No tengo carta», anuncia ufano el hostelero. Suena a invitación, pero es también una advertencia. Será él quien dicte la comanda: «Un taco de bonito casero, un puerrito asado —¿no lo has probado? Solo uno, ya verás—, un cuenquito de quisquillón, almejas de cuchillo… ¡eso no llena! Me ha entrado una lubina salvaje como para dos y, si os quedáis con hambre, un trocito de carne». Para cuando el comensal quiere despegar los labios, la nota ya está en cocina. Con el vino pasa algo parecido. Sabe leer los gustos del cliente y tocar la tecla necesaria para seducirle. Mide a ojo la altura de la ocasión y empieza a descorchar. Al principio, botellas de precio moderado; pero, según se va calentando el paladar, eleva la apuesta. Presenta cada etiqueta como si fuera un pequeño acontecimiento. Y casi siempre acierta, todo hay que decirlo. Compra bien y consigue dar a cada uno lo que espera… o lo que se merece. Cuando se le pregunta por tal o cual precio, casi nunca ofrece una respuesta precisa. O no lo recuerda bien o hace una mueca displicente, dando a entender que el dinero no debería ser un problema. No abusa