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Actualidad

San Sebastián de otra forma

Benjamín Lana
Benjamín Lana 3/5/2020Comentarios
Va siendo hora de recuperar el espíritu y desentumecer los músculos. El viaje hacia quién sabe dónde va a terminar más pronto que tarde. No sabemos dónde nos van a lanzar. En qué país, en qué mundo, qué reglas son las que regirán en él, ni siquiera si seremos bien recibidos. Ya no hay vuelta atrás. La única alternativa es, llegado el momento, lanzarse. Perdonen por la enésima metáfora bélica, pero no encuentro sensación de soledad y desasosiego más honda que la del paracaidista que espera el momento de saltar agarrado a su fusil o la del infante de marina que aguarda el frenazo de la lancha al encallarse en la arena. A partir de ahí, tan solo queda encomendarse a la experiencia, al instinto y a la suerte.

Esperábamos que los que están al mando nos dieran consignas más precisas, nos aliviaran con certidumbres, –ya saben pocas cosas y muy claras–, o se sacaran algún conejo de la chistera presidencial en clave de programa de apoyo a nuestro mundo, pero no. Cuando lleguen a tierra, búsquense la vida. Ni peros ni peras. No hay réplica ni turno para rechistar. Así que no sé si merece mucho la pena esperar, seguir esperando quiero decir, fruta del olmo.
Yo salto. Sigo encerrado físicamente, pero he salido del confinamiento mental hace días. La vuelta va a ser exigente y hay que estar en forma, hasta físicamente, me digo. La cocina casera y su prolongación natural llamada vino sí engordan, digan lo que digan. Sigo. Que venga lo que tenga que venir. Pecho y para adelante, como han hecho siempre los que nos precedieron en aquellas oscuras cocinas, entre las mesas de los viejos comedores, en el lado de dentro de las barras de tascas y bares. La razón ya ha trabajado bastante en estas semanas. Hoy hay que sentir la tensión en las venas del cuello, la intuición y el pálpito. Vamos.
Reunión virtual
A partir del lunes la tecnología permitirá reunirse de nuevo a la tribu en una Donosti virtual, una sin Urgull ni Ulía, de fibra óptica y servidores, en realidad un San Sebastián Gastronomika contemporáneo y adelantado, como los guisantes lágrima, como nuestras vidas actuales, sin playas, restaurantes ni bares. Un entrante… unos pintxos de lo que vendrá en octubre pero con un nombre moderno, como aquellos platos que nos asombraron en los noventa, pero más corto: #GastronomikaLive, ha sido bautizado. Un encuentro diario, no, en realidad, dos, uno por la mañana y otro por la tarde.
Como decíamos arriba para mí ya terminó el tiempo de andar lamentándome por las esquinas. Al mal tiempo, paraguas. Y si lo que nos toca este mayo florido no va a incluir cenar juntos, ni abrazarnos con el ubicuo Martín Garrote, pues lo echaremos de menos, pero vamos a aprovechar lo que sí podemos hacer, que es recuperar el espíritu de esa ciudad en octubre, ese lugar donde todos a los que nos corren aceite, cebolla y perejil por las venas hemos encontrado siempre lo mejor de nosotros mismos. Ese tiempo en el que la batería emocional se recarga para el resto del año al sentirnos rodeados por tipos –y tipas– tan locos como nosotros mismos, por tantísimos bichos raros.
No va a ser lo mismo recorrer el Paseo de Francia junto al río o dar la vuelta por el Paseo Nuevo que venir desde la cocina al cuartito donde laboro, pero trataremos de invocar y reencontrarnos con el espíritu del congreso de San Sebastián, un intangible, como dicen ahora, difícil de convertir en una cifra o subirlo a una red social, pero de cuya existencia no nos cabe duda alguna. Están todos invitados a intentar que esa energía se manifieste y nos sea de ayuda en lo que ha de venir. En octubre, Dios dirá.
Ya saben, San Sebastián de nuevo en una pantalla. Esta vez sin actrices famosas ni alfombras rojas, sin mostrar la barandilla ni el ‘marco incomparable’ de la isla al atardecer de un día soleado de mayo. Solo con amigos que se juntan para conversar y su espíritu de ‘Ciudad abierta’ al que cantó Gabriel Celaya, de lugar irrepetible en donde las gentes de los fogones de cualquier rincón del mundo siempre se sienten, nos sentimos, como en nuestra propia casa, aunque esta vez sea virtual.

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