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Opiniones

Cuento del ‘no verano’

Benjamín Lana
Benjamín Lana 20/8/2021Comentarios

Llevaba días mascando aquella circunstancia correosa como un abalón. Hasta entonces, asumía que si un verano le había dejado mal sabor de boca era responsabilidad absolutamente suya.

Sabía de sobra que si enfilaba San Miguel sin haberse comido al menos una docena de raciones de bonito, de pochas, de pimientos verdes y de chipirones frescos sentiría que se le había volatilizado lo mejor de las vacaciones, aunque hubiera tenido la posibilidad de conocer en otros países a lugareños que le hablaban en incomprensibles lenguas asiáticas o de bucear entre gorgonas gigantes. Sin bonito con tomate en su casa familiar, chipirones afogaos en Asturias o a lo pelayo en Getaria, no podía darle el pasaporte a su lista de veranos vividos como Dios manda.

Sin embargo, en aquel agosto extraño como pocos en el que los loligo vulgaris brillaron por su ausencia –apenas se los pudo tomar excelsos a mediados de julio en el Balneario de Salinas y unos días antes del día de la Virgen en Casa Urola– la culpa no había sido suya sino de la naturaleza indómita que últimamente se empeñaba en incumplir sus propias leyes, aquellas que los hombres habían aceptado y por las que se habían regido durante milenios.

Fue consciente de la dimensión del problema cuando un marinero de Getaria le explicó sin afectación alguna que no se trataba de un verano extraño –solo habían podido ver el sol dos días– sino de un ‘no verano’, un raro fenómeno o capricho de la naturaleza que nadie podía prever ni explicar, algo así como una reacción colérica del entorno, tipo ‘el Niño’, que podía cambiar la freza de los peces o borrar de un plumazo abril y mayo del calendario y saltarse la primavera con todas sus floraciones. «Al principio –le explicó– pensábamos que todo iba con una luna de retraso y que lo que tenía que pasar en junio pasaría en julio, pero todos hemos acabado convencidos de que, en términos marineros, el verano no ha existido. Ni las especies propias de esta época, ni los lugares de las capturas que hemos podido hacer corresponden a su temporada».

Asunto de Estado

Por la razón que fuese, el dios de aquel Oceanus Cantabricus, Neptuno o quien ahora gobierne allá abajo, había decidido saltárselo. En los mejores restaurantes y asadores de la zona parecía que estábamos aún en mayo, con la excepción del bonito, que como venía emigrando de otras coordenadas seguramente no tenía información sobre la huelga estival colectiva que se había convocado.

En otros tiempos, todo aquello se hubiera asumido como una historia portuaria más para contar en las tabernas, una de aquellas realmente sorprendentes que a nadie importaba si eran ciertas o meros relatos fantásticos, pero ahora, con el planeta enloquecido, la rebelión de los virus y la amenaza global para la especie sapiens, la confirmación empírica de que el ‘no verano’ cantábrico era una realidad o tan solo una fabulación de borrachines de muelle se convirtió en un asunto de Estado.

A no tardar mucho surgieron las primeras voces que proponían dedicar a estudiar el ‘no verano’ todo aquel dinero que llegaba de Europa y que después de un año no sabían todavía cómo gastar para que el trance fuera de provecho y no se desvaneciera bolsillos abajo como solía. Enseguida empezaron a llegar al pueblo los expertos. Algunos científicos, muchos otros que se les parecían en el hablar pero que tras preguntarles se quedaban en ambientalistas, ecologistas y varios ‘istas’ más y luego muchos arribistas de todo pelaje de los que huelen la carnada desde tan lejos como los tiburones blancos.

Cumbre navideña

Aquel agosto extraño en el que los talibanes entraban paseando en Kabul sin pegar un tiro veinte años después, Haití volvía a caerse sobre sus propios pedazos y el covid presuntamente domesticado a fuerza de banderillas mutaba como un zombie letal, el ‘no verano’ cantábrico terminó convirtiéndose en noticia.

¿Y si la naturaleza estuviese realmente enfadada y optara por saltarse diciembre y enero? Las especulaciones no cesaban. La asociación de estaciones de esquí, los turrones y el Vaticano tomaron cartas en el asunto y contrataron a nuevos expertos temerosos ante la posibilidad de quedarse sin nieve y sin Navidades. Finalmente, al menos lo del invierno se pudo reconducir, dicen, gracias a una cumbre secreta en la que se reunieron varios santos, incluido San Pedro en la cita definitiva, los Reyes Magos, Santa Claus, Olentzero y gentes mágicas de bien en general con los emisarios de la enfadada naturaleza y lograron tras semanas de discusiones tener un poco de paciencia con la humanidad, con sus torpezas y maldades, y darles un voto de confianza, al menos por última vez, antes de ponerles en su sitio, en su origen, que era la inexistencia.

De lo del ‘no verano’ no se ha podido saber mucho más. Se dejó de investigar porque los fondos europeos se desviaron a asuntos «más urgentes» relacionados con las siguientes elecciones.


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