que comenzó a embotellar sus propias uvas, es “Vino de acá”. La frase, simple y directa, resume la decisión de no comprar uvas fuera del predio y de elaborar todo el vino junto al viñedo. La idea alcanza también a la bodega. Parte del barro retirado durante las excavaciones fue incorporado a los muros, junto con piedras provenientes del mismo campo, donde todavía quedan vestigios de antiguas faenas auríferas.

 

Antes que las únicas que se ven en este apartado valle de altura, aquí se plantaron naranjos orgánicos. Félix los plantó con su hermana y hoy rodean la propiedad familiar. Los manejos libres de productos químicos se extienden también a los demás cultivos. Sus naranjas acompañan la visita a la bodega: aparecen como una rodaja en el agua de bienvenida, convertidas en mermelada junto a quesos de cabra de una productora cercana o servidas como postre con miel y nueces del predio.

La enóloga de la bodega, Paula Cárdenas.
La enóloga de la bodega, Paula Cárdenas.

López Pangue también produce su propio aceite de oliva. Félix encontró los árboles mientras recorría los cerros a caballo y los trasladó hasta la entrada del campo para tenerlos más cerca.

 

Así, “Vino de acá” incluye las uvas y los vinos, también el barro, las piedras, los naranjos, los olivos, la miel, las nueces y la relación con emprendimientos vecinos.

 

Paula Cárdenas nos cuenta en la acogedora bóveda subterránea con vista al tranque, que el proyecto nació con la intención de producir solo mezclas tintas, pero el excelente comportamiento de las variedades por separado los llevó recientemente a embotellar también pequeñas partidas varietales.

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Algunos de los vinos de la bodega. Foto Mariana Martínez.

“Nos fuimos dando cuenta de que los vinos varietales eran súper interesantes por el clima”, explica Paula. “El carmenere de acá es muy distinto, y también el durif o petite sirah y el malbec. Entonces decidimos continuar con las mezclas, pero sacar además algunos varietales”.

 

La acidez, ahora que se respeta la madurez justa de cada cepa, es uno de los elementos comunes en todos los vinos tintos de la casa. Incluso en los de mayor concentración aparece una fruta viva y una tensión que remiten más a una zona fresca que a la imagen clásica de Maipo.

 

El carmenere muestra bien esa condición fronteriza. Madura tarde y, en temporadas demasiado frías, existe el riesgo de que no alcance madurez suficiente. Cuando logra completar el ciclo, el resultado es un carmenere de fruta negra, especias y pimienta, más jugoso y fresco que muchas expresiones tradicionales de la variedad.
A las mezclas de siempre, en las que conviven cabernet sauvignon, cabernet franc, syrah y carmenere, López Pangue ya ha sumado un fresco rosé de malbec y pronto lanzará un nuevo petite sirah al que le sobra exuberancia. Entre todas las variedades, el verdejo, la única blanca de la bodega, guarda la historia más particular.

 

Félix nos cuenta que quería recuperar el semillón que recordaba de la antigua vinícola de su abuelo. Encargó las plantas a Emilio, un primo mayor que trabajaba con la familia, y durante años creyó que eso era lo que habían plantado. La duda surgió cuando su asesor vitícola observó que las hojas no correspondían a semillón. El material fue analizado y resultó ser verdejo. Para entonces, quien había comprado las plantas ya no recordaba su procedencia. La equivocación terminó convertida en oportunidad.

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La sala de cata de López Pangue.

Paula fermenta el verdejo en acero inoxidable y luego lo lleva a huevos de cemento. Una pequeña proporción pasa por barrica usada, dice, “para que sea como la pimienta blanca en la cocina: debe aportar textura, pero no hacerse evidente”.

 

La gran recepción de esta variedad, de la cual hay apenas unas siete hectáreas en todo Chile, impulsó acá nuevos injertos, una plantación en secano y la compra de una prensa para obtener mejores rendimientos. Antón atribuye su éxito a que es un blanco fresco, pero sin una acidez filosa —porque este no es un clima frío— y, al mismo tiempo, de boca amplia.

 

La experiencia como visitante en López Pangue comienza en un día de invierno, con la chimenea encendida y, al lado, las ollas humeando en la cocina abierta. No existe una separación rígida entre bodega, comedor y casa.

 

Sebastián Romero, quien nos condujo en buggy al límite de ambos valles, está a cargo del turismo, aunque la escala del proyecto permite que los propietarios y el equipo sigan presentes. Félix y Antón conversan con los visitantes, Paula aparece desde la bodega por una puerta de vidrio y la mesa se llena de productos propios y locales. El almuerzo se cierra con un licor de guindas elaborado acá, por supuesto.

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Somosdeaca aceite de oliva virgen extra, quesos de cabra y mermelada naranja.

“Vino de acá” es la explicación en tres palabras de este proyecto que, aunque recién está en pañales, ya ha logrado diferenciarse con vinos que no se parecen a otros: ni a los de allá, dentro del mismo Maipo, ni tampoco a los de más acá, en Casablanca.

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