Soy periodista y escribo sobre gastronomía. Y me esfuerzo por no ser un forro. Me esfuerzo por entender que no todo puede reducirse a esas grandes bacanales a las que me invitan, a esos vinos de decenas de miles de pesos la botella que me regalan, a esas ostras todavía vivas dispuestas en la barra para que yo, Rodolfo, las saboree.
Mi mantra diario es, entonces: no seas un forro. Y por forro traduzco: un snob, un elitista del consumo, un aristócrata del lujo ajeno, ese lujo que pocos pueden pagar, y que —de más está decirlo— yo no puedo pagar. Por eso, mis afirmaciones están teñidas de paréntesis, de excusas, de vergüenza. Creo que un ojo de bife se debe disfrutar jugoso, ya que es un músculo tierno, con grasa adictiva y fácil de masticar; pero respeto a quienes lo prefieren más seco, aquellos a los que les da asco la carne roja y húmeda que recuerda la muerte. El pastelito lo elijo siempre con membrillo; preciso ese contraste que se genera entre la acidez de la fruta y la grasa de la fritura; pero si lo pedís con dulce de batata, que así sea. Sé que una milanesa en un bodegón puede dar tanta o más felicidad que un sashimi de pez limón en un omakase de moda. Comprendo todo esto y lo ejerzo como norma de conducta ética. Me repito: en cuestión de gustos, quién soy para andar juzgando paladares ajenos.
Voy entonces por la vida cumpliendo esa premisa, hasta llegar al café. Y ahí me convierto en un forro. Me inunda una arrogancia que defiendo con uñas, dientes y palabras, sin permitir puntos de vista o discusiones. Con el café tengo verdades en mis puños. Si lo bebés con azúcar, te consideraré débil, imberbe, te falta madurar, convertirte en adulto, asumir tus responsabilidades. Si tomás café torrado, no te tendré respeto, cómo vas a elegir esa porquería, ese caramelo quemado con sabor a carbón, una estafa. Y si me hablás de café instantáneo, mejor andate, te quiero lejos, no tenemos nada en común. No sé quién sos, para qué estás acá, qué daño querés hacerme.
No digo nada, me callo, no lo escribo en un artículo, lo disimulo. Todo para no parecer tan forro. Pero vaya que lo pienso.
En casa tengo nueve cafeteras, dos molinillos, una veintena de tazas de porcelana, cerámica, vidrio y gres. Siempre tengo al menos dos cafés tostados distintos, en grano, que voy moliendo día a día, uno más dulce, otro más ácido. Guardo todo en una pequeña alacena, al fondo de la cocina. Esa alacena es mi templo, el lugar que me cobija, donde puedo confesarme. Donde soy eso que siempre intento no ser.
Un forro, sí. Pero un forro feliz con su café en mano.
(Esta columna es un extracto del libro Menú del día).