Angulas verdes

Dejo comanda
Están verdes, dijo la zorra con desdén al comprobar que no podía alcanzar las uvas. Viendo el boicot que recorre estos días las redes sociales bajo el lema “Angulas, no gracias”, no he podido evitar acordarme de la fábula de Esopo. Si en aquella la protagonista disfrazaba su frustración de desprecio, en este caso se reviste de activismo.

En una de esas oleadas impulsivas que dictan de cuando en cuando las redes, la angula se ha convertido en poco más que un símbolo para escenificar la virtud. Hay algo de teatral y performativo en hacer un desistimiento público de un producto que, reconozcámoslo, ya rara vez cae en el plato por estas fechas.

Lo que está fuera de discusión es que la especie se encuentra en una situación crítica: apenas se puede encontrar ya un 7 % de lo que poblaba los ríos en los años sesenta y setenta, dicen los expertos. Su descenso ha sido vertiginoso en los últimos años, consecuencia de la sobrepesca, de las barreras artificiales en los cauces y de un cambio climático que la persigue sin tregua. La alarma está más que justificada; la angula necesita un largo respiro antes de volver a ser considerada un producto culinario.
Lo que me escama es que el mundo de la gastronomía se movilice para renegar públicamente de la angula, mientras no se cierran filas en torno a otros productos —el pulpo, los bivalvos, el atún rojo, el aguacate o la quinoa— cuyo uso y abuso en la hostelería también tienen un impacto negativo en el medio ambiente. Productos mucho más presentes en las cartas que la elitista angula, también mucho más rentables.
La respuesta es incómoda, pero evidente: renunciar a la angula cuesta poco o nada. Esos hilos de plata son más un recuerdo lejano o una fanfarronada que una pieza real de las cartas de los restaurantes. Publicar un mensaje en redes donde se expresa el rechazo explícito a un producto elitista y amenazado queda muy bien, pero el gesto apenas obliga. No compromete modelos de negocio ni fuerza a revisar prácticas diarias mucho más dañinas.
Se boicotea, en definitiva, aquello que ya estaba fuera del alcance. Como la zorra que mira el racimo con desdén y musita: “Están verdes”, antes de seguir su camino.