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Opiniones

El curso en que amamos a Julie Andrieu

Alberto Luchini
Alberto Luchini 30/11/2021Comentarios

Los más cinéfilos identificarán el título como una paráfrasis de la película «El curso en que amamos a Kim Novak», firmada en 1980 por Juan José Porto, que recreaba con un tono lleno de melancolía la oscura España de los años 60, a través de varios estudiantes de la universidad de Salamanca que se evadían de sus miserias soñando con la exuberante actriz que alcanzó la inmortalidad como protagonista de «Vértigo». En la también oscura, aunque por otros motivos, España de principios de los años 20, al menos en el imaginario de los amantes de la gastronomía, la francesa Julie Andrieu ha ocupado el lugar de Novak.

Primero, haciéndonos compañía y llevándonos de viaje durante las interminables tardes de interminable confinamiento. Y, el martes 16 de noviembre, iluminando el Kursaal donostiarra al recibir el Premio Paul Alborná durante la XXIII edición de San Sebastián Gastronomika. Derrochando estilo, clase y elegancia, la comunicadora francesa consiguió algo que está al alcance de muy pocas personas en el planeta Tierra: que todos los presentes, hombres o mujeres, de cualquier tendencia sexual, credo o raza, se enamoraran perdidamente (y platónicamente, claro) de ella. Así que sí, 2020-2021 pasará a la posteridad como El curso en que amamos a Julie Andrieu.

Este enamoramiento ha tenido otras consecuencias. En un congreso significativamente titulado «Reencuentros», porque después de dos años se recuperaba una presencialidad más deseada que una hija por parte de los padres de cinco niños, Andrieu ha provocado un efecto dominó y nos ha permitido reencontrarnos, después de mucho tiempo, con Francia, ese Shangri-La gastronómico al que todos admirábamos en los años 70, 80 y 90 y que en los últimos lustros habíamos dejado un tanto de lado, dizque para reivindicar lo nuestro dizque para castigar el chovinismo y la prepotencia de que tantas veces, y demasiadas innecesariamente, hacen gala los vecinos del norte.

De repente, hemos redescubierto al ya septuagenario Marc Veyrat y hemos recordado por qué soñábamos con viajar hasta la Saboya para experimentar de primera mano aquello de comerse el paisaje alpino. Y hemos rendido un más que merecido homenaje a uno de los más grandes chefs de todos los tiempos, Alain Ducasse. Y nos ha cautivado la sublimación de la sencillez de Alain Dutournier. Y nos hemos replanteado muchas cosas mientras Nadia Sammut reivindicaba los sabores «sosos» y la regeneración física como principal objetivo de la cocina. Y hemos quedado ojipláticos con la conexión Congo-Marsella de Alexandre Mazzia. Y… En resumen, nos hemos vuelto a enamorar de Francia, como esas parejas que se reencuentran al cabo de los años y se preguntan, sin encontrar la respuesta, por qué dejaron de estar juntos.

Como esto del poliamor acaba dando mucha hambre y estar todo el tiempo viendo comida y oyendo hablar de comida acaba llamando a comida, entre reencuentro y reencuentro nada mejor que comprobar que los jurados no necesariamente fallan siempre. En los foods trucks instalados en la puerta del Kursaal se podían probar las melifluas croquetas de Cañitas Maite, llegadas de la localidad albaceteña de Casas Ibáñez y ganadoras en el último Madrid Fusión, y la fabulosa ensaladilla de coloraíllos (unos camarones rojos que se incorporan a la mayonesa) de Chinchín Puerto, directamente desde Caleta de Vélez, la mejor de España el año pasado y que en este congreso ha pasado el testigo a otro local malagueño, Tragatá, de Ronda, para demostrar que los habitantes de la Costa del Sol llevan ese plato grabado en su ADN. Bajo el cielo plomizo de Donosti, tanto las unas como la otra se convertían en el reconstituyente perfecto.

A propósito de concursos, la gran sorpresa no saltó en Las Gaunas sino en el II Campeonato Nacional de Garbanzos: quién se iba a imaginar que con esta legumbre no sólo se podría hacer un postre sino que encima iba a estar bueno. Pues Sergio Gómez, de La Botica de Matapozuelos (Valladolid), que se marcó una cuajada de garbanzo torrefacto con velo de té de roca, galletas de mantequilla en forma de esta leguminosa y helado de trompetas de la muerte, tan inesperado como brillante, que conquistó al jurado y el premio.

Pero el premio gordo de verdad, para todos, fue haber podido compartir esos tres días. Y, desde ya, a contar los que faltan para la próxima edición… ojalá sin tener que acarrear las insoportables mascarillas.


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