Hay una expresión que, si tuviera cuerpo físico, ya estaría en la UCI semántica: cocina honesta. Lo pensé después de recibir, en una sola semana, diez notas de prensa que me ofrecían restaurantes y cocineros cuyo trabajo era definido exactamente así. La frase se repite con tal entusiasmo en comunicados, descripciones de restaurantes, entrevistas a cocineros, presentaciones de proyectos gastronómicos, cartas y biografías de instagram, que se ha convertido en una especie de muletilla discursiva, tan anodina que, seguramente, hasta ahora pocos se han detenido a pensar qué significa realmente esa honestidad aplicada a un plato. Si vamos a la definición, la Real Academia Española describe lo honesto como aquello que es decente, justo, razonable, como quien actúa con rectitud y probidad. Es decir, la honestidad no es una textura, ni un punto de cocción, ni una técnica culinaria, ni responde al uso de producto local o la promoción de una comunidad indígena. Es una categoría ética. Emergen, entonces dos problemas. El primero, más laxo pero importante, es de tipo semántico, pues la cocina, como práctica o resultado en un plato, no puede ser honesta por sí misma. No tiene voluntad ni conducta moral: el tomate no miente, la