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Opiniones

La otra transición (I)

Benjamín Lana
Benjamín Lana 25/6/2021Comentarios

En Venecia se ponen a pensar en el turismo cuando el ‘aqua’ alta cubre más del 90% de la ciudad. Lejos de estar locos, los venecianos saben que una vez alcanzados los niveles más altos de inundación, a partir de un metro por encima de la marea normal, contra lo que poco ya se puede hacer, hay que prepararse para el regreso del negocio. Por estos lares, cuando aún la Covid anda pegando -ojalá- sus últimos mortíferos coletazos y la agenda informativa sigue cosida a Cataluña, resulta un poco extraño ponerse a hablar de lo que ha de llegar, de las secuelas de nuestra agua alta particular, pero yo creo que es necesario y urgente.

Si recuerdan, unas semanas antes de que empezásemos a bromear con el virus que venía de los pangolines de China, en este país se empezaba a hablar con mucha preocupación del despoblamiento rural, del abandono de dos terceras partes del país y de la necesidad de revertir la temible tendencia antes de que la piel de toro se cuarteara de pena y pobreza hasta romperse en pedazos sin necesidad de separatismo alguno. Si hacen memoria, en nuestro supervitaminado gobierno de coalición hasta se creó una vicepresidencia de Transición Ecológica y Reto Demográfico. Pese a todo, aquel asunto quedó sepultado, congelado como un mamut en los hielos de Siberia… pero pronto se le verá el colmillo de nuevo. Al menos yo ya empiezo a notar el huesecillo y me preocupa que nos vuelva a pillar despistados.

Les confieso que llevo un par de días revuelto. Por la mañana me encontré con la historia en una sola imagen de Ismael Navarro, autodefinido como ‘joven agricultor’, sentado en un campo arado y yermo junto a un cartel naranja y negro de ‘Se vende’, de los que se compran en los chinos, con su número de teléfono y el tamaño de la parcela, 6,7 H. En su red social el joven agricultor dice: «He plantado lo más doloroso que un agricultor puede plantar: el cartel de ‘Se vende’ en el campo de mandarinas de mi abuelo que arranqué y quemé en marzo tras años de pérdidas. También lo alquilo para reuniones de la PAC, foros de agricultura sostenible o de transición ecológica». Fin de la cita. Aquí mismo se podría dar por concluido este artículo, pero aún me quedan pólvora y mecha.

Teorías vacías

Otra. Un profesor de bioética de la Universidad de Nueva York NYU, Matthew Liao, plantea la posibilidad -teórica, eso sí- de usar la ingeniería médica para convertir a personas en alérgicos a ciertos tipos de carne, de manera que a fuerza de reacciones y erupciones, el planeta se beneficie de un menor consumo de tan temido alimento. También llega a proponer la posibilidad de limitar genéticamente la altura de los humanos para que así se reduzca el consumo de alimentos. Y así, algunas otras lindezas teóricas para combatir el camino climático.

Escribí una vez que hay muchísimos rincones en nuestro país donde la especie en mayor peligro de extinción es el homo sapiens. Comarcas enteras por las que hace mucho tiempo no pasa el tren y del apeadero no quedan ni los andenes. A tres horas de coche, en las grandes ciudades -perdón por la denominación casi demodé- no dejamos de hablar de ‘sostenibilidad’, de ‘consumo responsable’ y de ‘transición ecológica’ y compramos tarritos y alguna verdura presuntamente sostenible a precio de oro para acallar a nuestras comprometidas conciencias. Mientras, los jóvenes agricultores, los ismaeles navarro, arrancan los campos de mandarinas de su abuelo y lloran sentados en la finca con el futuro seccionado a la altura de la yugular.

Mientras, en Bruselas los super representantes discuten y discuten las líneas maestras y luego los detalles y los ritmos de la nueva PAC, el cambio radical de la política agraria que lo apuesta todo a esos grandes conceptos del párrafo de arriba, cueste lo que cueste, y que siempre apelan a la moral con el latiguillo de ‘responsable’. A mí me suena a aquello que estudiábamos en las clases de historia del BUP, lo del despotismo ilustrado, lo de «todo para el pueblo pero sin el pueblo».

¿Alguien se ha parado a escucharles, a pensar que, incluso con un buen propósito, los nuevos propósitos han de regular su profundidad y velocidad de aplicación para no causar más perjuicios que los beneficios que ansían traer?¿Realmente debemos apostar de un modo tan radical por esas presuntas mejoras aunque dejen fuera del sistema a la mayor parte de los productores agrarios y ganaderos de países como España? Tengo más preguntas y alguna respuesta. Y ahí quiero contarles cuál es el importantísimo papel que pueden jugar la cocina y los cocineros rurales en este asunto capital. Pero eso será la semana que viene en la segunda parte de este artículo. Nos vemos.


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