Jugando a las cocinitas

El hueso de limón

En mi infancia, el movimiento Scout estaba en pleno auge en España. Era casi inevitable que terminaras apuntada en algún grupo, con la consecuencia de tener que asistir a acampadas, cosa que otros niños disfrutaban, pero yo, que odiaba los filetes empanados fríos y que, entre la nostalgia de mis padres, la incomodidad de dormir en la tienda de campaña y los terrores nocturnos no pegaba ojo, iba más por presión social que por convicción. Creo que mi madre se alegró de que un buen día me diera de baja. A ella le gustaba tener a todos sus polluelos en el nido.

 

Yo tardé en apreciar la independencia y el lado salvaje de la vida. El calor del hogar tenía tal poder de succión que mis mejores navidades fueron las que pasé confinada en la casa por culpa de una epidemia de piojos. Aún evoco con placer el olor del champú y las lociones antiparasitarias, que competían con el aroma del abeto navideño bajo el que mis hermanos y yo pasábamos horas leyendo. Aquel diciembre tenía de la biblioteca del colegio ‘La vuelta al mundo en ochenta días’. Era un volumen encuadernado en tela roja, raído por el uso, de hojas gruesas y amarillentas. Me gustaba viajar junto a aquel lord inglés, tan amante de la rutina hogareña y tan poco aficionado a los imprevistos como yo.

 

En las casas también se podían correr aventuras. En la mía no tanto, porque era un piso moderno, pero en la de mis tías Adita y Arora había alacenas, trasteros y altillos en los que los niños cabíamos agachados y donde podíamos escondernos o recuperar algún tesoro en desuso para nuestros juegos.

 

En el cuarto de los trastos de mi tía Adita encontramos un día un montón de tiendas de campaña. Los primos mayores decidieron sacarlas y montarlas en el patio. Aquel día jugamos a los campamentos. Ellos eran los jefes scout y los pequeños éramos su tropa. En total podíamos sumar quince primos, porque la tasa de natalidad de mi familia materna era muy alta. Yo debía de tener unos seis años, y los mayores no más de 14. Aquel campamento sí fue la bomba. Jugamos a dormir; a explorar, y cuando los mayores consideraron que había llegado la hora de comer, entraron a hurtadillas en la cocina, donde mi tía acababa de poner un puchero, y robaron un poco de agua de la sopa aún cruda y unas pastillas de avecrem para darle sustancia. A los pequeños, el agua caliente con pedacitos de avecrem que iba pasando de mano en mano en un jarrillo de lata nos supo a gloria, y pedimos repetir, pero no hubo forma, porque mi tía, alertada por nuestro silencio, redobló la vigilancia en la cocina.

 

Pero aquel día tuve una revelación: hacer de comer era el más divertido de los juegos. Creo que aquello desató mi obsesión por la cocina. Empecé a ayudar a mi madre, que me miraba con desconfianza temiendo, con toda la razón, que yo aportase algún toque creativo a sus platos. Creo que por ese motivo los Reyes Magos trajeron aquella cocinita que anunciaban en la tele. En el anuncio se veía cómo se cocía un huevo en un cacillo transparente. La gran decepción fue que el agua no bullía porque estuviese hirviendo, sino con ayuda de una bomba de mano que había que accionar para hacer burbujas. Y el huevo era de plástico. Un timo. La cocinita quedó olvidada en el fondo de algún armario, y mi madre tuvo que seguir soportándome a su lado en la cocina de verdad, quitando las especias de mi alcance para evitar que el pollo al ajillo terminara saturado de canela o que la masa de croquetas adquiriera un innecesario tono amarillo.

 

Como en esta vida donde las dan las toman, la primera vez que mi sobrino, con cinco o seis años, se metió conmigo en la cocina, lo sorprendí varias veces añadiendo a mis espaldas ingredientes extra al pastel de pescado que estábamos haciendo.

 

He encontrado con frecuencia a personas que no han aprendido a guisar porque sus madres eran unas cocineras tan excelentísimas y celosas que no permitían que nadie metiera las narices en su cocina. Esos encuentros y el hecho de sufrir en mis propias carnes la necesidad de mis sobrinos de poner su granito de creatividad en mis recetas, me han hecho apreciar la paciencia y la generosidad de mi madre, que no sólo me enseñó todo lo que sé, sino que me dejó desarrollar mi propia personalidad, y en alguna ocasión hasta llegó a admitir que había mejorado algún plato, aunque ni yo misma supiera en cuál de los puntos en que había desoído sus consejos estaba el acierto.

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