Como cada año, puntualmente, cuando acaba una gran cita del calendario gastronómico, alguien anuncia la muerte de los congresos. Es casi un ritual. En cerca de una década recorriendo auditorios, no han faltado nunca las predicciones agoreras, que desdicen el optimismo militante de la organización. El congreso siempre muere después de celebrarse. Y, sin embargo, al año siguiente vuelve a convocarnos.
Las críticas se repiten como un mantra: gigantismo, carteles previsibles, ponencias que se confunden con un spot publicitario. Hay un fondo de verdad en todo ello, pero también algo de trampa. El solapamiento de nombres genera esa ansiedad tan contemporánea de no llegar a todo, una sensación muy similar a la de los festivales de música. A cambio, el congreso permite construir un itinerario propio, caprichoso, hecho a medida de los intereses de cada cual.
Las grandes figuras siguen teniendo magnetismo, por mucho que se discuta su reiteración. Basta observar dónde se concentran los titulares. El problema quizá no sea su presencia, sino el papel que se les otorga. En lugar de contar sus últimas novedades a un público ya convencido, sería interesante verles dialogar con profesionales emergentes, unidos por una mirada común. En plena era de las redes sociales resulta difícil justificar el uso del escenario como simple escaparate promocional. Para eso existen otros canales, más honestos y menos solemnes.
Lo que a menudo se pasa por alto es que el éxito o el fracaso de un evento de esta magnitud no depende solo de la organización. Interpela a todos los implicados. A los cocineros, que deberían subir al estrado porque tienen algo que decir y no solo porque el cartel se lo permite. A los periodistas, que no siempre resistimos la tentación del nombre ilustre y el titular fácil. Y a las marcas, que harían bien en recordar que un stand vistoso no sustituye a una conversación bien planteada.
Con todo, los congresos conservan un valor difícil de replicar: el de reunirnos en un mismo espacio, provocar encuentros, tejer relaciones. Una cosa es ejercer la crítica —necesaria— y otra despreciar la oportunidad. Sería como aburrirse en una fiesta y echarle la culpa al anfitrión.