Mi hermano y su familia, habitantes del Valle del Tiétar, están entre las más de 120.000 personas desalojadas como consecuencia del incendio de Burgohondo, considerado el más grande (ojalá que ninguno lo supere) de la historia de España. El sábado 25 de julio obedecieron la orden de evacuación, tras pasar tres días contemplando con angustia el avance imparable del fuego hacia su pueblo. Algo parecido a cuando, en la antigüedad, el vigía de un castillo sitiado constataba con impotencia la multiplicación de las tropas enemigas. Igual que entonces, nadie acudió en su auxilio. Había demasiados frentes abiertos. Los bomberos de la zona, insuficientes y desprovistos de medios incluso para hacer frente a incendios mucho menos importantes, se multiplicaban para parchear las situaciones más críticas y salvar vidas humanas. Apenas llegaron a ver en algún momento una avioneta y un par de helicópteros. Se retiraron porque el incendio fue declarado «fuera de la capacidad de extinción».
Mi hermano, su familia y otras personas del pueblo, tuvieron la suerte de poder refugiarse en Madrid. Pese a estar acogidos en casas de familiares o amigos, pasaban los días en el Parque del Retiro con la gente del suyo y de otros pueblos vecinos, siguiendo las noticias y distintos chats locales, y sufriendo también por la suerte de quienes habían decidido quedarse y por la de aquellas familias que se habían visto obligadas a usar los refugios de emergencia. Muchos de esos pueblos se mantienen vivos gracias a la llegada de gente de fuera. Urbanitas, emigrantes.
Cuando relataba lo que estaban viviendo, mi hermano hablaba con el ritmo acelerado de quien está en alerta. Explicaba que no sabía cuándo podrían volver, ni qué se encontrarían, ni si su casa habría ardido, y en caso de que no, si estaría habitable, si se podría respirar el aire, si tendrían agua, si habrían de enfrentarse a la podredumbre de la nevera tras el corte del suministro de luz. Sin embargo, el momento en el que se quebró fue cuando mencionó la posible destrucción del Castañar del Tiemblo, bosque milenario en la reserva natural del Valle de Iruelas, y de El Aprisquillo, un gigantesco y majestuoso ejemplar de pino en el término municipal de La Adrada. De hecho, cuando el chat del Ayuntamiento comunicó a los vecinos que El Aprisquillo había logrado sobrevivir al ímpetu del fuego, la imagen del árbol voló de móvil en móvil convertida en símbolo de resistencia para toda la comunidad.
Me conmovió y me sorprendió que la pérdida de aquellos parajes supusiera un impacto emocional mayor que las consecuencias económicas u operativas de la catástrofe. Justo cuando pensaba en ello, mágicamente, tropecé en Instagram con la entrevista radiofónica a un peón forestal que decía: «El terreno nos sustenta a todos (…). No tendría el menor problema en perder mi casa si a cambio salvo todo el entorno que me rodea (…) El paisaje es fundamental para construir una identidad. Si perdemos los paisajes, evidentemente estamos perdiendo parte de nuestro ser».
El paisaje no es un ente autónomo. Casi todos los paisajes que nos envuelven, nos rodean y nos dan amplitud de mirada, son fruto de la interacción entre la naturaleza y las comunidades que los habitan o los han habitado. Incluso los que nos resultan inalcanzables, se ven afectados por nuestras acciones. Desde el remoto glaciar hasta el bosque primigenio sufren los efectos del calentamiento global. Todo lo que alcanzan a contemplar los ojos humanos ha sido en mayor o menor medida afectado por nuestro devenir a lo largo de millones de años. En 2008, el Convenio Europeo del Paisaje (CEP) reconoció de forma oficial, que paisaje es «cualquier parte del territorio, tal como lo percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y humanos»
En 1933, Miguel de Unamuno hizo referencia en su artículo ‘País, paisaje y paisanaje’, al territorio que mi hermano y mi cuñada, profesores de instituto, escogieron como destino y hogar. Hablaba también de otros parajes de España, y escribía que el paisaje «súbese al alma y se hace alma». «Sin ser aldeano; paisano, no cabe llegar a ser ciudadano», añadía el filósofo, y concluía que «el espíritu, el pneuma, el alma histórica, no se hace sino sobre el ánima, la psique; el alma natural, geográfica y geológica».
País, paisaje y paisanaje comparten una misma raíz etimológica: pays, palabra del francés medieval que alude al territorio rural, al pago, al campo. Para Unamuno, quienes olvidan o ignoran el vínculo con el campo, pierden también la humanidad y caen en la barbarie. Mientras decenas de miles de almas lloran en medio de desiertos calcinados por esos castañares, pinares o hayedos; pastos y viñedos; ovejas, vacas y cabras; burros y caballos, hervíboros y carnívoros salvajes; pájaros y aves rapaces; ranas, ratones y serpientes que han desaparecido de sus vidas; mientras que otras decenas de miles de almas siguen tratando de acostumbrarse a lo que vieron desaparecer en 2025 o en 2024, incluyendo no solo belleza, sino medios de vida (ganaderías, queserías, explotaciones agrícolas, restaurantes, negocios turísticos…), otros, los que olvidaron que nuestra comida y nuestra cultura empiezan en el campo, se dedican a tirarse los trastos a la cabeza o a proponer planes sin fecha y pactos altisonantes sin ninguna concreción.
Ojalá que la población, cada vez más mermada, olvidada y abandonada, del campo español, sea capaz no solo de resistir y sobreponerse como el Pino de El Aprisquillo, sino de recordarnos a los demás de dónde venimos, y que nuestras voces se sumen a las suyas para exigir, de una vez por todas, seriedad, acción, estrategias e inversiones de apoyo al campo que nos alimenta de todas las formas posibles, sin que le demos a cambio nada más que la espalda.