Comer solo en un restaurante nunca ha sido fácil. Empezando porque muchas webs no admiten reservas unipersonales y siguiendo por la sensación de sentirse un bicho raro, especialmente en comedores de alto nivel. Con la excepción de los restaurantes de carretera, el comensal solitario despierta incluso la sospecha de que podría ser inspector de alguna guía. Hace un tiempo saltó la polémica en Barcelona al conocerse que varios establecimientos del centro se negaban a admitir clientes sin acompañante. Por suerte las cosas van cambiando y comer solo puede ser tendencia en este 2026.
Un reciente informe elaborado por Circan y KPMG resalta que el 32 por ciento de todas las visitas a establecimientos de hostelería en España son ya individuales. Cierto que el estudio incluye bares y cafeterías, lo que desvirtúa un tanto esa cifra. Sin embargo, otro trabajo a nivel europeo ceñido sólo a restaurantes refleja que las comidas en solitario representan más del quince por ciento del total. Todo indica que en España, donde los hogares unipersonales representan ya el 28 por ciento, nos movemos en la misma dirección.
Ayuda a este cambio la mayor presencia en los restaurantes, incluso en los de alta cocina, cuyo formato dificulta el acceso de comensales solitarios, de barras en las que el buen gourmet puede ir a comer solo. Y ayuda la cada vez mayor oferta de medias raciones. Sigue sin resolverse, eso sí, un problema al que se enfrentan este tipo de clientes: encontrar un arroz para uno. Salvo contadas excepciones, en la inmensa mayoría de comedores sólo se ofrecen para un mínimo de dos personas.
Por mi profesión como solo muchas veces. Y no es tan malo. Al contrario. Puedo observar todos los detalles y, sobre todo, concentrarme en la comida y, si es buena, disfrutarla más. Hace treinta años me miraban raro. Ahora bastante menos. Al cliente solitario se le solía tratar, todavía ocurre, bastante peor. Mesas escondidas, malas caras… Incluso la imposibilidad de reservar.
En más de una ocasión, para evitarlo, he reservado para dos y, una vez sentado, he expuesto un “problema” de mi virtual acompañante para llegar a la comida. Muchos hosteleros alegan que el cliente solitario ocupa el espacio de varias personas, pero mi experiencia me dice que, por lo general, el que va solo gasta más en su comida y bebida. La hostelería debe revisar sus prejuicios, entender que se trata de un fenómeno imparable y adaptarse a él.