Viña Maquis, un tesoro entre ríos en el valle de Colchagua

Biodiversidad, tradición familiar y asesoría bordelesa se reflejan en el nuevo cabernet sauvignon de la bodega, Victoria. Vinos chilenos de alta gama nacidos entre ríos

Mariana Martínez

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En la confluencia de los ríos Tinguiririca y Chimbarongo, Viña Maquis lleva más de veinte años llevando la biodiversidad de sus riberas al interior del viñedo. En paralelo, junto a Jacques y Eric Boissenot y al enólogo Rodrigo Romero, afinó otra búsqueda: extraer menos para conseguir vinos más elegantes, expresivos desde jóvenes y capaces de envejecer. Franco y Viola marcaron el camino. Victoria, su nuevo cabernet sauvignon, es su mayor conquista.

 

Primero se escuchan cientos de pájaros bajo olivos centenarios. Después aparecen flores, hierbas silvestres e insectos. En primavera, todo bulle alrededor del agua. Con suerte, incluso asomará algún coipo, ese gran roedor nativo que vive junto a los cauces chilenos.

 

Ricardo Rivadaneira, agrónomo, enólogo, socio y director de Maquis, llegó en 2000 al campo familiar. Al recorrer hoy sus corredores biológicos llenos de vida, recuerda que los cuarteles próximos a los ríos eran los que tenían menos plagas y necesitaban menos aplicaciones. Lo que encontró al llegar fue un sistema que resolvía parte de sus propios problemas.

 

“Había tal cantidad de vida en los ríos; vegetación nativa, pájaros e insectos, que teníamos una biodiversidad llena de enemigos naturales”, recuerda Rivadaneira. “Dijimos: si esto está ocurriendo, llevemos la vida hacia el interior del campo”.

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Corredores biológicos en el viñedo de Viña Maquis.

Así nacieron, hace unos veinte años, sus corredores biológicos, algunos con agua, y, un antiguo tranque se transformó en refugio de peces, aves, insectos y coipos. Ahora, los restos de poda sirven de cobijo; las ovejas controlan pastos y fertilizan en invierno, y gallinas chilenas en gallineros móviles ayudan frente a plagas puntuales. Las malezas se manejan mecánicamente.

 

“Que sea bonito es un plus. Lo importante es que acoja vida”, dice Rivadaneira. No tienen certificación orgánica, agrega, porque no es el centro de su propuesta. La prioridad, explica, ha sido observar cómo funciona el viñedo y actuar a favor de esa dinámica, antes que perseguir un sello.

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Ricardo Rivadaneira Hurtado, director de Viña Maquis.

Para él, la biodiversidad es una herramienta práctica. “No es romanticismo, es como una caja de herramientas agronómica… Estoy seguro de que parte de la pureza de nuestros vinos tiene que ver con que trabajemos así”, reflexiona. La búsqueda de pureza también transformó la bodega. Maquis siempre produjo vinos estructurados y longevos, pero algunos necesitaban años para mostrarse amables. El desafío consistía en conservar su guarda y revelar antes fruta, flores, hierbas y frescura. El objetivo no era abandonar la potencia característica de Colchagua, sino interpretarla de una manera menos severa, para que el vino no obligara a esperar largos años de botella antes de disfrutarlo.

 

Fue decisiva la asesoría de los bordeleses Jacques y Eric Boissenot, padre e hijo, también asesores del gran cabernet chileno Don Melchor. La primera mezcla con Jacques fue en 2007; después continuaron con Eric.
Rivadaneira recuerda la premisa inicial: “Aquí no hay que perder ni un poco de ese potencial de guarda, pero trabajemos para ver si podemos compatibilizarlo con vinos que estén listos para mostrarse más temprano”.
Una clave estuvo en la extracción. Rodrigo Romero, enólogo de Maquis, nos lo explica ante sus dos prensas hidráulicas verticales de canasta, lentas y precisas.

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Ricardo Rivadeneira y el enólogo Rodrigo Romero en los senderos del campo.

“Al inicio extraíamos un poco más en las fermentaciones. El problema es que cuando tú extraes demasiado, después es imposible sacar el exceso de tanino”, explica Romero.

 

Ahora se extrae menos al comienzo, y las distintas fracciones obtenidas en prensa permiten afinar el ensamblaje. Ese trabajo requiere paciencia y un conocimiento preciso de cada lote: las prensas de canasta permiten recuperar componentes que luego se incorporan en pequeñas proporciones, sin imponer de entrada una estructura excesiva. “Cuando extraes de una forma más inteligente, más suave, después puedes agregar gota a gota lo que necesitas hasta llegar a la estructura que estás buscando. Ese trabajo nos permite tener vinos más elegantes y que estén listos más temprano en botella.»

 

Lo comprobamos al comparar cosechas actuales con botellas de más de una década: hay concentración y capacidad de guarda, sin que la fuerza domine. También disminuyeron la madera nueva y la exposición al oxígeno. La vendimia es más precisa: un cuartel puede cosecharse en tres o cuatro pasadas. Una misma parcela deja así de tratarse como una unidad homogénea: se espera a cada sector según su madurez, una suma de decisiones discretas que termina dando forma a la copa.

 

Los dos ríos modelaron asimismo los suelos aluviales. Capas profundas de arcilla retienen el agua, mientras las gravas inferiores facilitan el drenaje. Esa disponibilidad lenta limita el vigor y acompaña una maduración prolongada. Los cauces, situados bastante más abajo que el viñedo, ayudan a explicar la singular relación entre retención y drenaje: la planta dispone de agua, pero no la obtiene de golpe. Esa condición influye en el vigor, los entrenudos cortos y la conservación de una superficie foliar activa.

 

“Es una riqueza que viene del suelo y que no está basada en el alcohol”, resume Rivadaneira. Así se explican, en parte, los grados moderados y buena acidez de sus vinos.

 

Antes de Victoria, dos vinos construyeron este camino.

 

Franco recuperó la historia familiar del cabernet franc. Cuando Rivadaneira volvió a darle protagonismo como su vino más importante, sus tíos reconocieron sabores de los vinos de su juventud. Los trabajadores llamaban Franco a la variedad, de ahí su nombre. Es uno de esos vínculos entre memoria y vino que sobreviven en las familias incluso cuando cambian los estilos de elaboración.

 

Hoy combina fruta, hierbas y flores. Puede ser austero de joven, pero las nuevas cosechas revelan taninos más pulidos y una textura propia, distinta de la del cabernet sauvignon.

 

El carmenere encontró aquí frescor, fruta y longevidad. Probar Viola 2010 y 2022 revela cuánto cambió la interpretación de un mismo lugar. La cosecha 2010 tuvo más extracción y madera; la 2022 ofrece desde joven violetas, fruta fresca, hierbas y una textura sedosa, sin perder profundidad. La comparación fue reveladora: mientras la primera botella pedía atención y tiempo, la más nueva entregaba suavidad de terciopelo.

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Viñedo de carmenere junto a los corredores biológicos.

Ambas rondan los 13,5 grados de alcohol. Viola 2010 mantiene color, acidez y frescor después de más de una década. Para Maquis, la dimensión herbal del carmenere se integra sutilmente a su expresión. La suavidad y fruta negra madura de Viola 2022 suman a este vino un lugar seguro entre los grandes carmenere chilenos.

 

Frente a ambas copas, resulta especialmente interesante comprobar que el paso del tiempo no ha borrado el carácter varietal, mientras la nueva interpretación parece haber ganado delicadeza.

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Cata de vinos de Viña Maquis.

El siguiente capítulo es Victoria 2022, primer cabernet sauvignon de Maquis situado por encima de Franco y Viola. Su cuartel en el viñedo llamaba la atención desde hacía años. En 2016 pensaron que merecía un vino propio, pero esperaron hasta estar convencidos. Buscaban una personalidad capaz de justificar su etiqueta por encima de las que habían sostenido el prestigio de la casa.

 

Victoria no nació para cubrir un espacio en el portafolio, insiste Rivadaneira, sino porque ese sector tenía algo diferente que contar. Su mayor atractivo, más allá de sus sutiles aromas a frutas negras maduras, está en la boca. Su sensación táctil es de un tanino pulido, sedoso, sin perder tensión ni fuerza. Todo lo que le permitirá seguir evolucionando con su elegancia femenina, por muchos años más en la botella.

 

El nombre evoca, a propósito, a varias mujeres de la familia llamadas Violeta, y, especialmente, a una prima muy querida de Rivadaneira, fallecida en un accidente cuando ambos tenían apenas 11 años.

 

Su lanzamiento en Chile está previsto para fines de 2026. Franco, Viola y Victoria estrenarán la misma identidad visual, blanca y limpia, inspirada en ahora en la confluencia de los dos ríos que han estado en la propiedad que José María Hurtado, bisabuelo de Rivadaneira, adquirió en 1916. La etiqueta de Violeta, aun no revelada, también sumará una delicada joya de la cultura mapuche.

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Parque y casona de la bodega Viña Maquis.

Maquis sí recibe visitantes, desde hace una década. Sus experiencias incluyen recorridos por los biocorredores, tranques, riberas, palmeras centenarias y la antigua casona restaurada. Caminarla ayuda a entender lo que la familia ha construido.

 

“Para nosotros tiene mucho sentido que la gente nos visite, es la mejor forma de conocernos”, dice Rivadaneira, con ese orgullo sereno de quien sabe los pasos inmensos que han dado.

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