Tres miradas extranjeras en Colchagua

A dos horas de Santiago de Chile, un inglés, un italiano y una austríaca hicieron del Valle de Colchagua el escenario para producir vinos y destilados con identidad propia

Mariana Martínez

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Hay muchas maneras de saborear Colchagua, el valle a solo dos horas de Santiago que BBC Travel acaba de incluir entre los mejores destinos para visitar en 2026. Se puede seguir el recorrido clásico entre copas y viñas consolidadas o dejarse llevar por tres extranjeros que reinterpretan el territorio: un inglés que cultiva cabernet en la montaña, un italiano que convierte una antigua hacienda en laboratorio de vinos naturales y una austríaca que destila fruta pura frente al océano. Son tres miradas, tres paisajes y una misma decisión: hacer del valle su hogar.

William Evelyn, el inglés del cabernet de montaña

En Guildford, al sur de Inglaterra, nació William Evelyn. Con sus estudios de Ciencias Políticas, parecía encaminado a una vida seria, institucional, pero antes de instalarse en una oficina decidió hacer algo muy diferente. Su historia familiar explica algo de su espíritu nómada: abuela irlandesa, abuelo argentino piloto de la Fuerza Aérea británica en la Segunda Guerra Mundial, infancia marcada por migraciones entre Europa y América. 

William Evelyn, viticultor de Colchagua
William Evelyn, en su viñedo

Después de trabajar como guía de pesca con mosca en la Patagonia argentina, llegó a Chile, el lugar del que se su abuelo argentino tanto le había hablado. Fue en una parada para surfear a Pichilemu, en la costa de Colchagua, donde sus olas perfectas lo dejaron marcado. Después de tanto surf llegó otra búsqueda: montaña, silencio, naturaleza salvaje. “Soy introspectivo, disfruto la soledad, pero también me gusta la gente y salir de fiesta como estrella de rock”, cuenta entre risas.

 

Fue así como ya casado con chilena, construyó un lodge para la pesca con mosca entre los cerros de la Cordillera de los Andes de Colchagua. “Aquí hay de todo: glaciares, termas, guanacos, ríos… Pero nadie lo sabe”. Siempre inquieto, tras cinco años organizando cabalgatas y jornadas de pesca, ofreciendo vinos de los vecinos a sus huéspedes, apareció una idea que, dice, es «mezcla de ego y visión»: tener su propia viña y elaborar vino.

 

Si el lodge comenzó a operar en 2006, en el valle del Estero Tumuñán, fue en 2012 cuando en el mismo campo de 17 hectáreas, plantó 1,2 hectáreas de viñedo. En total fueron 7.000 plantas de cabernet sauvignon. Actualmente, vende parte de sus uvas a un precio envidiable, y con el resto, en una bodega de Colchagua, produce cerca de 5.000 botellas de vino al año. 

Cabernet Tumunan
Cabernet Tumuñan.

A 720 metros sobre el nivel del mar, en la ribera del río Tumuñan, podemos decir que su cabernet sauvignon es el más alto de Colchagua. Eligió cabernet “porque es una cepa dura, silvestre, resiste pájaros, abejas, granizo… Pero madura lento. Y cuando algo madura lento, madura con más complejidad. El desafío es la paciencia: el vino necesita al menos 18 meses antes de calmarse en botella.

 

William hoy recibe turistas en sus tres cómodas cabañas: Casa Montaña, Cabaña del Vino y el Chalet. Para sus visitantes, con o sin hospedaje, las actividades son diversas: pesca, cabalgatas, trekking, y por supuesto, degustaciones de su gran tinto Tumuñan y un delicado rosado, las que realiza en su tiendita y bar de vinos.

Rodeado de bosque nativo, William sabe que su entorno se siente en el vino. Su cabernet intenso y fresco a la vez, es el foco y el pretexto para invitar a conocer este desconocido paisaje andino, deliciosamente fresco en verano, y silencioso en cualquier época del año.

Luiz Allegretti, el italiano rey de los vinos naturales 

Desde la torre de su antigua casona en el sector de Santa Ana, Luiz Allegretti mira la cordillera de los Andes y sus volcanes nevados hacia el este. En dirección contraria, la planicie que casi roza la costa. «Es aire limpio, campo abierto… Yo a Colchagua la amo”, dice el italiano de Roma, quien dejó París hace más de veinte años.

 

Buscaba, junto a su amigo de la vida y socio chileno, un lugar en el mundo para hacer vino. Ojeando una revista supo de Colchagua. Viajó y encontró una casona de los jesuitas en ruinas, con restos de una bodega que evidenciaban producción de vinos hasta inicios del 1900. Restauró el lugar, mientras tanto, bajo la guía de los microbiólogos Claude y Lidia Bourguignon, dejó el campo siete años sin intervenir. Plantó en 2010. Antes compró uvas a vecinos para practicar. 

Jardín de clos Santa Ana
Jardín de Clos Santa Ana, bodega ubicada en una antigua casona jesuíta donde se elaboraba vino ya en 1.900.

Su conexión con el vino es familiar: generaciones vitivinícolas en Toscana y un bisabuelo socio fundador de la bodega más grande de Bento Gonçalves, en Brasil. En su camino propio, eligió hacer vinos con la menor intervención posible. “Percibía que algo estaba cambiando”, recuerda influido además por lo que había visto en viajes a Georgia y por referentes italianos como Gravner.

Luiz Allegretti, en Clos Santa Ana.
Luiz Allegretti, en Clos Santa Ana.

Su pequeño viñedo con el riego y manejo mínimo, en medio de las 24 hectáreas de la hacienda, suma 12.000 plantas, entre malbec, carmenère, cabernet franc, chardonnay y viognier. Su vinificación y guarda es en la antigua bodega subterránea, donde suma vasijas de greda, acero y barricas de roble. Su portafolio, reconocido por el sello de los vinos naturales, se ha reducido a tres etiquetas, siempre dibujadas a mano: Sirio, Aralez y el fantástico naranjo llamado Velo, por haber desarrollado velo de flor. Lo más fácil para poder probarlos, es ir a visitar Clos Santa Ana, donde se integrado vino, gastronomía, arte y cultura. Además de crear a su alrededor una comunidad de amantes del vino, llegados desde los rincones más insólitos del mundo; los que alguna vez fueron a visitar y como Luiz nunca más se quisieron ir. La casona, entre fabulosas colecciones de arte, puede recibir hasta 20 personas. El próximo sueño es un museo y restaurante; la reserva de flora y fauna nativa alrededor del tranque de agua, ya es realidad.

Ingrid Puccio, la austríaca de los schnaps costeros

En las colinas verdes de Salzburgo, donde se filmó La Novia Rebelde y la tradición campesina es parte del paisaje, nació Ingrid Puccio. Entonces, ella era Ingrid Lang. Allí, destilar fruta era un privilegio con muchas regulaciones. Creció con esa cultura sin imaginar que décadas después la replicaría en su lugar favorito del mundo: la costa de Colchagua.

 

Química farmacéutica de profesión y meticulosa por naturaleza, siempre se sintió cómoda entre procesos y materias primas nobles. Ya radicada en Chile, casada con el conocido político Osvaldo Puccio, encontró en esa tradición una forma de mantenerse activa y aportar algo distinto. 

Bodega subterránea Gebruder Lang
Bodega subterránea Gebruder Lang, donde reposan por años sus schnaps.

En 2014 compró a distancia un alambique. El equipo esperó dos años antes de funcionar. Había que elegir el lugar exacto en el balneario de Matanzas, ese rincón de campo-mar que con sus pronunciados acantilados sobre el Océano Pacífico, la conquistó de inmediato. Necesitaba un terreno en desnivel, agua y vista al mar. La destilería terminó siendo una bodega subterránea en las laderas, donde recibe la fruta, la fermenta, la destila y guarda.

 

En 2016 comenzó oficialmente su producción con una regla estricta: solo fruta fresca local, sin alcohol añadido, sin colorantes, sin azúcar extra. Conseguir la fruta fue el primer desafío. No le servían grandes plantaciones orientadas a exportación. Buscó pequeños agricultores y huertos familiares. “Necesitaba madurez y aromas intensos. Convencer a los pequeños de vender fue parte de mi aprendizaje”.

 

Actualmente se mantiene cinco meses al año dedicada por completo a la destilería. Tras más de una década de ensayo y error, ya domina un proceso que todavía le cuesta explicar en español. Las cifras del pequeño negocio son igualmente difíciles de entender: de 100 kilos de fruta fermentada obtiene apenas entre un 3% y 10% de aguardiente.

 

El orujo de uva es el más generoso en rendimiento, explica, porque ya aporta alcohol y agua. Los mayores retos están en la pera, delicada; la manzana, directa; la ciruela y el membrillo, favoritos habituales. Todos se inscriben en la categoría schnapps, palabra cotidiana en Austria y todavía exótica en Chile. Para acercarlos al visitante, Ingrid abre todo el año la destilería que llamó Gebrüder Land, en honor a su padre y hermanos. La visita y degustación no tienen costo. La experiencia es conversada y sensorial. Su marido, su mayor admirador, colabora como ayudante “mandado”. Su sobrina Pancha, arquitecta, guía las catas sin guión, dejando que cada quien encuentre su preferido.

Tres miradas extranjeras en Colchagua 5
Pancha, sobrina de Ingrid, guía las degustaciones.

La estrella es el aguardiente de rowanberries y vogelbeere, fruta diminuta y compleja, difícil de destilar por su escaso contenido de agua y azúcar. De precios elevados en Europa, aquí es casi imposible conseguir. Su producción es mínima y se reserva para los más curiosos. 

 

Ingrid recomienda sus schnapps como bajativo junto a postres frutales en verano o, en invierno, después de un día de esquí. Con alrededor de 40 grados de alcohol, la potencia no es el fin: lo esencial es la pureza de la fruta. En plena época de cosecha, como ahora, ir a conocerlos es un panorama imperdible. 

 

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